Lo que nos “pone” y lo que no

Llevaba yo años y años hablando del amor, de las pasiones, del romanticismo y de los enamoramientos más o menos ocultos o contenidos, cuando un día una antigua compañera del trabajo, veinte años más joven que yo, me abrió los ojos. “Todo lo que escribes sobre los sentimientos está bien y me gusta, pero hay una cuestión de la que nunca hablas y de la que creo que algún día tendrías que comentar algo”, me dijo ella, sonriendo de una manera sin duda algo pícara. “¿Y cuál es esa cuestión?”, pregunté yo, completamente intrigado. “Verás, las personas de mi generación, e incluso a veces también de la tuya, solemos utilizar ahora una expresión muy concreta para determinar si una persona nos gusta y nos atrae o no”, me aclaró. Esa expresión, según me explicó, es Menganito -o Zutanita- “me pone” o “me da morbo”, o Menganito -o Zutanita- “no me pone” o “no me da morbo”. Así que, por poner un ejemplo, si Menganito “pone” a Zutanita, y Zutanita, a su vez, “pone” a Menganito, poco más parece hacer falta para que de repente se abra para ambos todo un mundo de posibilidades afectivas, mayormente de tipo sólo erótico o sexual, que de otro modo muy posiblemente no se daría. No sé si esa nueva manera de entender las leyes de la atracción física supone, en cierto modo, que parezcan no tener ya tanto sentido como antes las cartas de amor apasionadas, las charlas de varias horas de duración, los largos paseos junto al mar o las cenas íntimas a la luz de una vela, pero así como va el mundo ahora, podría ser. ¿Y qué es lo que nos “pone” o nos da “morbo”? Quiero decir aparte de ver Antena 3 cada día, claro. Según mi antigua compañera del trabajo, el hecho de que una persona pueda tener un buen físico sería, en muchas ocasiones, un elemento de una importancia relativa en el asunto que estamos tratando ahora. Al parecer, nos puede poner o dar morbo simplemente un tono de voz, o un modo de mirar, o una manera de andar, o unos gestos peculiares, o algunas partes concretas -no las habituales- del cuerpo de esa persona que en un primer momento nos ha llamado la atención. A veces, incluso nos puede atraer el hecho de haber intuido o detectado un cierto desequilibrio psicológico o una cierta inestabilidad emocional en esa persona, lo que daría la razón a quienes suelen hablar de la atracción del abismo. También nos puede “poner” o dar “morbo” una determinada forma de vestir, o, a un nivel más íntimo y personal, la lencería o la ropa interior de nuestra posible pareja, unos zapatos de tacón o algunos uniformes. En este último caso, cada persona suele tener sus propias predilecciones por lo que se refiere a los uniformes que más le gustan, que pueden ser de bombero, de personal sanitario o de policía que nos pone una multa… y también las esposas, por protestar. O sea, que llevaba yo años y años hablando ingenua y románticamente del amor, y resulta que de lo que debería de haber hablado mucho antes es de lo que nos “pone” y lo que no.

21

07 2011

Enamorado de la moda juvenil

La calor y la humedad, con ser sin duda algo molestas, no son las dos cosas que más me desagradan del verano. Lo que en el fondo más me molesta de los meses de estío es el desaliño indumentario que podemos observar en muchos de nuestros queridos conciudadanos, sobre todo por parte de aquellos señores y caballeros que, como uno mismo, empiezan a tener ya una cierta edad. A veces criticamos el modo de vestir de algunos turistas o visitantes jóvenes, sin darnos cuenta de que nuestro vecino del tercero izquierda o del segundo derecha se viste más o menos como ellos, sólo que con treinta años más y posiblemente algunos kilillos también de más. A lo largo del verano, suele ser habitual que nos topemos con alguno de esos entrañables vecinos en más de una ocasión, lo que nos ofrece la posibilidad de saber cómo no deberíamos de vestirnos nosotros nunca. En otras palabras, si no queremos acabar perdiendo el poco de dignidad que aún nos pueda quedar a cada uno de nosotros, es imprescindible no ponernos jamás esas camisetas -con o sin mangas- que resaltan aún más esa prominente barriguilla cervecera que uno se ha ido ganando a pulso año tras año, ni esos pantalones cortos que parecen sacados directamente de una película de gángsters los años setenta o de la tienda de los horrores, ni esas sandalias marrones haciendo conjunto con esos calcetines grises, aunque en ocasiones, hay que reconocerlo, resulten mejor esos calcetines que no la observación descarnada de unos pies que están reclamando a gritos una visita urgente al podólogo o, cuando menos, una buena sesión de varias horas de pedicura. ¡Qué diferencia, en cambio, con el modo de vestir de nuestra vecina del segundo derecha o del tercero izquierda! En esos casos concretos, por fortuna, lo que suele acabar primando es siempre el saber estar y la elegancia. Vestidos vaporosos, camisetas llenas de colorido, shorts de diferentes texturas, collares, pulseras y complementos muy bien seleccionados, tal vez una pequeña cadena dorada a la altura del tobillo izquierdo, y, dependiendo de la ocasión, deportivas, sandalias de tacón de aguja o distintos tipos de calzado plano, a lo que hay que añadir una depilación siempre perfecta y los pies también siempre perfectamente cuidados. O dicho de otro modo, a estas alturas de la vida, uno pide o espera ya pocas cosas, pero una irrenunciable sería la de poder observar un poco de elegancia en su vida cotidiana. La carencia de esa elegancia debería de ser casi una razón suficiente para cambiar de país o de ciudad, o, al menos, de vecindario.

19

07 2011

Fumando espero

Las últimas estadísticas conocidas nos dicen que en Baleares fumamos más ahora que hace unos pocos meses, cuando entró en vigor la llamada ley antitabaco. Yo, por mi parte, sigo fumando ahora más o menos igual que antes, es decir, nada, pero no creo que este pequeño detalle personal afecte en lo esencial al resultado de dichas estadísticas. Seguramente, en ese incremento del consumo debe de haber influido la bajada de los precios de las cajetillas, pero también pienso que es muy probable que ahora fumemos más porque, por unas razones u otras, cada vez tenemos mayor estrés, cada vez estamos más y más estresados. Y desde pequeñito he oído decir que fumar relaja, aunque también es cierto que ese supuesto beneficio podemos atribuirlo a otras actividades físicas, incluida esa en la que la mayoría de ustedes seguramente está ahora pensando, que es el comer, claro. El poder de relajamiento del tabaco debe de ser, con todo, muy fuerte, porque aunque todos sabemos que fumar no es bueno para la salud, aun así seguimos fumando. Quizás sea porque como decía nuestra querida Sara Montiel en el famosísimo tango Fumando espero, fumar es no sólo un placer genial, sino además también sensual. De la letra de esta muy sugerente canción, tal vez sólo sería hoy cuestionable la parte que afirma que “mientras fumo, mi vida no consumo”, sobre todo si leemos las breves y contundentes advertencias que aparecen en todas las cajetillas de tabaco. Como todos tenemos hoy estrés, incluidos al parecer algunos bancos, quienes no fumamos intentamos superar nuestra angustia, nuestra tensión o nuestro malestar consumiendo, por ejemplo, bollería industrial en cantidades industriales, y valga la redundancia, tomando todo tipo de ansiolíticos, consumiendo alcohol sin medida o cayendo en otro tipo de adicciones igual o más perniciosas. Al igual que ocurre con el tabaco, todos sabemos que, por ejemplo, no es bueno comer un donut tras otro como quien se fuma una cajetilla, pero hay días en que uno ya no puede más, y necesita estar como drogado, aunque sea de grasas saturadas, para poder aguantar cómo le explota laboralmente su empresa, o cómo le agobia su familia, o cómo le deprimen sus amistades dándole sólo malas noticias. Como esta situación no tiene, por ahora, visos de cambiar o de mejorar, he empezado a plantearme muy seriamente el dejar de lado mi ración diaria de chocolate con leche y almendras, y empezar a fumar, aunque sólo sea para que alguien me diga al oído aquello de “Dame el humo de tu boca./ Anda, que así me vuelves loca”, o, ya puestos a soñar, “Corre, que quiero enloquecer/ de placer,/ sintiendo ese calor/ del humo embriagador,/ que acaba por prender/ la llama ardiente del amor”. Aunque cosas así me temo que sólo nos las podía decir nuestra Sarita Montiel.

17

07 2011

Un recuerdo de Simon & Garfunkel

A principios de los años ochenta, mi madre estaba muy preocupada por mí, porque veía que en aquella época yo no tenía, en sentido literal, ningún amigo, nadie con quien poder hablar o con quien salir de vez en cuando a dar una vuelta. Un día, mi madre se puso en contacto con una amiga suya cuyo único hijo se encontraba en una situación personal muy parecida a la mía. Ambas pensaron que quizás sería bueno que los dos nos conociéramos para ver si de este modo podría acabar surgiendo una amistad. Así que, finalmente, un día quedamos ese joven y yo para charlar. Recuerdo que me pareció una buena persona, y recuerdo también que me llamó especialmente la atención el hecho de que a pesar de tener más o menos mi misma edad, unos veinte años, fumaba en pipa. En aquel tiempo, yo creía que sólo fumaban en pipa las personas un poco más mayores. El encuentro fue agradable, charlamos sobre diversas cuestiones, y cuando nos pusimos a hablar de música, él me dijo que su grupo favorito era Simon & Garfunkel. Curiosamente, era un grupo que en aquel momento yo aún no conocía mucho, a pesar de que ya entonces me fascinaba por completo la mayor parte de la música soul, rock, pop o folk de los años sesenta. Fue gracias a un pase en televisión de El graduado y a Radio 80 “Serie Oro” como empecé a conocer cada vez más a este popular dúo norteamericano, que con el tiempo acabó gustándome también mucho. Como es sabido, la excelente banda sonora de esa gran película de Mike Nichols es obra, al menos en parte, de Simon & Garfunkel, con canciones ya míticas como The sound of silence o Mrs. Robinson, aunque quizás la canción que más me gustaba del filme, y seguramente también del dúo, era Scarborough Fair, que más adelante supe que no era una composición suya. Si fuera posible poder vivir en el interior de una canción, como vivimos en una ciudad o en el interior de nuestra mente, quizás viviría en esa hermosísima canción, porque me provoca una agradable sensación de sosiego y de paz, de paz conmigo mismo y con el mundo, porque me arropa y me acoge como lo haría una nana, a pesar de que se trata de una triste y melancólica canción de amor, cuyos orígenes se remontan al siglo XII. Cuando se rodó El graduado, yo tenía apenas tres añitos. Pero si también fuera posible poder vivir en el interior de un año concreto, o tener, al menos, la posibilidad de viajar en el tiempo hasta regresar a él, 1967 no sería un mal año para mí. Cada vez que luego he vuelto a ver El graduado, he sentido que aquella época tenía algo de mágico, de especialmente creativo, algo que luego, muy poco tiempo después, pienso que en cierta forma se acabaría perdiendo, quizás ya para siempre. O yo al menos lo siento así. Aquella amistad que mi madre y su amiga deseaban tanto para sus respectivos hijos no llegó nunca a cuajar, pero no por culpa de aquel joven que conocí entonces, sino seguramente porque en aquel momento de mi vida no sabía aún muy bien qué era lo que quería hacer o qué camino tomar, y por eso prefería seguir estando solo. Pero aun así, siempre estaré en deuda con aquel joven que fumaba en pipa y era una buena persona, con aquel joven que me redescubrió a un gran dúo formado por dos buenos amigos, Paul Simon y Art Garfunkel.

15

07 2011

Este mundo es una ruina

¿Cuánto tiempo hace que no vemos, leemos o escuchamos una buena noticia? Poco más o menos, hará una eternidad. Es abrir la televisión, la radio o el periódico, y ponerse enseguida de mal humor. Así no hay manera de disfrutar del café con leche con cruasán o del pinchito de tortilla mañanero. Es que se te atragantan. Las bolsas caen. Las primas de riesgo se disparan. Los mercados nos asfixian. Paris Hilton ha roto con su novio. A Belén Esteban le embargan un chalet por presunto delito fiscal de 300.000 euros. El gato al agua ya no se mete tanto con José Luis Rodríguez Zapatero. Paris Hilton parece haber encontrado otro nuevo novio. Telecinco e Isabel Pantoja se reconcilian. Esperanza Aguirre dice que no tiene “un p… duro”. Alfredo Pérez Rubalcaba parece ser que ya no se va a llamar así en las próximas elecciones. El bar al que voy siempre no tenía el otro día mi helado de nata y chocolate favorito. Hasta nuestras familias y nuestras amistades más cercanas parecen haberse contagiado, salvo contadas excepciones, de ese clima de pesimismo y de derrotismo general, porque últimamente son incapaces de contarnos ya algo mínimamente bueno, tranquilo, hermoso o esperanzador. Más o menos, como ocurre también hoy con la mayor parte del periodismo de opinión, las tertulias y los programas de debate. En fin, que no salimos de una, y ya estamos o nos metemos en otra. Si una noticia es mala, la otra parece ser aún peor. En nuestro país, raro es ya el mes en que, además, no vivimos un lunes o un martes “negro” a nivel económico, mientras los otros días de la semana no parecen tener tampoco mucho mejor color. Si no fuera por el Alprazolam o por el Tranquimazin, habría días en que no sé si podríamos levantarnos de la cama o recostarnos en ella. Sólo nuestros queridos famosos y famosas de toda la vida -o del último cuarto de hora- no parecen darse del todo por aludidos por esa cascada continua de malas noticias, pues, por lo que vemos, siguen con su intensísima vida cotidiana, con sus fiestas, sus viajes, sus compras, sus amores y sus desamores, y sus canapés. Pero como también es cierto que los “sablazos” son cada vez más difíciles, que las exclusivas no se pagan ya tan bien como antes y que en todos lados parece haber problemas de liquidez, no puedo sino llegar a la conclusión de que es verdad que los ricos también lloran, aunque también sea verdad que las penas con pan son menos. Sea como sea, ese mundo de glamour sigue siendo, aún hoy, muy diferente al nuestro real de cada día. Porque el mundo en el que vivimos la mayor parte de nosotros, parece ser hoy una completa ruina. Tanto, que hay días en que uno quizás sólo desearía poder gritar: “Por favor, paren el mundo, que yo me bajo”.

12

07 2011

En el minuto 116

Hace justo un año, nuestro país enloqueció, pero por una vez fue de alegría, y de complicidad -tan extraña en nosotros-, y de emoción. Por primera vez en nuestra historia, habíamos ganado un Mundial de fútbol. En realidad, por primera vez habíamos pasado también de cuartos de final y de semifinales, algo que parecía que nunca íbamos a llegar a vivir, o no al menos las personas de mi generación, salvo que llegásemos a centenarias o a bicentenarias. Pero lo vivimos. Como también vivimos ese merecido triunfo en esa histórica final. Era el 11 de julio de 2010. Nos encontrábamos ya en el minuto 116 del partido contra Holanda y parecía que tendríamos que llegar a los penaltis… pero no fue así, porque Cesc dio entonces un pase perfecto a Andrés Iniesta, al gran Andrés Iniesta, y éste, con un magnífico remate, marcó el uno a cero y nos llevó a la gloria. Y no sólo a la gloria, sino que también acabó, al mismo tiempo, con décadas y décadas de fatalidades, de frustraciones y de tristezas. De hecho, en el Mundial de Sudáfrica habíamos empezado también como casi siempre, con una decepción, perdiendo ante Suiza, pero desde ese instante ya no hubo más desilusiones. A partir de ese momento, la diosa fortuna, que tan esquiva nos había sido siempre, o al menos en los mundiales de fútbol, se alió con España. Quizás, o sobre todo, porque se enamoró de nosotros, del precioso y elegante juego de nuestra selección. Porque hay que reconocer que hasta llegar a ese minuto 116, nos habían pasado antes varias cosas favorables que casi nunca nos solían pasar. En la misma final, Íker Casillas había estado inmenso en un uno contra uno previo con Robben, evitando con un gran despeje con la pierna el cero a uno. Previamente, en las semifinales con Alemania, Iniesta forzó un córner y Xavi lo sacó como sólo él sabe hacerlo, para un Carles Puyol que se encontraba aún fuera del área pequeña cuando el balón empezó a volar, por eso nadie le estaba marcando cuando materializó de cabeza un gol imparable. Pero previamente aún, en cuartos, ante Paraguay, Casillas había parado un penalti a Cardoso, con el marcador cero a cero, y Villa consiguió luego el gol del triunfo tras haber golpeado el balón en los dos palos, después de otro palo previo de Pedrito, que a su vez había recibido el balón de un Iniesta que por suerte no se había dejado caer. Todas estas cosas antes nunca nos pasaban, pero esta vez sí nos pasaron. Por eso, recordaremos siempre esas extrañas conjunciones astrales, como recordaremos también siempre las retransmisiones de Paco González y de José Antonio Camacho para Telecinco, y el beso de Íker a Sara Carbonero, y la felicidad de Vicente del Bosque, de los jugadores, de millones de compatriotas y también de otros millones de personas en todo el mundo, que igualmente iban con nuestra selección, porque les parecía que era la que mejor estaba jugando, de manera más bella, más noble y más alegre. Y era verdad. Hace justo un año, en el minuto 116 de la final de Sudáfrica, nuestro país enloqueció. Por una vez, la diosa fortuna estuvo a nuestro lado. Por una vez, se enamoró perdidamente de nosotros. Por una vez, pudo más el amor.

10

07 2011

Baila para mí

No sé si estarán ustedes de acuerdo conmigo, pero pienso que gran parte de las tensiones actuales, de los “malos rollos” políticos y mediáticos o de la crispación casi continua que a veces parece vivirse en nuestro país, se deben a que, se diga lo que se diga, aquí se hace muy poco ejercicio físico de carácter lúdico. Que se baila muy poco, vamos. ¡Con lo bueno para la salud que es bailar! Yo mismo, cuando estoy un poco tenso o algo nervioso, entro en mi habitación, conecto el equipo de música, me pongo los auriculares y me pongo a bailar. En esos instantes, para sentirme algo más acompañado, me imagino que los peluches que tengo diseminados por los anaqueles de las estanterías también se ponen a bailar conmigo. Y así, de este modo, soy un poco más feliz. En esto del baile y de la danza, yo soy más bien de gustos clásicos, así que sin desmerecer en absoluto los sugerentes movimientos de Kim Basinger en Nueve semanas y media o los de los protagonistas principales de Full Monty en el momento cumbre de la película, mis preferencias cinematográficas musicales se centran, esencialmente, en filmes de excelentes directores como Stanley Donen, Gene Kelly o Vincente Minnelli, que entre otras grandes virtudes tuvieron la de hacer cantar y bailar a los protagonistas de sus maravillosas películas en la calle y en otros espacios públicos. Quizás, por ello, también me he imaginado o me he visto a mí mismo bailando en la calle junto con otras personas, al igual que ocurría por ejemplo en Siempre hace buen tiempo, Melodías de Broadway 1955 o West Side Story. Puestos a imaginar, me imagino también ahora, por ejemplo, a nuestro querido alcalde, Mateo Isern, bailando en el eje cívico de Blanquerna, pero sólo en la parte que aún es peatonal, claro, mientras que nuestra querida ex alcaldesa, Aina Calvo, lo haría en el eje cívico de Santa Catalina, lugares sin duda mucho mejores y más seguros para bailar que, sin ir más lejos, cualquier carril bici de nuestra querida ciudad. Por lo que respecta a nuestro querido president, José Ramón Bauzá, a veces pienso, escuchándole hablar, que debe de bailar mucho, aunque sea en la intimidad, porque siempre le veo afable, sonriente y de buen humor. Es por eso que, muy humildemente, me atrevería a recomendar a la mayor parte de nuestros políticos y tertulianos más mediáticos, que estuvieran algo más en la calle o que, al menos, bailasen un poco más, para ver si así, con algo de suerte, se les podría cambiar un poquito esa cara -o esa prosa- tan avinagrada que casi siempre suelen tener. Creo que fue el maestro Luis García Berlanga quien en una película suya hizo decir a uno de sus protagonistas que, pese a la fama de ser como pueblo una nación de gentes muy alegres, España es, en realidad, un país básicamente de estreñidos, algo que yo diría que incluso parece haber empeorado hoy, a pesar de que cada vez compramos más y más yogures y bebidas de soja… Así que nada, a bailar se ha dicho, o que al menos alguien lo haga para nosotros, como cantaba, hace ya algún tiempo, Objetivo Birmania. “Baila para mí, cha, cha, cha. como tú sabes. Baila para mí, baila y no pares. No es difícil”. Mis peluches y yo, ya lo hacemos ahora para los duendes…

07

07 2011

¿Apagado o fuera de cobertura?

A todos nos ha pasado en alguna ocasión. Llamamos a un teléfono móvil, pasan unos segundos sin que escuchemos ningún tipo de señal, y apenas unos instantes después una agradable voz pregrabada -normalmente femenina- nos informa de que el número al que llamamos está apagado o fuera de cobertura en ese momento, información que, hasta cierto punto, podemos considerar como un poco paradójica, ya que si lo que ocurre es que el móvil al que llamamos está fuera de cobertura en ese momento, entonces ello quiere decir que en realidad está abierto, pero que en esos instantes no podemos comunicarnos con su propietario o propietaria. En cierta forma, es como si aquella agradable voz pregrabada nos dijera que el móvil al que llamamos está tal vez apagado o quizás, a lo mejor, abierto. Como vemos, en el mundo de la telefonía móvil no todo es o blanco o negro, como en cambio sí parece ocurrir muy a menudo, ay, en el mundo de la política o de los medios de comunicación en nuestro país. El mundo de la telefonía móvil es, en cierto modo, como la vida misma, llena de paradojas, de disyuntivas y de contradicciones, que, sin embargo, parecen capaces de  poder convivir unas con otras más o menos armoniosamente. Si un móvil puede estar apagado o abierto al mismo tiempo, en nuestra vida cotidiana podemos encontrarnos también con situaciones parecidas o más o menos ambivalentes. Podríamos poner ahora varios ejemplos, y estoy casi seguro de que a cada uno de nosotros se nos ocurrirían, con un poco más de tiempo, algunos más. Ni contigo ni sin ti. Sí, pero no. No, pero sí. Si bien es cierto que…, no obstante… Te quiero como a un amigo o te quiero como a un hermano. A quien madruga Dios le ayuda o no por mucho madrugar amanece más temprano. A lo que podríamos añadir la mayor parte de posicionamientos públicos de mi muy admirado Mariano Rajoy sobre cuestiones más o menos peliagudas. Por otra parte, hay también ocasiones en que cuando llamamos a un teléfono móvil sí recibimos su señal o tono, aunque tampoco conteste nadie. En estos casos pueden ocurrir dos cosas, que esa agradable voz pregrabada nos diga algo que más o menos hemos podido deducir ya por nuestros propios medios, es decir, que ese número no contesta, o bien algo que desconocíamos, que ese número está ocupado. Más o menos, como en la vida misma también, en donde, por regla general, una parte de las personas con las que más nos relacionamos en nuestro día a día o bien no nos contestan -o sólo a medias, o con evasivas- cuando les preguntamos algo, o bien están siempre demasiado ocupadas para poder respondernos. Yo mismo, sin ir más lejos, reconozco que o bien suelo estar casi siempre fuera de cobertura, pensando en mis cosas, o bien, ay, algo apagado.

06

07 2011

El amor de su vida… infantil

Se conocieron en la guardería, el primer día de clase, y enseguida se cayeron bien. Él era un poco más mayor que ella, pues tenía tres años y ocho meses de edad, mientras que ella sólo tenía tres años y un mes, pero entonces a ambos no parecía importarles demasiado su significativa diferencia de edad. En clase se sentaban siempre juntos, y estaban también siempre juntos en el recreo. Hablaban siempre de sus cosas, por ejemplo de los pañales más absorbentes o de la calidad de las distintas marcas de potitos. Los días en que todo el grupo de Preescolar de su colegio iba a visitar algún museo o alguna institución, los dos iban siempre cogiditos de la mano. Nunca se perdieron. En clase, lo compartían todo, el estuche, la goma de borrar Milán, las pinturetas Alpino, las ceras de colores… A veces, hasta pintaban a cuatro manos algunos de los dibujos de sus respectivos pequeños cuadernos infantiles. Además, ella le hacía a él de vez en cuando pequeños retratos personales, que tenían un cierto aire de la llamada etapa cubista de Picasso, mientras que él le escribía algún que otro verso, que podríamos encuadrar, sin muchas dificultades, dentro del movimiento dadaísta o surrealista. Muy a menudo, compartían también la merienda. Ella comía mucho más sano que él, con bocadillos de pan integral, quesos o embutidos bajos en calorías, cereales reforzados con vitaminas, zumos cien por cien naturales y un poco de fruta. Él, por su parte, comía esencialmente donuts, bollycaos, palmeras de chocolate y todo tipo de pasteles. Pero aun así, no tenía ni sobrepeso ni problemas de artrosis ni colesterol, que aparecerían muchísimo tiempo después, en concreto, en el último año de Educación Infantil, justo antes de empezar Primaria. Ella iba siempre muy elegante, con lacitos y calcetinitos siempre a juego con sus hermosos vestidos. Él, por su parte, solía ir muy moderno, con camisetas sin mangas y vaqueros raídos, aunque aún no se teñía el pelo ni tampoco se hacía crestas. A partir del segundo semestre de aquel curso, empezaron a irse distanciando poco a poco, sin en el fondo saber muy bien por qué. Quizás la rutina, el día a día, los muchos deberes o el simple paso del tiempo, contribuyeron a enfriar su precioso mutuo afecto personal. La situación llegó a deteriorarse hasta tal punto, que unas semanas antes del final de las clases ya no estaban de acuerdo en casi nada, ni siquiera en las películas o en los dibujos animados que solían mirar con mayor frecuencia. Él prefería ver Bob esponja y ella Los pingüinos de Madagascar. A él le gustaba más la saga de Toy Story y a ella la de Shrek.  En su tiempo libre, ella prefería salir y pasear, sobre todo en el cochecito de bebé, y él prefería estar en casa, durmiendo o viendo la televisión. Antes del inicio del segundo curso, ella cambió de colegio y no volvieron a verse ya nunca más. No fue hasta mucho tiempo después cuando ella y él se dieron cuenta de que con apenas tres años habían vivido ya el amor de su vida, al menos de su vida infantil, pero entonces, ay, aún no lo sabían.

30

06 2011

Añoranza de la ‘femme fatale’

Gracias al cine, descubrimos que una de las profesiones más entretenidas que podía haber en la vida, al menos en Estados Unidos, era la de detective privado, porque a pesar de algún que otro pequeño sobresalto o de algún que otro moratón o rasguño, no había un solo caso en que uno de esos solitarios y taciturnos detectives no conociera a alguna mujer realmente fascinante y misteriosa, que, normalmente también, solía tener lo que aún hoy solemos denominar como un turbio y muy oscuro pasado. Desde entonces, creo que siempre deseé conocer a una auténtica  femme fatale, a una “mujer fatal” fatal de verdad, como las que empezaron a aparecer en las películas norteamericanas de serie B de los años treinta y cuarenta, o como las que siguieron apareciendo, aunque ya en mucha menor medida, en las producciones de Hollywood de décadas posteriores. Y si entonces era posible encontrar mujeres fatales en el cine, al parecer era también posible poder encontrarlas fuera de la gran pantalla, en el momento más imprevisto o en el lugar más insospechado de cualquier gran ciudad. Como en realidad nunca he sido de mucho salir -aunque en realidad nunca he sido de mucho nada-, no podría decir si ahora hay más o menos mujeres fatales que antes, pero me atrevería a decir que es muy posible que, por desgracia, hoy haya muchísimas menos que en otras épocas, para empezar por culpa de las continuas restricciones en el consumo del tabaco. Una auténtica femme fatale siempre fumaba, sobre todo, ay, en los espacios públicos, por lo que conseguía seducirnos por completo o arrastrarnos directamente hacia la perdición más absoluta y total simplemente en el breve lapso de tiempo que transcurría entre una suave calada y la posterior formación de una voluta de humo. Una auténtica femme fatale solía tener, además, un carácter extremadamente reservado, poco dado a hablar de sí misma o de su vida actual o anterior. No obstante, en su mirada casi siempre era posible vislumbrar pasiones y lascivias más o menos ocultas, propias de las almas más enigmáticas y atormentadas. A veces, una femme fatale podía parecer extremadamente despreocupada y alegre, es cierto, pero esa aparente felicidad solía ser muy a menudo una máscara con la que esconder su tristeza, su melancolía o su soledad. Por lo que respecta a su forma de vestir, ¡ah, su forma de vestir!, no podemos sino decir que era siempre de una extrema y maravillosa elegancia y sensualidad. Vestidos preciosos, ajustados y sugerentes, junto con las mejores joyas y los mejores complementos: guantes, foulards, medias de seda, zapatos de tacón de aguja, y, quizás, una pulsera dorada en uno de sus hermosos y finos tobillos, tan hermosos y finos como sus manos o sus pies. Y los labios siempe rojos, por supuesto, incluso en las películas en blanco y negro. Las mujeres fatales podían ser crueles, rencorosas o malas malísimas, es cierto, pero también las había nobles, románticas y de buen corazón. Nada de ese mundo parece existir hoy ya, ni en el cine ni en nuestra más o menos convencional vida cotidiana. Ahora, aparte de la crisis, casi todo lo que podemos ver o bien es aburrido o bien es superficial, así que uno no puede sino sentir añoranza de cuando, aunque fuera sólo trabajando de detective privado, se podía conocer a una auténtica, fascinante y misteriosa, femme fatale.

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06 2011