‘La noche de los gigantes’

Desde los primeros fotogramas de La noche de los gigantes, cuando vemos aparecer por el encuadre superior izquierdo a Gregory Peck y empezamos a escuchar el bellísimo y melancólico tema principal de Fred Karlin, es muy difícil no tener esa preciosa y casi mágica sensación de que nos hallamos ante una película que, muy posiblemente, nos gustará mucho. Y así acaba siendo siempre. La noche de los gigantes, rodada en 1968, es, para mí, no sólo una excelente película, una película a reivindicar, sino también un filme que yo situaría, sin ninguna duda, entre los mejores westerns de la historia del cine, aquellos que rodaron maestros como John Ford, Howard Hawks, William A. Wellman, Anthony Mann o Clint Eastwood, entre otros. Esa merecida reivindicación de La noche de los gigantes la haría extensiva a su director, Robert Mulligan, y a su productor, Alan J. Pakula, que ya nos habían ofrecido con anterioridad, en 1961, una obra maestra como Matar a un ruiseñor. A mi juicio, merecen igualmente ser elogiados el guionista, Alvin Sargent, con trabajos posteriores como Julia o Gente corriente, y el director de fotografía, el pionero e histórico Charles Lang, así como los principales intérpretes del filme, que nos cuenta una historia que nos atrapa ya desde el primer instante. Un reconocido explorador del Ejército, Sam (Gregory Peck), ha decidido retirarse, pero antes de irse a vivir a su rancho ayudará de manera desinteresada, y poniendo en peligro su propia vida, a Sarah (Eva Marie Saint) y a su hijo, que huyen del padre del pequeño, un indio especialmente sanguinario llamado Salvaje. El mejor amigo de Sam, Nick (Robert Forster), también de origen indio, jugará un papel muy importante en la resolución de esta historia. Entre las muchas virtudes de La noche de los gigantes se encuentran la elegancia y la perfección técnica con que está rodada, la autenticidad que transmiten todos los actores -¡cuánta tristeza y melancolía hay en la mirada de Eva Marie Saint!-, el acierto de los distintos escenarios elegidos, la importancia que se concede al paisaje o el ritmo con el que se desarrolla la intriga principal del filme, cuyo título original resulta, en este caso, muy orientativo, The stalking moon (La luna acechante). “No le oirá llegar”, le dice Sarah a Sam con respecto a Salvaje. “Le oiré”, afirma, por dos veces, Sam. Otro acierto destacable de la película es la sutileza con que, a través de pequeños gestos, se nos cuenta la preciosa historia de amor que poco a poco va naciendo entre Sam y Sarah, o la defensa implícita que se hace del valor de la amistad. Sam, Sarah y Nick son tres seres esencialmente solitarios, pero a la vez también profundamente solidarios. El personaje que interpreta Gregory Peck nos recuerda mucho al Atticus Finch de Matar a un ruiseñor, porque es íntegro y vulnerable al mismo tiempo, porque cree en unos valores y llega a poner en riesgo su vida para defenderlos. Supongo que casi todos quisiéramos ser, al menos en algún momento de nuestras vidas, como Atticus Finch o como Sam Warner, o llegar a amar con la delicadeza y la sinceridad con que lo hacen los dos protagonistas de La noche de los gigantes.

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08 2011

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  1. ulls #
    1

    Veig que aquest mes la inspiració segueix….Hi ha molta temàtica de pel.licules…Aquesta no l´he vist…però pel que contes,caldra veurer-la …

  2. 2

    Jo també la veuré.