¡Vaya semanita!

Este recién iniciado mes de agosto, qué les voy a contar, hasta ahora sólo nos está dando disgustos y quebraderos de cabeza, de tipo económico, mayormente. Bueno, a nosotros y a los pobres italianos, pues llevamos unos y otros una semanita especialmente movida, que, por lo que vemos, aún no ha terminado. ¡Si hasta los ‘indignados’, bien que por otras razones, están ahora más indignados que nunca! La única consecuencia positiva de todos los avatares por los que estamos pasando estos últimos días es que, al menos, nos estamos convirtiendo en unos auténticos especialistas en materia bursátil y económica, por lo que ahora no es inhabitual que nos sorprendamos hablando del IBEX 35, de las primas de riesgo o del diferencial con Alemania con la misma seguridad y competencia con que antes hablábamos de nuestros achaques físicos, de los grandes fichajes de la temporada o de los cambios en la meteorología. Aun así, y aunque creí que nunca llegaría a pensarlo, y mucho menos a decirlo, empiezo a echar cada vez más de menos los aburridos y sosos meses de agosto de antes. Echo de menos escuchar a casi todas horas la canción del verano, que casi siempre solía ser de Georgie Dann. Echo de menos los reportajes de los diarios locales en los que se veía a nuestros queridos políticos en bañador y con un libro en la mano. Echo de menos los programas televisivos pensados sólo para los meses de julio y agosto, que en el fondo no solían ser mucho peores que los que podemos ver ahora el resto del año. Y echo también de menos, a un nivel aún un poco más personal, poder tener vacaciones y poder cobrar también la paga extra de verano, que hace ya dos años que no tengo. Recuerdo que hace años solía decirse que un verano tranquilo y sosegado a nivel político podía ser, en ocasiones, el preludio de un “otoño caliente”, lleno de problemas y de conflictos. Pero así como están las cosas ya en estos instantes, uno ya no sabe si lo que habrá el próximo otoño serán directamente sofocos sin fin o incluso algún que otro incendio, pues, según nos dicen, la cosa está que arde. Ante este panorama tan poco prometedor, me queda ahora al menos el consuelo de leer durante este mes de agosto algunos de los libros que, con tanto acierto, recomienda mi buen amigo Josep Oliver en su blog, o hacer caso de los sabios y muy oportunos consejos que siempre nos da Beatriz Vilas Garro con su varita mágica de la felicidad. Siempre y cuando en estas últimas horas no se la hayan intentado hacer también suya el Banco Central Europeo, la bolsa o los mercados, claro.

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05

08 2011

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