Enamorado de la moda juvenil

La calor y la humedad, con ser sin duda algo molestas, no son las dos cosas que más me desagradan del verano. Lo que en el fondo más me molesta de los meses de estío es el desaliño indumentario que podemos observar en muchos de nuestros queridos conciudadanos, sobre todo por parte de aquellos señores y caballeros que, como uno mismo, empiezan a tener ya una cierta edad. A veces criticamos el modo de vestir de algunos turistas o visitantes jóvenes, sin darnos cuenta de que nuestro vecino del tercero izquierda o del segundo derecha se viste más o menos como ellos, sólo que con treinta años más y posiblemente algunos kilillos también de más. A lo largo del verano, suele ser habitual que nos topemos con alguno de esos entrañables vecinos en más de una ocasión, lo que nos ofrece la posibilidad de saber cómo no deberíamos de vestirnos nosotros nunca. En otras palabras, si no queremos acabar perdiendo el poco de dignidad que aún nos pueda quedar a cada uno de nosotros, es imprescindible no ponernos jamás esas camisetas -con o sin mangas- que resaltan aún más esa prominente barriguilla cervecera que uno se ha ido ganando a pulso año tras año, ni esos pantalones cortos que parecen sacados directamente de una película de gángsters los años setenta o de la tienda de los horrores, ni esas sandalias marrones haciendo conjunto con esos calcetines grises, aunque en ocasiones, hay que reconocerlo, resulten mejor esos calcetines que no la observación descarnada de unos pies que están reclamando a gritos una visita urgente al podólogo o, cuando menos, una buena sesión de varias horas de pedicura. ¡Qué diferencia, en cambio, con el modo de vestir de nuestra vecina del segundo derecha o del tercero izquierda! En esos casos concretos, por fortuna, lo que suele acabar primando es siempre el saber estar y la elegancia. Vestidos vaporosos, camisetas llenas de colorido, shorts de diferentes texturas, collares, pulseras y complementos muy bien seleccionados, tal vez una pequeña cadena dorada a la altura del tobillo izquierdo, y, dependiendo de la ocasión, deportivas, sandalias de tacón de aguja o distintos tipos de calzado plano, a lo que hay que añadir una depilación siempre perfecta y los pies también siempre perfectamente cuidados. O dicho de otro modo, a estas alturas de la vida, uno pide o espera ya pocas cosas, pero una irrenunciable sería la de poder observar un poco de elegancia en su vida cotidiana. La carencia de esa elegancia debería de ser casi una razón suficiente para cambiar de país o de ciudad, o, al menos, de vecindario.

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07 2011

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  1. ulls #
    1

    Molt graciós!!!tens la vena graciosa……Pensa que en la edat el glamour poc a poc es va perdent,i la gent va a lo pràctic..