Enamorados del amor

Una de las películas españolas de la que guardo más buen recuerdo es Los peores años de nuestra vida, dirigida por Emilio Martínez-Lázaro y escrita por David Trueba, un tándem perfecto que da como resultado una maravillosa comedia agridulce, con un innegable toque ‘woodyallenesco’ en el tratamiento de algunos personajes y situaciones, así como en su elegante y sutil enfoque irónico. En este sentido, resulta prácticamente imposible no identificarse o no enamorarse de su protagonista principal, Alberto (Gabino Diego), un melancólico y enamoradizo veinteañero que sueña con llegar a ser algún día un gran novelista. Mientras ese momento llega, le vemos sufrir una vez tras otra, en mayor o menor medida, por culpa del amor y de sus insondables misterios, lo que le lleva a plantearse algunas preguntas existenciales decisivas y esenciales, como por ejemplo ésta: “Me gustaría saber qué es exactamente lo que buscan las mujeres”. El origen de casi todos los males afectivos de Alberto parece remontarse nada menos que a su infancia, para que luego haya quien aún ponga en duda la gran perspicacia del maestro Sigmund Freud. “Me gustaría poder borrar de la historia de mi vida la primera vez que me enamoré, porque ahí se jodió todo”, afirma Alberto al inicio de la película. Aun así, a lo largo de prácticamente todo el filme, nuestro joven protagonista competirá con su hermano Roberto (Jorge Sanz) por intentar conseguir el amor de María (Ariadna Gil), sin que resulte muy aventurado ya desde el principio intuir quién será finalmente el que consiga arrebatar por completo el corazón de la joven e irse con ella a París, y quién se quedará solo en un melancólico y acogedor Madrid. Cuando en un momento determinado María le reprocha a Alberto su romanticismo empedernido, que considera casi infantil, Alberto se enfada, porque no acaba de entender qué es lo que en realidad se espera de él: “No es culpa mía. Primero me hacen ver un montón de películas y leer todas esas novelas donde el amor es algo maravilloso. Y luego resulta que soy un gilipollas si de verdad creo en ello. ¡Joder! ¿En qué quedamos? Si la vida era una mierda, habérmelo dicho cuando era pequeño”. Pero en el fondo Alberto no cree de verdad que la vida sea “eso”, del mismo modo que, pese a todo, es muy consciente de todo lo bueno que el amor puede aportar a nuestra vida, haciéndola más plena y mejor, dándole un sentido y una razón más -acaso la más importante- para amarla, aunque en última instancia a veces parezca que de lo que en realidad estamos casi todos enamorados es sobre todo del mismo amor. Al final de la película, Alberto nos contará, con su encantador y tierno humor, que últimamente ha decidido ver la vida desde el lado bueno: “He leído en alguna parte que por cada hombre sobre la tierra existen tres mujeres y media…, así que por ahí debe haber algún cabrón pasándoselo de miedo con siete”. Estar enamorados, aunque sea solo del amor, nos hace soñar, y sonreír, y vivir, así que aunque suframos un poco, en el fondo todos sabemos que los años en que el amor llega a nuestro corazón no son los peores sino los mejores de nuestra vida.

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02

06 2011

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