El cielo abierto

Hay películas que nos enganchan o nos fascinan ya desde el primer fotograma, desde los mismos títulos de crédito, como si intuyéramos que todo lo que va a venir a continuación será, como mínimo, igual de atrayente, de elogiable o de bueno. Así me ocurrió cuando vi por vez primera El cielo abierto, para mí la mejor película, hasta ahora, del muy interesante director Miguel Albaladejo, con un excelente guión del propio realizador y de la gran Elvira Lindo. Con el telón de fondo de la preciosa canción de Olga Román Again, el filme se inicia con sucesivas imágenes nocturnas de Madrid, una ciudad que tiene siempre algo de literaria y de misteriosa, sobre todo, quizás, para quienes sólo la conocemos a través de las novelas o de algunas pocas visitas puntuales. Empieza la película, y, desde una toma aérea, vemos a un chico joven algo encogido que cruza la calle para hablar quizás con su novia, pero no acabamos de estar del todo seguros de ello. En un gran edificio de oficinas, una mujer de la limpieza está pasando un paño por un cristal, mientras un administrativo aún está sentado en su mesa de trabajo y otro está a punto de irse, quién sabe realmente dónde. Varios autobuses semivacíos coinciden en una rotonda, momentos antes de empezar a separarse para recorrer cada uno distintas calles de la ciudad. Dos taxistas juegan al ajedrez sobre el capó del vehículo de uno de ellos, hasta que de repente empieza a llover, y se van. La lluvia poco a poco se va intensificando. Una mujer sale de un hotel y toma un taxi, mientras un hombre que caminaba detrás de ella se para y observa cómo el vehículo rápidamente se marcha. Una chica joven espera sola, en una marquesina, a que llegue su autobús. Vemos que tiene frío, como también lo tiene la pareja que igualmente espera la llegada de su autobús en otra marquesina. Un chico se acerca hasta un kiosco para comprar el periódico del día siguiente, que, seguramente, estará ya algo mojado. Unos camioneros se disponen a descansar en sus propios vehículos. La cámara nos muestra a continuación el interior de varias habitaciones desde la perspectiva de la calle… Como espectadores curiosos, como voyeurs habituales que se amparan siempre en la oscuridad de una sala de cine, es posible que nos preguntemos entonces cómo deben de ser las vidas de todas esas personas, aunque a lo largo de la película, sólo llegaremos a conocer la vida de una de ellas y su relación con otras que irán apareciendo más adelante, durante el desarrollo de la historia. Una historia de amor y de desamor, de encuentros y de desencuentros, de personas humildes y anónimas que deciden no resignarse y buscar un poco de felicidad, esa misma felicidad que casi todos andamos persiguiendo siempre, y que cuando llega nunca llegamos a estar del todo seguros de si será por mucho tiempo. Porque a todos, incluso a los tristes y a los melancólicos, nos gusta poder ver también, aunque en ocasiones sólo sea muy de vez en cuando, el cielo abierto.

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02

08 2011

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