Archivo de julio, 2011

Yo también estoy con Mariano Rajoy

Reconozcámoslo. Mi admirado Mariano Rajoy no es un político que levante pasiones, ni en un sentido ni en otro, ni que pueda ser considerado como especialmente carismático. Entre sus diversas virtudes no se encuentra, al menos hasta ahora, la de tener carisma, aunque creo que podríamos estar de acuerdo en que a veces el carisma, más que una virtud, puede acabar resultando un verdadero lastre, y no sólo para quien lo posee, sino también para quienes se han dejado deslumbrar por él. Mariano Rajoy sí parece poseer, en cambio, las cuatro virtudes cardinales, la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza. Bastaría, en este sentido, con recordar la extrema paciencia y la extrema educación que ha mantenido a lo largo de estos últimos siete años con José Luis Rodríguez Zapatero, y también, todo sea dicho, con algunos periodistas y medios de comunicación ultraconservadores y con barones de su propio partido. Sea como sea, esa reconocida falta de carisma en el presidente del PP será, muy posiblemente, una de las cuestiones que sus asesores intentarán solventar de algún modo cuando esté a punto de iniciarse la campaña electoral. En este sentido, si yo fuera asesor del líder popular, que de momento aún no lo soy, propondría crear una página en Facebook o en Twitter o en Internet con un mensaje que intentase romper con esa imagen de un político del que sin duda se valoran su seriedad y su moderación, pero que no entusiasma. Todavía. Después de darle vueltas y vueltas al asunto a lo largo de estos últimos días, llegué a la conclusión de que el lema más oportuno para esa hipotética página podría ser el siguiente: “Yo también estoy con Mariano Rajoy”. Lo importante en este caso sería, como estoy seguro de que ustedes habrán notado ya, el adverbio “también”, porque transmite el mensaje de alguien que es capaz de sumar muchos seguidores y, sobre todo, muchos posibles votantes, quizás aún hoy indecisos, que es lo que el PP necesita para poder ganar las elecciones del próximo 20 de noviembre. El máximo rival de Rajoy en dichos comicios no es tampoco, reconozcámoslo también, alguien que esté especialmente dotado de carisma, por lo que no es previsible que consiga mejoras espectaculares ni siquiera con la ayuda de los mejores asesores del bueno de Barack Obama. En este caso, el lema que muy humildemente yo propondría para el candidato socialista sería éste: “Pues a mí no me desagrada Alfredo Pérez Rubalcaba”. De nuevo un adverbio, en este caso “pues”, sería la clave para intentar recabar posibles futuros apoyos para el candidato del PSOE, lo cual, en principio, no sería mi caso. Porque, como ustedes habrán adivinado ya, yo también estoy con Mariano Rajoy.

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07 2011

Esta noche vi llover

Mis doloridas cervicales casi nunca me engañan. Cuando intuyen que va a llover, se suelen poner tensas enseguida, y entonces me empieza a doler la cabeza de una manera muy característica y especial, a modo de confirmación o de anticipo de la lluvia que muy posiblemente llegará poco tiempo después. Así me ocurrió ayer de nuevo, a media tarde, con el inicio de una fuerte jaqueca, pero entonces dirigí mi mirada hacia el cielo y vi que estaba completamente despejado. Un poco después, volví a mirar al cielo, y sólo vi unas pocas nubes blancas. “¡Vaya, esta vez mis cervicales no han acertado!”, pensé, con una extraña mezcla de duda no desvanecida del todo y de resignación. Pero no, mis sufridas cervicales no se habían equivocado, era sólo que esta vez se habían adelantado un poco en su percepción entre física, mental y adivinatoria. Esta pasada noche, en torno a las tres y media de la madrugada, finalmente empezó a llover. De hecho, fue la lluvia la que me despertó, una lluvia tranquila y suave, que es la que a mí más me gusta. Entonces, como suelo hacer siempre en ocasiones así, la empecé a contemplar desde la ventana de mi cuarto, y luego desde el comedor. Parecía como si ya nos encontrásemos al final del verano, a punto de ver llegar ya el otoño, pero no era así, porque todos sabemos que aún nos esperan semanas y semanas de mucho e intenso calor. Pero bueno, ahí estaba yo esta madrugada, contemplando esa lluvia tranquila y suave que no te impide pasear si quieres hacerlo, aunque no tengas paraguas, esa lluvia que parece acariciar o jugar con las hojas de los árboles, esa lluvia que por unos instantes nos hacer creer que es posible vivir en un mundo un poco más sereno y en paz. Como estaba ya algo desvelado y no podía dormir, encendí la televisión, y justo en ese momento estaba empezando en el canal TCM Clásico una de mis películas favoritas, Rebelde sin causa, del maestro Nicholas Ray. La desdichada y trágica historia de los tres adolescentes protagonistas del filme, Jim (James Dean), Judy (Natalie Wood) y Platón (Sal Mineo), siempre ha conseguido conmoverme, sobre todo por la sensibilidad y la valentía con la que está tratada, y ayer lo vovió a conseguir. Viendo esta mítica película, es inevitable acabar pensando también que en la vida real los tres actores morirían muy jóvenes, sobre todo James Dean, y además de manera también trágica. Cuando la película acabó, aún seguía lloviendo. Estaba muy contento de que la lluvia me hubiera despertado unas pocas horas antes y de haber vuelto a ver Rebelde sin causa. Era una sensación entre melancólica y mágica. Mis pobres cervicales, por suerte esta vez, habían acertado de nuevo.

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07 2011

Las palabras que curan

Creo que era en Hannah y sus hermanas en donde el gran Woody Allen decía que las dos palabras más hermosas que existen en cualquier idioma no son “te quiero”, sino “es benigno”. Quizás el ideal sería que, a ser posible, ambas expresiones pudieran ser compatibles en el transcurso de la vida de cada uno de nosotros. Aunque también es verdad que a veces, curiosamente, las palabras o las expresiones más bellas no provocan necesariamente un efecto positivo o agradable en quien las escucha o en quien las recibe. Así, por ejemplo, podemos decirle a alguien “te quiero” o “te deseo”, pero si la persona a la que van dirigidas estas palabras no nos quiere o no nos desea, realmente podemos llegar a agobiarla mucho, aun sin pretenderlo en absoluto en ningún momento. También es posible que dichas expresiones u otras semejantes sí tengan un sentido en un momento determinado en una relación de pareja, pero que más adelante, por diversas razones, deje de ser finalmente así. Desde que nacemos, no sólo vivimos rodeados de personas y de objetos, sino también de sonidos y de palabras, aunque nosotros aún no podamos utilizarlas en nuestros primeros meses de vida. Con un poquito de suerte, quienes están a nuestro lado entonces no sólo nos cuidan, nos miman y nos abrazan, sino que también nos repiten una y otra vez que nos quieren, o nos cuentan cuentos, o nos cantan una nana, o rezan una oración por nosotros cuando aún no podemos hacerlo. Llegado el momento, también nosotros empezamos a hablar, y poco tiempo después a leer, y así empezamos a entender un poco mejor el mundo, y quizás empezamos también a entendernos un poco mejor a nosotros mismos. Al cabo de una vida, todos hemos utilizado cientos o acaso miles y miles de palabras, con las que seguramente hemos expresado en algún instante amor y odio, tranquilidad e ira, indiferencia y compasión, intolerancia y empatía, rebeldía y sumisión, soledad y acompañamiento. A partir de cierta edad, pienso que muchos de nosotros empezamos a preferir o a utilizar con mayor frecuencia determinadas palabras, por ejemplo aquellas que no nos provocan angustia o ansiedad, o que están dichas con respeto y con inteligencia -emocional o no-, o que, al menos en cierto sentido, nos protegen e incluso pueden llegar a curarnos o a sanarnos física o psiquícamente, sobre todo cuando llevamos acumuladas ya muchas heridas y lesiones diversas en el alma. El escritor Àlex Rovira publicó hace unos años un muy interesante libro precisamente con este título, Las palabras que curan. En relación a esta idea, pienso también que a partir de cierta edad, muchos de nosotros buscamos ya sólo la compañía de aquellas personas que con sus acciones y con sus palabras consiguen que sigamos teniendo ilusiones y esperanzas, o que nos queramos un poquito más a nosotros mismos, o que lleguemos a creer, al menos en algún momento, que conseguirán poder aislarnos también de todo posible daño físico o moral, de todo lo malo, de todo posible mal.

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07 2011

Siempre soy el visitante un millón

Si usted es una persona acostumbrada a navegar con una cierta frecuencia por las páginas y por el mundo de Internet, seguramente le habrá ocurrido ya en alguna ocasión lo que a mí. Entra uno en una página al azar, por ejemplo sobre cómo hacerse millonario sin trabajar, sobre los orígenes lejanos y remotos del Australopithecus o -para qué vamos a negarlo- con fotos algo subidas de tono de nuestra actriz o de nuestro actor favorito, y resulta que un pequeño recuadrito situado en el margen derecho de esa misma página nos da la enhorabuena porque somos el visitante… ¡un millón! Preveyendo ya quizás nuestro más que probable escepticismo ante un anuncio así, sobre todo en estos tiempos tan extraños, en dicho recuadrito se nos dice que “no es broma” que somos el visitante un millón, y a continuación se nos indica que si hacemos un “click” justo en ese momento tendremos un regalo seguro e inmediato, que normalmente no se nos especifica. Nunca me he considerado una persona especialmente afortunada en cuestiones del juego y del azar, pero resulta que en todas aquellas páginas en que he entrado y en que ha aparecido un recuadrito semejante, siempre he sido, curiosamente, el visitante un millón, y nunca, en cambio, y por dar una cifra, el visitante quinientos mil o el dos millones y medio o el siete mil setecientos setenta y siete. Así que supongo que por ese escepticismo del que les he hablado, nunca me he decidido a hacer el “click” que tan educadamente se me reclamaba. En el mundo virtual y en gran medida aún desconocido de la red, los regalos, de haberlos, seguramente deben de ser mayoritariamente virtuales, con el riesgo añadido de que uno termine siendo estafado o de que acabe formando parte de una lista de las personas más buscadas por la Interpol. En cambio, en el mundo real, en el de verdad, en el de toda la vida, nada resultaba tan agradecido hace ya algunos años como ser realmente el visitante un millón o el visitante diez millones de, por ejemplo, un destino turístico, una cadena de hamburgueserías o un sex-shop. Estoy seguro de que todos recordamos haber visto en alguna ocasión imágenes de la entrañable llegada a nuestra isla de aquel turista hasta entonces desconocido que, sin él saberlo, había tenido la suerte de completar una cifra millonaria, exacta y redonda, al habernos elegido como destino para pasar sus bien merecidas vacaciones. Así, si resultaba que eras, por ejemplo, el visitante un millón o el visitante cincuenta millones a Mallorca, nada más bajar de la escalerilla del avión te bailaban entonces un bolero o una jota, en Son Bonet o en Son Sant Joan, y te regalaban una ensaimada, y te entregaban un ramo de flores, y te hacían unas fotos con las autoridades de la época. Y además, a lo largo de toda tu estancia te trataban como a un rey o como a una reina. ¡Ese sí que era un buen regalo! En fin. Volviendo de nuevo al triste mundo virtual, por ejemplo al de esta columna, le puedo dar mi palabra de que usted no es, ay, el visitante un millón de este blog, ni tampoco el de una cifra más o menos cercana. Pero no sabe cuánto le agradezco que lo haya visitado. Lo único que siento es que ni los duendes ni yo podamos hacerle también un regalo.

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07 2011

Lo que nos “pone” y lo que no

Llevaba yo años y años hablando del amor, de las pasiones, del romanticismo y de los enamoramientos más o menos ocultos o contenidos, cuando un día una antigua compañera del trabajo, veinte años más joven que yo, me abrió los ojos. “Todo lo que escribes sobre los sentimientos está bien y me gusta, pero hay una cuestión de la que nunca hablas y de la que creo que algún día tendrías que comentar algo”, me dijo ella, sonriendo de una manera sin duda algo pícara. “¿Y cuál es esa cuestión?”, pregunté yo, completamente intrigado. “Verás, las personas de mi generación, e incluso a veces también de la tuya, solemos utilizar ahora una expresión muy concreta para determinar si una persona nos gusta y nos atrae o no”, me aclaró. Esa expresión, según me explicó, es Menganito -o Zutanita- “me pone” o “me da morbo”, o Menganito -o Zutanita- “no me pone” o “no me da morbo”. Así que, por poner un ejemplo, si Menganito “pone” a Zutanita, y Zutanita, a su vez, “pone” a Menganito, poco más parece hacer falta para que de repente se abra para ambos todo un mundo de posibilidades afectivas, mayormente de tipo sólo erótico o sexual, que de otro modo muy posiblemente no se daría. No sé si esa nueva manera de entender las leyes de la atracción física supone, en cierto modo, que parezcan no tener ya tanto sentido como antes las cartas de amor apasionadas, las charlas de varias horas de duración, los largos paseos junto al mar o las cenas íntimas a la luz de una vela, pero así como va el mundo ahora, podría ser. ¿Y qué es lo que nos “pone” o nos da “morbo”? Quiero decir aparte de ver Antena 3 cada día, claro. Según mi antigua compañera del trabajo, el hecho de que una persona pueda tener un buen físico sería, en muchas ocasiones, un elemento de una importancia relativa en el asunto que estamos tratando ahora. Al parecer, nos puede poner o dar morbo simplemente un tono de voz, o un modo de mirar, o una manera de andar, o unos gestos peculiares, o algunas partes concretas -no las habituales- del cuerpo de esa persona que en un primer momento nos ha llamado la atención. A veces, incluso nos puede atraer el hecho de haber intuido o detectado un cierto desequilibrio psicológico o una cierta inestabilidad emocional en esa persona, lo que daría la razón a quienes suelen hablar de la atracción del abismo. También nos puede “poner” o dar “morbo” una determinada forma de vestir, o, a un nivel más íntimo y personal, la lencería o la ropa interior de nuestra posible pareja, unos zapatos de tacón o algunos uniformes. En este último caso, cada persona suele tener sus propias predilecciones por lo que se refiere a los uniformes que más le gustan, que pueden ser de bombero, de personal sanitario o de policía que nos pone una multa… y también las esposas, por protestar. O sea, que llevaba yo años y años hablando ingenua y románticamente del amor, y resulta que de lo que debería de haber hablado mucho antes es de lo que nos “pone” y lo que no.

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07 2011

Enamorado de la moda juvenil

La calor y la humedad, con ser sin duda algo molestas, no son las dos cosas que más me desagradan del verano. Lo que en el fondo más me molesta de los meses de estío es el desaliño indumentario que podemos observar en muchos de nuestros queridos conciudadanos, sobre todo por parte de aquellos señores y caballeros que, como uno mismo, empiezan a tener ya una cierta edad. A veces criticamos el modo de vestir de algunos turistas o visitantes jóvenes, sin darnos cuenta de que nuestro vecino del tercero izquierda o del segundo derecha se viste más o menos como ellos, sólo que con treinta años más y posiblemente algunos kilillos también de más. A lo largo del verano, suele ser habitual que nos topemos con alguno de esos entrañables vecinos en más de una ocasión, lo que nos ofrece la posibilidad de saber cómo no deberíamos de vestirnos nosotros nunca. En otras palabras, si no queremos acabar perdiendo el poco de dignidad que aún nos pueda quedar a cada uno de nosotros, es imprescindible no ponernos jamás esas camisetas -con o sin mangas- que resaltan aún más esa prominente barriguilla cervecera que uno se ha ido ganando a pulso año tras año, ni esos pantalones cortos que parecen sacados directamente de una película de gángsters los años setenta o de la tienda de los horrores, ni esas sandalias marrones haciendo conjunto con esos calcetines grises, aunque en ocasiones, hay que reconocerlo, resulten mejor esos calcetines que no la observación descarnada de unos pies que están reclamando a gritos una visita urgente al podólogo o, cuando menos, una buena sesión de varias horas de pedicura. ¡Qué diferencia, en cambio, con el modo de vestir de nuestra vecina del segundo derecha o del tercero izquierda! En esos casos concretos, por fortuna, lo que suele acabar primando es siempre el saber estar y la elegancia. Vestidos vaporosos, camisetas llenas de colorido, shorts de diferentes texturas, collares, pulseras y complementos muy bien seleccionados, tal vez una pequeña cadena dorada a la altura del tobillo izquierdo, y, dependiendo de la ocasión, deportivas, sandalias de tacón de aguja o distintos tipos de calzado plano, a lo que hay que añadir una depilación siempre perfecta y los pies también siempre perfectamente cuidados. O dicho de otro modo, a estas alturas de la vida, uno pide o espera ya pocas cosas, pero una irrenunciable sería la de poder observar un poco de elegancia en su vida cotidiana. La carencia de esa elegancia debería de ser casi una razón suficiente para cambiar de país o de ciudad, o, al menos, de vecindario.

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07 2011

Fumando espero

Las últimas estadísticas conocidas nos dicen que en Baleares fumamos más ahora que hace unos pocos meses, cuando entró en vigor la llamada ley antitabaco. Yo, por mi parte, sigo fumando ahora más o menos igual que antes, es decir, nada, pero no creo que este pequeño detalle personal afecte en lo esencial al resultado de dichas estadísticas. Seguramente, en ese incremento del consumo debe de haber influido la bajada de los precios de las cajetillas, pero también pienso que es muy probable que ahora fumemos más porque, por unas razones u otras, cada vez tenemos mayor estrés, cada vez estamos más y más estresados. Y desde pequeñito he oído decir que fumar relaja, aunque también es cierto que ese supuesto beneficio podemos atribuirlo a otras actividades físicas, incluida esa en la que la mayoría de ustedes seguramente está ahora pensando, que es el comer, claro. El poder de relajamiento del tabaco debe de ser, con todo, muy fuerte, porque aunque todos sabemos que fumar no es bueno para la salud, aun así seguimos fumando. Quizás sea porque como decía nuestra querida Sara Montiel en el famosísimo tango Fumando espero, fumar es no sólo un placer genial, sino además también sensual. De la letra de esta muy sugerente canción, tal vez sólo sería hoy cuestionable la parte que afirma que “mientras fumo, mi vida no consumo”, sobre todo si leemos las breves y contundentes advertencias que aparecen en todas las cajetillas de tabaco. Como todos tenemos hoy estrés, incluidos al parecer algunos bancos, quienes no fumamos intentamos superar nuestra angustia, nuestra tensión o nuestro malestar consumiendo, por ejemplo, bollería industrial en cantidades industriales, y valga la redundancia, tomando todo tipo de ansiolíticos, consumiendo alcohol sin medida o cayendo en otro tipo de adicciones igual o más perniciosas. Al igual que ocurre con el tabaco, todos sabemos que, por ejemplo, no es bueno comer un donut tras otro como quien se fuma una cajetilla, pero hay días en que uno ya no puede más, y necesita estar como drogado, aunque sea de grasas saturadas, para poder aguantar cómo le explota laboralmente su empresa, o cómo le agobia su familia, o cómo le deprimen sus amistades dándole sólo malas noticias. Como esta situación no tiene, por ahora, visos de cambiar o de mejorar, he empezado a plantearme muy seriamente el dejar de lado mi ración diaria de chocolate con leche y almendras, y empezar a fumar, aunque sólo sea para que alguien me diga al oído aquello de “Dame el humo de tu boca./ Anda, que así me vuelves loca”, o, ya puestos a soñar, “Corre, que quiero enloquecer/ de placer,/ sintiendo ese calor/ del humo embriagador,/ que acaba por prender/ la llama ardiente del amor”. Aunque cosas así me temo que sólo nos las podía decir nuestra Sarita Montiel.

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07 2011

Un recuerdo de Simon & Garfunkel

A principios de los años ochenta, mi madre estaba muy preocupada por mí, porque veía que en aquella época yo no tenía, en sentido literal, ningún amigo, nadie con quien poder hablar o con quien salir de vez en cuando a dar una vuelta. Un día, mi madre se puso en contacto con una amiga suya cuyo único hijo se encontraba en una situación personal muy parecida a la mía. Ambas pensaron que quizás sería bueno que los dos nos conociéramos para ver si de este modo podría acabar surgiendo una amistad. Así que, finalmente, un día quedamos ese joven y yo para charlar. Recuerdo que me pareció una buena persona, y recuerdo también que me llamó especialmente la atención el hecho de que a pesar de tener más o menos mi misma edad, unos veinte años, fumaba en pipa. En aquel tiempo, yo creía que sólo fumaban en pipa las personas un poco más mayores. El encuentro fue agradable, charlamos sobre diversas cuestiones, y cuando nos pusimos a hablar de música, él me dijo que su grupo favorito era Simon & Garfunkel. Curiosamente, era un grupo que en aquel momento yo aún no conocía mucho, a pesar de que ya entonces me fascinaba por completo la mayor parte de la música soul, rock, pop o folk de los años sesenta. Fue gracias a un pase en televisión de El graduado y a Radio 80 “Serie Oro” como empecé a conocer cada vez más a este popular dúo norteamericano, que con el tiempo acabó gustándome también mucho. Como es sabido, la excelente banda sonora de esa gran película de Mike Nichols es obra, al menos en parte, de Simon & Garfunkel, con canciones ya míticas como The sound of silence o Mrs. Robinson, aunque quizás la canción que más me gustaba del filme, y seguramente también del dúo, era Scarborough Fair, que más adelante supe que no era una composición suya. Si fuera posible poder vivir en el interior de una canción, como vivimos en una ciudad o en el interior de nuestra mente, quizás viviría en esa hermosísima canción, porque me provoca una agradable sensación de sosiego y de paz, de paz conmigo mismo y con el mundo, porque me arropa y me acoge como lo haría una nana, a pesar de que se trata de una triste y melancólica canción de amor, cuyos orígenes se remontan al siglo XII. Cuando se rodó El graduado, yo tenía apenas tres añitos. Pero si también fuera posible poder vivir en el interior de un año concreto, o tener, al menos, la posibilidad de viajar en el tiempo hasta regresar a él, 1967 no sería un mal año para mí. Cada vez que luego he vuelto a ver El graduado, he sentido que aquella época tenía algo de mágico, de especialmente creativo, algo que luego, muy poco tiempo después, pienso que en cierta forma se acabaría perdiendo, quizás ya para siempre. O yo al menos lo siento así. Aquella amistad que mi madre y su amiga deseaban tanto para sus respectivos hijos no llegó nunca a cuajar, pero no por culpa de aquel joven que conocí entonces, sino seguramente porque en aquel momento de mi vida no sabía aún muy bien qué era lo que quería hacer o qué camino tomar, y por eso prefería seguir estando solo. Pero aun así, siempre estaré en deuda con aquel joven que fumaba en pipa y era una buena persona, con aquel joven que me redescubrió a un gran dúo formado por dos buenos amigos, Paul Simon y Art Garfunkel.

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07 2011

Este mundo es una ruina

¿Cuánto tiempo hace que no vemos, leemos o escuchamos una buena noticia? Poco más o menos, hará una eternidad. Es abrir la televisión, la radio o el periódico, y ponerse enseguida de mal humor. Así no hay manera de disfrutar del café con leche con cruasán o del pinchito de tortilla mañanero. Es que se te atragantan. Las bolsas caen. Las primas de riesgo se disparan. Los mercados nos asfixian. Paris Hilton ha roto con su novio. A Belén Esteban le embargan un chalet por presunto delito fiscal de 300.000 euros. El gato al agua ya no se mete tanto con José Luis Rodríguez Zapatero. Paris Hilton parece haber encontrado otro nuevo novio. Telecinco e Isabel Pantoja se reconcilian. Esperanza Aguirre dice que no tiene “un p… duro”. Alfredo Pérez Rubalcaba parece ser que ya no se va a llamar así en las próximas elecciones. El bar al que voy siempre no tenía el otro día mi helado de nata y chocolate favorito. Hasta nuestras familias y nuestras amistades más cercanas parecen haberse contagiado, salvo contadas excepciones, de ese clima de pesimismo y de derrotismo general, porque últimamente son incapaces de contarnos ya algo mínimamente bueno, tranquilo, hermoso o esperanzador. Más o menos, como ocurre también hoy con la mayor parte del periodismo de opinión, las tertulias y los programas de debate. En fin, que no salimos de una, y ya estamos o nos metemos en otra. Si una noticia es mala, la otra parece ser aún peor. En nuestro país, raro es ya el mes en que, además, no vivimos un lunes o un martes “negro” a nivel económico, mientras los otros días de la semana no parecen tener tampoco mucho mejor color. Si no fuera por el Alprazolam o por el Tranquimazin, habría días en que no sé si podríamos levantarnos de la cama o recostarnos en ella. Sólo nuestros queridos famosos y famosas de toda la vida -o del último cuarto de hora- no parecen darse del todo por aludidos por esa cascada continua de malas noticias, pues, por lo que vemos, siguen con su intensísima vida cotidiana, con sus fiestas, sus viajes, sus compras, sus amores y sus desamores, y sus canapés. Pero como también es cierto que los “sablazos” son cada vez más difíciles, que las exclusivas no se pagan ya tan bien como antes y que en todos lados parece haber problemas de liquidez, no puedo sino llegar a la conclusión de que es verdad que los ricos también lloran, aunque también sea verdad que las penas con pan son menos. Sea como sea, ese mundo de glamour sigue siendo, aún hoy, muy diferente al nuestro real de cada día. Porque el mundo en el que vivimos la mayor parte de nosotros, parece ser hoy una completa ruina. Tanto, que hay días en que uno quizás sólo desearía poder gritar: “Por favor, paren el mundo, que yo me bajo”.

12

07 2011

En el minuto 116

Hace justo un año, nuestro país enloqueció, pero por una vez fue de alegría, y de complicidad -tan extraña en nosotros-, y de emoción. Por primera vez en nuestra historia, habíamos ganado un Mundial de fútbol. En realidad, por primera vez habíamos pasado también de cuartos de final y de semifinales, algo que parecía que nunca íbamos a llegar a vivir, o no al menos las personas de mi generación, salvo que llegásemos a centenarias o a bicentenarias. Pero lo vivimos. Como también vivimos ese merecido triunfo en esa histórica final. Era el 11 de julio de 2010. Nos encontrábamos ya en el minuto 116 del partido contra Holanda y parecía que tendríamos que llegar a los penaltis… pero no fue así, porque Cesc dio entonces un pase perfecto a Andrés Iniesta, al gran Andrés Iniesta, y éste, con un magnífico remate, marcó el uno a cero y nos llevó a la gloria. Y no sólo a la gloria, sino que también acabó, al mismo tiempo, con décadas y décadas de fatalidades, de frustraciones y de tristezas. De hecho, en el Mundial de Sudáfrica habíamos empezado también como casi siempre, con una decepción, perdiendo ante Suiza, pero desde ese instante ya no hubo más desilusiones. A partir de ese momento, la diosa fortuna, que tan esquiva nos había sido siempre, o al menos en los mundiales de fútbol, se alió con España. Quizás, o sobre todo, porque se enamoró de nosotros, del precioso y elegante juego de nuestra selección. Porque hay que reconocer que hasta llegar a ese minuto 116, nos habían pasado antes varias cosas favorables que casi nunca nos solían pasar. En la misma final, Íker Casillas había estado inmenso en un uno contra uno previo con Robben, evitando con un gran despeje con la pierna el cero a uno. Previamente, en las semifinales con Alemania, Iniesta forzó un córner y Xavi lo sacó como sólo él sabe hacerlo, para un Carles Puyol que se encontraba aún fuera del área pequeña cuando el balón empezó a volar, por eso nadie le estaba marcando cuando materializó de cabeza un gol imparable. Pero previamente aún, en cuartos, ante Paraguay, Casillas había parado un penalti a Cardoso, con el marcador cero a cero, y Villa consiguió luego el gol del triunfo tras haber golpeado el balón en los dos palos, después de otro palo previo de Pedrito, que a su vez había recibido el balón de un Iniesta que por suerte no se había dejado caer. Todas estas cosas antes nunca nos pasaban, pero esta vez sí nos pasaron. Por eso, recordaremos siempre esas extrañas conjunciones astrales, como recordaremos también siempre las retransmisiones de Paco González y de José Antonio Camacho para Telecinco, y el beso de Íker a Sara Carbonero, y la felicidad de Vicente del Bosque, de los jugadores, de millones de compatriotas y también de otros millones de personas en todo el mundo, que igualmente iban con nuestra selección, porque les parecía que era la que mejor estaba jugando, de manera más bella, más noble y más alegre. Y era verdad. Hace justo un año, en el minuto 116 de la final de Sudáfrica, nuestro país enloqueció. Por una vez, la diosa fortuna estuvo a nuestro lado. Por una vez, se enamoró perdidamente de nosotros. Por una vez, pudo más el amor.

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07 2011