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‘La noche de los gigantes’

Desde los primeros fotogramas de La noche de los gigantes, cuando vemos aparecer por el encuadre superior izquierdo a Gregory Peck y empezamos a escuchar el bellísimo y melancólico tema principal de Fred Karlin, es muy difícil no tener esa preciosa y casi mágica sensación de que nos hallamos ante una película que, muy posiblemente, nos gustará mucho. Y así acaba siendo siempre. La noche de los gigantes, rodada en 1968, es, para mí, no sólo una excelente película, una película a reivindicar, sino también un filme que yo situaría, sin ninguna duda, entre los mejores westerns de la historia del cine, aquellos que rodaron maestros como John Ford, Howard Hawks, William A. Wellman, Anthony Mann o Clint Eastwood, entre otros. Esa merecida reivindicación de La noche de los gigantes la haría extensiva a su director, Robert Mulligan, y a su productor, Alan J. Pakula, que ya nos habían ofrecido con anterioridad, en 1961, una obra maestra como Matar a un ruiseñor. A mi juicio, merecen igualmente ser elogiados el guionista, Alvin Sargent, con trabajos posteriores como Julia o Gente corriente, y el director de fotografía, el pionero e histórico Charles Lang, así como los principales intérpretes del filme, que nos cuenta una historia que nos atrapa ya desde el primer instante. Un reconocido explorador del Ejército, Sam (Gregory Peck), ha decidido retirarse, pero antes de irse a vivir a su rancho ayudará de manera desinteresada, y poniendo en peligro su propia vida, a Sarah (Eva Marie Saint) y a su hijo, que huyen del padre del pequeño, un indio especialmente sanguinario llamado Salvaje. El mejor amigo de Sam, Nick (Robert Forster), también de origen indio, jugará un papel muy importante en la resolución de esta historia. Entre las muchas virtudes de La noche de los gigantes se encuentran la elegancia y la perfección técnica con que está rodada, la autenticidad que transmiten todos los actores -¡cuánta tristeza y melancolía hay en la mirada de Eva Marie Saint!-, el acierto de los distintos escenarios elegidos, la importancia que se concede al paisaje o el ritmo con el que se desarrolla la intriga principal del filme, cuyo título original resulta, en este caso, muy orientativo, The stalking moon (La luna acechante). “No le oirá llegar”, le dice Sarah a Sam con respecto a Salvaje. “Le oiré”, afirma, por dos veces, Sam. Otro acierto destacable de la película es la sutileza con que, a través de pequeños gestos, se nos cuenta la preciosa historia de amor que poco a poco va naciendo entre Sam y Sarah, o la defensa implícita que se hace del valor de la amistad. Sam, Sarah y Nick son tres seres esencialmente solitarios, pero a la vez también profundamente solidarios. El personaje que interpreta Gregory Peck nos recuerda mucho al Atticus Finch de Matar a un ruiseñor, porque es íntegro y vulnerable al mismo tiempo, porque cree en unos valores y llega a poner en riesgo su vida para defenderlos. Supongo que casi todos quisiéramos ser, al menos en algún momento de nuestras vidas, como Atticus Finch o como Sam Warner, o llegar a amar con la delicadeza y la sinceridad con que lo hacen los dos protagonistas de La noche de los gigantes.

14

08 2011

Nuestras películas favoritas

El viejo sueño de cualquier buen aficionado al cine, el de poder disponer de una pequeña cinemateca o videoteca esencial en casa, ha sido finalmente posible en estos últimos años gracias a la generalización del uso de los dvd y a la edición en este formato tanto de los estrenos más recientes como de los grandes clásicos de la historia del cine. Dependiendo de nuestras preferencias, de los metros cuadrados de nuestro piso y de nuestras disponibilidades económicas, es posible poder encontrar hoy en muchos hogares de nuestro país una especie de curioso batiburrillo de títulos cinematográficos, en el que suelen convivir sin mayor problema películas consideradas unánimemente como obras maestras, junto con packs con lo mejor de nuestras estrellas favoritas, filmes que no pudimos ver en el momento de su estreno, obras correspondientes a las etapas iniciales del cine, grandes éxitos de taquilla, alguna que otra excentricidad o rareza, y, sobre todo, películas que a nosotros nos gustan de una manera muy especial, aun a sabiendas de que tal vez su calidad no sea excesiva o de que quizás nosotros -y a lo mejor unos pocos seres extraños más- seamos los únicos que amamos esos títulos concretos de una forma casi incondicional, que, por otra parte, es como seguramente deberíamos de amar siempre. En ese último grupo tan específico o peculiar de películas suelen estar incluidas muchas de aquellas que vimos por vez primera en la infancia, tal vez en Sesión de tarde o en Sábado Cine, o quizás en la primera juventud, en algún ciclo de La 2 o en programas como Cine Club. Es cierto que muchas veces compramos ahora esos títulos vistos en el pasado, en nuestro pasado, siendo conscientes de que es posible que hoy no nos vuelvan a gustar tanto como ayer, pero supongo que en el fondo eso no nos importa demasiado. Porque al volver a ver, por ejemplo, toda la saga originaria de El planeta de los simios, o algunas de las películas más exitosas del llamado “cine de catástrofes”, o los títulos esenciales de algún director que nos fascinó o nos enamoró hace años, quien está viendo esa película de nuevo no es, en sentido estricto, el triste adulto que somos hoy, o no del todo, sino más bien lo que queda de aquel niño o de aquella niña que esperaba con ilusión la llegada de cada sábado por la tarde como quien espera también la llegada de los vencejos, de un obsequio o del verano. O también lo que queda de aquel joven soñador de veintitantos o treinta y pocos años que quizás soñaba con llegar a ser algún día director de cine. Tener un dvd en casa con uno de esos títulos, es, en cierta forma, como querer tener siempre a nuestro lado algo que nos recuerde quiénes fuimos en ese momento de nuestras vidas en que tal vez aún éramos dichosos, o en que quizás pensábamos que en un futuro aún podríamos llegar a ser felices.

09

08 2011

¡Vaya semanita!

Este recién iniciado mes de agosto, qué les voy a contar, hasta ahora sólo nos está dando disgustos y quebraderos de cabeza, de tipo económico, mayormente. Bueno, a nosotros y a los pobres italianos, pues llevamos unos y otros una semanita especialmente movida, que, por lo que vemos, aún no ha terminado. ¡Si hasta los ‘indignados’, bien que por otras razones, están ahora más indignados que nunca! La única consecuencia positiva de todos los avatares por los que estamos pasando estos últimos días es que, al menos, nos estamos convirtiendo en unos auténticos especialistas en materia bursátil y económica, por lo que ahora no es inhabitual que nos sorprendamos hablando del IBEX 35, de las primas de riesgo o del diferencial con Alemania con la misma seguridad y competencia con que antes hablábamos de nuestros achaques físicos, de los grandes fichajes de la temporada o de los cambios en la meteorología. Aun así, y aunque creí que nunca llegaría a pensarlo, y mucho menos a decirlo, empiezo a echar cada vez más de menos los aburridos y sosos meses de agosto de antes. Echo de menos escuchar a casi todas horas la canción del verano, que casi siempre solía ser de Georgie Dann. Echo de menos los reportajes de los diarios locales en los que se veía a nuestros queridos políticos en bañador y con un libro en la mano. Echo de menos los programas televisivos pensados sólo para los meses de julio y agosto, que en el fondo no solían ser mucho peores que los que podemos ver ahora el resto del año. Y echo también de menos, a un nivel aún un poco más personal, poder tener vacaciones y poder cobrar también la paga extra de verano, que hace ya dos años que no tengo. Recuerdo que hace años solía decirse que un verano tranquilo y sosegado a nivel político podía ser, en ocasiones, el preludio de un “otoño caliente”, lleno de problemas y de conflictos. Pero así como están las cosas ya en estos instantes, uno ya no sabe si lo que habrá el próximo otoño serán directamente sofocos sin fin o incluso algún que otro incendio, pues, según nos dicen, la cosa está que arde. Ante este panorama tan poco prometedor, me queda ahora al menos el consuelo de leer durante este mes de agosto algunos de los libros que, con tanto acierto, recomienda mi buen amigo Josep Oliver en su blog, o hacer caso de los sabios y muy oportunos consejos que siempre nos da Beatriz Vilas Garro con su varita mágica de la felicidad. Siempre y cuando en estas últimas horas no se la hayan intentado hacer también suya el Banco Central Europeo, la bolsa o los mercados, claro.

05

08 2011

El ‘cumple’ de Barack y de José Luis

Por esas cosas que a veces tiene la vida, el azar o la política, hoy cumplen años dos presidentes, que además son -o, casi mejor dicho, eran- especialmente carismáticos, Barack Obama y José Luis Rodríguez Zapatero, que cumplen 50 y 51 años respectivamente. Deseándoles, por anticipado, lo mejor para ellos en un día tan especial como hoy, creo que podríamos estar de acuerdo en que ambos han vivido, muy posiblemente, aniversarios algo mejores que el que celebrarán en este caluroso día del mes de agosto de 2011. Si hoy se llaman por teléfono, más que para felicitarse, que también, seguramente será para contarse las penas, políticas y económicas mayormente, aunque para un presidente estas penas acaben resultando casi siempre, en mayor o menor medida, también íntimas y personales. En cualquier caso, estos últimos días parece que están resultando algo mejores o menos malos para Obama que no para Zapatero, que hasta ha tenido que interrumpir sus bien ganadas y merecidas vacaciones en Doñana. Lo digo, porque cuando descansa él, creo que también descansamos ahora la mayoría de españoles. La única ventaja que en estos momentos parece tener nuestro querido presidente sobre el también querido mandatario norteamericano, es que el próximo año no dirigirá ya nuestro país, ni será ni siquiera diputado, así que, si lo desea, se podrá dedicar a dar charlas por aquí y por allá sobre la Alianza de las Civilizaciones, o a dar consejos a Mariano Rajoy o a Alfredo Pérez Rubalcaba sobre cómo salir de la crisis (¿?), o a escribir sus memorias. En cambio, el bueno de Barack Obama se encontrará dentro de doce meses ya en precampaña para las próximas presidenciales, intentando esquivar los disgustos que seguramente le ocasionarán tanto desde el Tea Party como desde una parte de su propio partido. Pero bueno, como hoy es hoy, no cabe descartar que Barack y José Luis acaben recibiendo a lo largo de esta jornada algún bonito obsequio, aunque sólo sea una “caja roja” de Nestlé que decidan regalarse ellos mismos, porque en principio parece poco probable que puedan recibir muchos más presentes, sobre todo de los mercados o de la oposición. Por cierto, que ayer, cuando la vicepresidenta económica, Elena Salgado, dijo que hay motivo de “preocupación” por el comportamiento de los mercados, pero que al menos ella no calificaría la situación de “gravísima”, pensé en una de las secuencias más brillantes de la magistral película de Billy Wilder Uno, dos, tres, en concreto, cuando el personaje que interpreta Horst Buchholz, debe decir en un momento dado que “la situación es preocupante, pero no desesperada”, pero se equivoca -o acierta- y dice que “la situación es desesperada, pero no preocupante”. Pues eso, que la situación quizás sea desesperada, pero para nuestro querido Gobierno es todavía sólo preocupante. Sea como sea, feliz “cumple”, de verdad, para Barack y para José Luis, y para todas aquellas personas que también hoy cumplen años.

04

08 2011

Sol y nieve en es Molinar

Gracias a dos muy buenos amigos, Malén y Luis, descubrí hace unos pocos meses la existencia de un lugar muy agradable -y económico- para ir a tomar un pa amb oli de vez en cuando -por la crisis, muy de vez en cuando-, la freiduría Sol y Nieve, en es Molinar. La pasada semana, la familia que hasta ahora regentaba el local nos dijo que no le han renovado el contrato de alquiler y que, por tanto, no tendrá más remedio que marcharse, e intentar empezar otra vida en otro lugar, que en su caso será en la Península, a miles de kilómetros de aquí. Cuando a mis dos amigos y a mí nos dieron la noticia el pasado domingo, sentimos una gran pena y tristeza, porque el Sol y Nieve se había ido convirtiendo, poco a poco, en nuestro lugar favorito de entre aquellos en los que solemos quedar. El local se encontraba dividido en dos espacios independientes conectados sólo por una puerta en el centro, supongo que como consecuencia de la puesta en marcha de las sucesivas normativas antitabaco, aunque es verdad que ahora ya nadie puede fumar, ni en una parte ni en otra, ni casi ya en ningún sitio. Cada uno de esos dos espacios contaba con una televisión de plasma en la pared. El primero de esos espacios, el que estaba más próximo a la barra, solía estar siempre bastante lleno de gente a la hora a la que solíamos llegar, normalmente antes de las nueve de la noche, y en la televisión podía verse, salvo contadas excepciones, la retransmisión de un partido de fútbol o de un acontecimiento deportivo. En el segundo espacio, en el que nosotros nos sentábamos de manera invariable, a menudo solíamos ser los únicos clientes. En el televisor que correspondía a esa parte del local, era habitual que nos encontrásemos, también salvo contadas excepciones, primero con Bob Esponja y sus amigos, y luego con Los pingüinos de Madagascar, entre otras razones porque siempre había niños mirando la pantalla o corriendo y jugando por allí. Normalmente, pedíamos un pa amb oli de queso, siempre muy bien preparado, y a veces lo acompañábamos de unos chipirones o de una pequeña ración de ensaladilla rusa. Como todo estaba muy bien de precio, cuando nuestra economía se encontraba un poco mejor que de costumbre, incluso nos permitíamos el pequeño lujo de pedir un postre. A Malén, a Luis y a mí nos gustaba mucho ir al Sol y Nieve, esa es la verdad, nos sentíamos muy a gusto allí. A partir de ahora, tendremos que buscar otro sitio en el que podamos sentirnos tan bien, en el que nos atiendan con tanto afecto y en el que los precios sean, además, igualmente razonables. Me temo que no será demasiado fácil. De un tiempo a esta parte, incluso en las pequeñas cosas del día a día, esas pequeñas cosas que a veces nos entregan o nos ofrecen algo muy parecido a la dicha o a la felicidad, también casi todo son ahora malas noticias.

03

08 2011

El cielo abierto

Hay películas que nos enganchan o nos fascinan ya desde el primer fotograma, desde los mismos títulos de crédito, como si intuyéramos que todo lo que va a venir a continuación será, como mínimo, igual de atrayente, de elogiable o de bueno. Así me ocurrió cuando vi por vez primera El cielo abierto, para mí la mejor película, hasta ahora, del muy interesante director Miguel Albaladejo, con un excelente guión del propio realizador y de la gran Elvira Lindo. Con el telón de fondo de la preciosa canción de Olga Román Again, el filme se inicia con sucesivas imágenes nocturnas de Madrid, una ciudad que tiene siempre algo de literaria y de misteriosa, sobre todo, quizás, para quienes sólo la conocemos a través de las novelas o de algunas pocas visitas puntuales. Empieza la película, y, desde una toma aérea, vemos a un chico joven algo encogido que cruza la calle para hablar quizás con su novia, pero no acabamos de estar del todo seguros de ello. En un gran edificio de oficinas, una mujer de la limpieza está pasando un paño por un cristal, mientras un administrativo aún está sentado en su mesa de trabajo y otro está a punto de irse, quién sabe realmente dónde. Varios autobuses semivacíos coinciden en una rotonda, momentos antes de empezar a separarse para recorrer cada uno distintas calles de la ciudad. Dos taxistas juegan al ajedrez sobre el capó del vehículo de uno de ellos, hasta que de repente empieza a llover, y se van. La lluvia poco a poco se va intensificando. Una mujer sale de un hotel y toma un taxi, mientras un hombre que caminaba detrás de ella se para y observa cómo el vehículo rápidamente se marcha. Una chica joven espera sola, en una marquesina, a que llegue su autobús. Vemos que tiene frío, como también lo tiene la pareja que igualmente espera la llegada de su autobús en otra marquesina. Un chico se acerca hasta un kiosco para comprar el periódico del día siguiente, que, seguramente, estará ya algo mojado. Unos camioneros se disponen a descansar en sus propios vehículos. La cámara nos muestra a continuación el interior de varias habitaciones desde la perspectiva de la calle… Como espectadores curiosos, como voyeurs habituales que se amparan siempre en la oscuridad de una sala de cine, es posible que nos preguntemos entonces cómo deben de ser las vidas de todas esas personas, aunque a lo largo de la película, sólo llegaremos a conocer la vida de una de ellas y su relación con otras que irán apareciendo más adelante, durante el desarrollo de la historia. Una historia de amor y de desamor, de encuentros y de desencuentros, de personas humildes y anónimas que deciden no resignarse y buscar un poco de felicidad, esa misma felicidad que casi todos andamos persiguiendo siempre, y que cuando llega nunca llegamos a estar del todo seguros de si será por mucho tiempo. Porque a todos, incluso a los tristes y a los melancólicos, nos gusta poder ver también, aunque en ocasiones sólo sea muy de vez en cuando, el cielo abierto.

02

08 2011

Yo también estoy con Mariano Rajoy

Reconozcámoslo. Mi admirado Mariano Rajoy no es un político que levante pasiones, ni en un sentido ni en otro, ni que pueda ser considerado como especialmente carismático. Entre sus diversas virtudes no se encuentra, al menos hasta ahora, la de tener carisma, aunque creo que podríamos estar de acuerdo en que a veces el carisma, más que una virtud, puede acabar resultando un verdadero lastre, y no sólo para quien lo posee, sino también para quienes se han dejado deslumbrar por él. Mariano Rajoy sí parece poseer, en cambio, las cuatro virtudes cardinales, la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza. Bastaría, en este sentido, con recordar la extrema paciencia y la extrema educación que ha mantenido a lo largo de estos últimos siete años con José Luis Rodríguez Zapatero, y también, todo sea dicho, con algunos periodistas y medios de comunicación ultraconservadores y con barones de su propio partido. Sea como sea, esa reconocida falta de carisma en el presidente del PP será, muy posiblemente, una de las cuestiones que sus asesores intentarán solventar de algún modo cuando esté a punto de iniciarse la campaña electoral. En este sentido, si yo fuera asesor del líder popular, que de momento aún no lo soy, propondría crear una página en Facebook o en Twitter o en Internet con un mensaje que intentase romper con esa imagen de un político del que sin duda se valoran su seriedad y su moderación, pero que no entusiasma. Todavía. Después de darle vueltas y vueltas al asunto a lo largo de estos últimos días, llegué a la conclusión de que el lema más oportuno para esa hipotética página podría ser el siguiente: “Yo también estoy con Mariano Rajoy”. Lo importante en este caso sería, como estoy seguro de que ustedes habrán notado ya, el adverbio “también”, porque transmite el mensaje de alguien que es capaz de sumar muchos seguidores y, sobre todo, muchos posibles votantes, quizás aún hoy indecisos, que es lo que el PP necesita para poder ganar las elecciones del próximo 20 de noviembre. El máximo rival de Rajoy en dichos comicios no es tampoco, reconozcámoslo también, alguien que esté especialmente dotado de carisma, por lo que no es previsible que consiga mejoras espectaculares ni siquiera con la ayuda de los mejores asesores del bueno de Barack Obama. En este caso, el lema que muy humildemente yo propondría para el candidato socialista sería éste: “Pues a mí no me desagrada Alfredo Pérez Rubalcaba”. De nuevo un adverbio, en este caso “pues”, sería la clave para intentar recabar posibles futuros apoyos para el candidato del PSOE, lo cual, en principio, no sería mi caso. Porque, como ustedes habrán adivinado ya, yo también estoy con Mariano Rajoy.

31

07 2011

Esta noche vi llover

Mis doloridas cervicales casi nunca me engañan. Cuando intuyen que va a llover, se suelen poner tensas enseguida, y entonces me empieza a doler la cabeza de una manera muy característica y especial, a modo de confirmación o de anticipo de la lluvia que muy posiblemente llegará poco tiempo después. Así me ocurrió ayer de nuevo, a media tarde, con el inicio de una fuerte jaqueca, pero entonces dirigí mi mirada hacia el cielo y vi que estaba completamente despejado. Un poco después, volví a mirar al cielo, y sólo vi unas pocas nubes blancas. “¡Vaya, esta vez mis cervicales no han acertado!”, pensé, con una extraña mezcla de duda no desvanecida del todo y de resignación. Pero no, mis sufridas cervicales no se habían equivocado, era sólo que esta vez se habían adelantado un poco en su percepción entre física, mental y adivinatoria. Esta pasada noche, en torno a las tres y media de la madrugada, finalmente empezó a llover. De hecho, fue la lluvia la que me despertó, una lluvia tranquila y suave, que es la que a mí más me gusta. Entonces, como suelo hacer siempre en ocasiones así, la empecé a contemplar desde la ventana de mi cuarto, y luego desde el comedor. Parecía como si ya nos encontrásemos al final del verano, a punto de ver llegar ya el otoño, pero no era así, porque todos sabemos que aún nos esperan semanas y semanas de mucho e intenso calor. Pero bueno, ahí estaba yo esta madrugada, contemplando esa lluvia tranquila y suave que no te impide pasear si quieres hacerlo, aunque no tengas paraguas, esa lluvia que parece acariciar o jugar con las hojas de los árboles, esa lluvia que por unos instantes nos hacer creer que es posible vivir en un mundo un poco más sereno y en paz. Como estaba ya algo desvelado y no podía dormir, encendí la televisión, y justo en ese momento estaba empezando en el canal TCM Clásico una de mis películas favoritas, Rebelde sin causa, del maestro Nicholas Ray. La desdichada y trágica historia de los tres adolescentes protagonistas del filme, Jim (James Dean), Judy (Natalie Wood) y Platón (Sal Mineo), siempre ha conseguido conmoverme, sobre todo por la sensibilidad y la valentía con la que está tratada, y ayer lo vovió a conseguir. Viendo esta mítica película, es inevitable acabar pensando también que en la vida real los tres actores morirían muy jóvenes, sobre todo James Dean, y además de manera también trágica. Cuando la película acabó, aún seguía lloviendo. Estaba muy contento de que la lluvia me hubiera despertado unas pocas horas antes y de haber vuelto a ver Rebelde sin causa. Era una sensación entre melancólica y mágica. Mis pobres cervicales, por suerte esta vez, habían acertado de nuevo.

30

07 2011

Las palabras que curan

Creo que era en Hannah y sus hermanas en donde el gran Woody Allen decía que las dos palabras más hermosas que existen en cualquier idioma no son “te quiero”, sino “es benigno”. Quizás el ideal sería que, a ser posible, ambas expresiones pudieran ser compatibles en el transcurso de la vida de cada uno de nosotros. Aunque también es verdad que a veces, curiosamente, las palabras o las expresiones más bellas no provocan necesariamente un efecto positivo o agradable en quien las escucha o en quien las recibe. Así, por ejemplo, podemos decirle a alguien “te quiero” o “te deseo”, pero si la persona a la que van dirigidas estas palabras no nos quiere o no nos desea, realmente podemos llegar a agobiarla mucho, aun sin pretenderlo en absoluto en ningún momento. También es posible que dichas expresiones u otras semejantes sí tengan un sentido en un momento determinado en una relación de pareja, pero que más adelante, por diversas razones, deje de ser finalmente así. Desde que nacemos, no sólo vivimos rodeados de personas y de objetos, sino también de sonidos y de palabras, aunque nosotros aún no podamos utilizarlas en nuestros primeros meses de vida. Con un poquito de suerte, quienes están a nuestro lado entonces no sólo nos cuidan, nos miman y nos abrazan, sino que también nos repiten una y otra vez que nos quieren, o nos cuentan cuentos, o nos cantan una nana, o rezan una oración por nosotros cuando aún no podemos hacerlo. Llegado el momento, también nosotros empezamos a hablar, y poco tiempo después a leer, y así empezamos a entender un poco mejor el mundo, y quizás empezamos también a entendernos un poco mejor a nosotros mismos. Al cabo de una vida, todos hemos utilizado cientos o acaso miles y miles de palabras, con las que seguramente hemos expresado en algún instante amor y odio, tranquilidad e ira, indiferencia y compasión, intolerancia y empatía, rebeldía y sumisión, soledad y acompañamiento. A partir de cierta edad, pienso que muchos de nosotros empezamos a preferir o a utilizar con mayor frecuencia determinadas palabras, por ejemplo aquellas que no nos provocan angustia o ansiedad, o que están dichas con respeto y con inteligencia -emocional o no-, o que, al menos en cierto sentido, nos protegen e incluso pueden llegar a curarnos o a sanarnos física o psiquícamente, sobre todo cuando llevamos acumuladas ya muchas heridas y lesiones diversas en el alma. El escritor Àlex Rovira publicó hace unos años un muy interesante libro precisamente con este título, Las palabras que curan. En relación a esta idea, pienso también que a partir de cierta edad, muchos de nosotros buscamos ya sólo la compañía de aquellas personas que con sus acciones y con sus palabras consiguen que sigamos teniendo ilusiones y esperanzas, o que nos queramos un poquito más a nosotros mismos, o que lleguemos a creer, al menos en algún momento, que conseguirán poder aislarnos también de todo posible daño físico o moral, de todo lo malo, de todo posible mal.

29

07 2011

Siempre soy el visitante un millón

Si usted es una persona acostumbrada a navegar con una cierta frecuencia por las páginas y por el mundo de Internet, seguramente le habrá ocurrido ya en alguna ocasión lo que a mí. Entra uno en una página al azar, por ejemplo sobre cómo hacerse millonario sin trabajar, sobre los orígenes lejanos y remotos del Australopithecus o -para qué vamos a negarlo- con fotos algo subidas de tono de nuestra actriz o de nuestro actor favorito, y resulta que un pequeño recuadrito situado en el margen derecho de esa misma página nos da la enhorabuena porque somos el visitante… ¡un millón! Preveyendo ya quizás nuestro más que probable escepticismo ante un anuncio así, sobre todo en estos tiempos tan extraños, en dicho recuadrito se nos dice que “no es broma” que somos el visitante un millón, y a continuación se nos indica que si hacemos un “click” justo en ese momento tendremos un regalo seguro e inmediato, que normalmente no se nos especifica. Nunca me he considerado una persona especialmente afortunada en cuestiones del juego y del azar, pero resulta que en todas aquellas páginas en que he entrado y en que ha aparecido un recuadrito semejante, siempre he sido, curiosamente, el visitante un millón, y nunca, en cambio, y por dar una cifra, el visitante quinientos mil o el dos millones y medio o el siete mil setecientos setenta y siete. Así que supongo que por ese escepticismo del que les he hablado, nunca me he decidido a hacer el “click” que tan educadamente se me reclamaba. En el mundo virtual y en gran medida aún desconocido de la red, los regalos, de haberlos, seguramente deben de ser mayoritariamente virtuales, con el riesgo añadido de que uno termine siendo estafado o de que acabe formando parte de una lista de las personas más buscadas por la Interpol. En cambio, en el mundo real, en el de verdad, en el de toda la vida, nada resultaba tan agradecido hace ya algunos años como ser realmente el visitante un millón o el visitante diez millones de, por ejemplo, un destino turístico, una cadena de hamburgueserías o un sex-shop. Estoy seguro de que todos recordamos haber visto en alguna ocasión imágenes de la entrañable llegada a nuestra isla de aquel turista hasta entonces desconocido que, sin él saberlo, había tenido la suerte de completar una cifra millonaria, exacta y redonda, al habernos elegido como destino para pasar sus bien merecidas vacaciones. Así, si resultaba que eras, por ejemplo, el visitante un millón o el visitante cincuenta millones a Mallorca, nada más bajar de la escalerilla del avión te bailaban entonces un bolero o una jota, en Son Bonet o en Son Sant Joan, y te regalaban una ensaimada, y te entregaban un ramo de flores, y te hacían unas fotos con las autoridades de la época. Y además, a lo largo de toda tu estancia te trataban como a un rey o como a una reina. ¡Ese sí que era un buen regalo! En fin. Volviendo de nuevo al triste mundo virtual, por ejemplo al de esta columna, le puedo dar mi palabra de que usted no es, ay, el visitante un millón de este blog, ni tampoco el de una cifra más o menos cercana. Pero no sabe cuánto le agradezco que lo haya visitado. Lo único que siento es que ni los duendes ni yo podamos hacerle también un regalo.

28

07 2011