Las palabras que curan

Creo que era en Hannah y sus hermanas en donde el gran Woody Allen decía que las dos palabras más hermosas que existen en cualquier idioma no son “te quiero”, sino “es benigno”. Quizás el ideal sería que, a ser posible, ambas expresiones pudieran ser compatibles en el transcurso de la vida de cada uno de nosotros. Aunque también es verdad que a veces, curiosamente, las palabras o las expresiones más bellas no provocan necesariamente un efecto positivo o agradable en quien las escucha o en quien las recibe. Así, por ejemplo, podemos decirle a alguien “te quiero” o “te deseo”, pero si la persona a la que van dirigidas estas palabras no nos quiere o no nos desea, realmente podemos llegar a agobiarla mucho, aun sin pretenderlo en absoluto en ningún momento. También es posible que dichas expresiones u otras semejantes sí tengan un sentido en un momento determinado en una relación de pareja, pero que más adelante, por diversas razones, deje de ser finalmente así. Desde que nacemos, no sólo vivimos rodeados de personas y de objetos, sino también de sonidos y de palabras, aunque nosotros aún no podamos utilizarlas en nuestros primeros meses de vida. Con un poquito de suerte, quienes están a nuestro lado entonces no sólo nos cuidan, nos miman y nos abrazan, sino que también nos repiten una y otra vez que nos quieren, o nos cuentan cuentos, o nos cantan una nana, o rezan una oración por nosotros cuando aún no podemos hacerlo. Llegado el momento, también nosotros empezamos a hablar, y poco tiempo después a leer, y así empezamos a entender un poco mejor el mundo, y quizás empezamos también a entendernos un poco mejor a nosotros mismos. Al cabo de una vida, todos hemos utilizado cientos o acaso miles y miles de palabras, con las que seguramente hemos expresado en algún instante amor y odio, tranquilidad e ira, indiferencia y compasión, intolerancia y empatía, rebeldía y sumisión, soledad y acompañamiento. A partir de cierta edad, pienso que muchos de nosotros empezamos a preferir o a utilizar con mayor frecuencia determinadas palabras, por ejemplo aquellas que no nos provocan angustia o ansiedad, o que están dichas con respeto y con inteligencia -emocional o no-, o que, al menos en cierto sentido, nos protegen e incluso pueden llegar a curarnos o a sanarnos física o psiquícamente, sobre todo cuando llevamos acumuladas ya muchas heridas y lesiones diversas en el alma. El escritor Àlex Rovira publicó hace unos años un muy interesante libro precisamente con este título, Las palabras que curan. En relación a esta idea, pienso también que a partir de cierta edad, muchos de nosotros buscamos ya sólo la compañía de aquellas personas que con sus acciones y con sus palabras consiguen que sigamos teniendo ilusiones y esperanzas, o que nos queramos un poquito más a nosotros mismos, o que lleguemos a creer, al menos en algún momento, que conseguirán poder aislarnos también de todo posible daño físico o moral, de todo lo malo, de todo posible mal.

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07 2011

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  1. Ana #
    1

    Hola Pep! Como va todo? He tomado nota del libro que comentas en los duendes “Las palabras que curan”, quizá me lo compre estas vacaciones. Supongo que ya estás más recuperado del brazo verdad? Espero que sí. Si tienes vacaciones en agosto te deseo que las disfrutes lo mejor posible y si por el contrario las tienes en otras fechas, que disfrutes igualmente lo que queda de verano. Un fuerte abrazo! Y por cierto estoy esperando tu próximo libro…

  2. postulante a hada #
    2

    Siempre me he preguntado, ante un anciano que no puede articular palabra, qué querrá decirme. La palabra no dicha. Esa se la come el abismo de las entrañas.