En el minuto 116

Hace justo un año, nuestro país enloqueció, pero por una vez fue de alegría, y de complicidad -tan extraña en nosotros-, y de emoción. Por primera vez en nuestra historia, habíamos ganado un Mundial de fútbol. En realidad, por primera vez habíamos pasado también de cuartos de final y de semifinales, algo que parecía que nunca íbamos a llegar a vivir, o no al menos las personas de mi generación, salvo que llegásemos a centenarias o a bicentenarias. Pero lo vivimos. Como también vivimos ese merecido triunfo en esa histórica final. Era el 11 de julio de 2010. Nos encontrábamos ya en el minuto 116 del partido contra Holanda y parecía que tendríamos que llegar a los penaltis… pero no fue así, porque Cesc dio entonces un pase perfecto a Andrés Iniesta, al gran Andrés Iniesta, y éste, con un magnífico remate, marcó el uno a cero y nos llevó a la gloria. Y no sólo a la gloria, sino que también acabó, al mismo tiempo, con décadas y décadas de fatalidades, de frustraciones y de tristezas. De hecho, en el Mundial de Sudáfrica habíamos empezado también como casi siempre, con una decepción, perdiendo ante Suiza, pero desde ese instante ya no hubo más desilusiones. A partir de ese momento, la diosa fortuna, que tan esquiva nos había sido siempre, o al menos en los mundiales de fútbol, se alió con España. Quizás, o sobre todo, porque se enamoró de nosotros, del precioso y elegante juego de nuestra selección. Porque hay que reconocer que hasta llegar a ese minuto 116, nos habían pasado antes varias cosas favorables que casi nunca nos solían pasar. En la misma final, Íker Casillas había estado inmenso en un uno contra uno previo con Robben, evitando con un gran despeje con la pierna el cero a uno. Previamente, en las semifinales con Alemania, Iniesta forzó un córner y Xavi lo sacó como sólo él sabe hacerlo, para un Carles Puyol que se encontraba aún fuera del área pequeña cuando el balón empezó a volar, por eso nadie le estaba marcando cuando materializó de cabeza un gol imparable. Pero previamente aún, en cuartos, ante Paraguay, Casillas había parado un penalti a Cardoso, con el marcador cero a cero, y Villa consiguió luego el gol del triunfo tras haber golpeado el balón en los dos palos, después de otro palo previo de Pedrito, que a su vez había recibido el balón de un Iniesta que por suerte no se había dejado caer. Todas estas cosas antes nunca nos pasaban, pero esta vez sí nos pasaron. Por eso, recordaremos siempre esas extrañas conjunciones astrales, como recordaremos también siempre las retransmisiones de Paco González y de José Antonio Camacho para Telecinco, y el beso de Íker a Sara Carbonero, y la felicidad de Vicente del Bosque, de los jugadores, de millones de compatriotas y también de otros millones de personas en todo el mundo, que igualmente iban con nuestra selección, porque les parecía que era la que mejor estaba jugando, de manera más bella, más noble y más alegre. Y era verdad. Hace justo un año, en el minuto 116 de la final de Sudáfrica, nuestro país enloqueció. Por una vez, la diosa fortuna estuvo a nuestro lado. Por una vez, se enamoró perdidamente de nosotros. Por una vez, pudo más el amor.

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07 2011

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