Archivo de junio, 2011

El amor de su vida… infantil

Se conocieron en la guardería, el primer día de clase, y enseguida se cayeron bien. Él era un poco más mayor que ella, pues tenía tres años y ocho meses de edad, mientras que ella sólo tenía tres años y un mes, pero entonces a ambos no parecía importarles demasiado su significativa diferencia de edad. En clase se sentaban siempre juntos, y estaban también siempre juntos en el recreo. Hablaban siempre de sus cosas, por ejemplo de los pañales más absorbentes o de la calidad de las distintas marcas de potitos. Los días en que todo el grupo de Preescolar de su colegio iba a visitar algún museo o alguna institución, los dos iban siempre cogiditos de la mano. Nunca se perdieron. En clase, lo compartían todo, el estuche, la goma de borrar Milán, las pinturetas Alpino, las ceras de colores… A veces, hasta pintaban a cuatro manos algunos de los dibujos de sus respectivos pequeños cuadernos infantiles. Además, ella le hacía a él de vez en cuando pequeños retratos personales, que tenían un cierto aire de la llamada etapa cubista de Picasso, mientras que él le escribía algún que otro verso, que podríamos encuadrar, sin muchas dificultades, dentro del movimiento dadaísta o surrealista. Muy a menudo, compartían también la merienda. Ella comía mucho más sano que él, con bocadillos de pan integral, quesos o embutidos bajos en calorías, cereales reforzados con vitaminas, zumos cien por cien naturales y un poco de fruta. Él, por su parte, comía esencialmente donuts, bollycaos, palmeras de chocolate y todo tipo de pasteles. Pero aun así, no tenía ni sobrepeso ni problemas de artrosis ni colesterol, que aparecerían muchísimo tiempo después, en concreto, en el último año de Educación Infantil, justo antes de empezar Primaria. Ella iba siempre muy elegante, con lacitos y calcetinitos siempre a juego con sus hermosos vestidos. Él, por su parte, solía ir muy moderno, con camisetas sin mangas y vaqueros raídos, aunque aún no se teñía el pelo ni tampoco se hacía crestas. A partir del segundo semestre de aquel curso, empezaron a irse distanciando poco a poco, sin en el fondo saber muy bien por qué. Quizás la rutina, el día a día, los muchos deberes o el simple paso del tiempo, contribuyeron a enfriar su precioso mutuo afecto personal. La situación llegó a deteriorarse hasta tal punto, que unas semanas antes del final de las clases ya no estaban de acuerdo en casi nada, ni siquiera en las películas o en los dibujos animados que solían mirar con mayor frecuencia. Él prefería ver Bob esponja y ella Los pingüinos de Madagascar. A él le gustaba más la saga de Toy Story y a ella la de Shrek.  En su tiempo libre, ella prefería salir y pasear, sobre todo en el cochecito de bebé, y él prefería estar en casa, durmiendo o viendo la televisión. Antes del inicio del segundo curso, ella cambió de colegio y no volvieron a verse ya nunca más. No fue hasta mucho tiempo después cuando ella y él se dieron cuenta de que con apenas tres años habían vivido ya el amor de su vida, al menos de su vida infantil, pero entonces, ay, aún no lo sabían.

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06 2011

Añoranza de la ‘femme fatale’

Gracias al cine, descubrimos que una de las profesiones más entretenidas que podía haber en la vida, al menos en Estados Unidos, era la de detective privado, porque a pesar de algún que otro pequeño sobresalto o de algún que otro moratón o rasguño, no había un solo caso en que uno de esos solitarios y taciturnos detectives no conociera a alguna mujer realmente fascinante y misteriosa, que, normalmente también, solía tener lo que aún hoy solemos denominar como un turbio y muy oscuro pasado. Desde entonces, creo que siempre deseé conocer a una auténtica  femme fatale, a una “mujer fatal” fatal de verdad, como las que empezaron a aparecer en las películas norteamericanas de serie B de los años treinta y cuarenta, o como las que siguieron apareciendo, aunque ya en mucha menor medida, en las producciones de Hollywood de décadas posteriores. Y si entonces era posible encontrar mujeres fatales en el cine, al parecer era también posible poder encontrarlas fuera de la gran pantalla, en el momento más imprevisto o en el lugar más insospechado de cualquier gran ciudad. Como en realidad nunca he sido de mucho salir -aunque en realidad nunca he sido de mucho nada-, no podría decir si ahora hay más o menos mujeres fatales que antes, pero me atrevería a decir que es muy posible que, por desgracia, hoy haya muchísimas menos que en otras épocas, para empezar por culpa de las continuas restricciones en el consumo del tabaco. Una auténtica femme fatale siempre fumaba, sobre todo, ay, en los espacios públicos, por lo que conseguía seducirnos por completo o arrastrarnos directamente hacia la perdición más absoluta y total simplemente en el breve lapso de tiempo que transcurría entre una suave calada y la posterior formación de una voluta de humo. Una auténtica femme fatale solía tener, además, un carácter extremadamente reservado, poco dado a hablar de sí misma o de su vida actual o anterior. No obstante, en su mirada casi siempre era posible vislumbrar pasiones y lascivias más o menos ocultas, propias de las almas más enigmáticas y atormentadas. A veces, una femme fatale podía parecer extremadamente despreocupada y alegre, es cierto, pero esa aparente felicidad solía ser muy a menudo una máscara con la que esconder su tristeza, su melancolía o su soledad. Por lo que respecta a su forma de vestir, ¡ah, su forma de vestir!, no podemos sino decir que era siempre de una extrema y maravillosa elegancia y sensualidad. Vestidos preciosos, ajustados y sugerentes, junto con las mejores joyas y los mejores complementos: guantes, foulards, medias de seda, zapatos de tacón de aguja, y, quizás, una pulsera dorada en uno de sus hermosos y finos tobillos, tan hermosos y finos como sus manos o sus pies. Y los labios siempe rojos, por supuesto, incluso en las películas en blanco y negro. Las mujeres fatales podían ser crueles, rencorosas o malas malísimas, es cierto, pero también las había nobles, románticas y de buen corazón. Nada de ese mundo parece existir hoy ya, ni en el cine ni en nuestra más o menos convencional vida cotidiana. Ahora, aparte de la crisis, casi todo lo que podemos ver o bien es aburrido o bien es superficial, así que uno no puede sino sentir añoranza de cuando, aunque fuera sólo trabajando de detective privado, se podía conocer a una auténtica, fascinante y misteriosa, femme fatale.

27

06 2011

La máquina infernal de Emaya

Desde hace ya un tiempo, Emaya cuenta con lo que podríamos denominar, sin exagerar lo más mínimo, como una auténtica máquina infernal, pensada para llevar a cabo al menos una parte de su labor de limpieza, en concreto, la de retirada de hojas y papeles del suelo. Se trata de una máquina que en su diseño nos recuerda a las sierras eléctricas que se han hecho muy populares gracias a películas de terror como La matanza de Texas, Viernes 13 y todas sus posteriores y sangrientas secuelas. Si en dichas películas las sierras eléctricas destrozaban los cuerpos de las víctimas, la máquina infernal de Emaya también lleva a cabo una labor de destrucción muy similar, en este caso la de nuestros propios nervios, no sólo de lunes a viernes, sino ahora también los sábados, para nuestra desgracia y nuestra desolación más absoluta. Estoy seguro de que si los controladores medioambientales de Emaya o la Policía Verde hicieran hoy mismo una medición de los niveles de ruido que alcanzan dichas máquinas cuando están en funcionamiento, Emaya acabaría denunciando a Emaya por alteración grave de la tranquilidad de los ciudadanos. Pero dudo de que ese tipo de mediciones se lleguen a hacer alguna vez, porque, salvo contadas excepciones, a casi ningún político parece preocuparle lo más mínimo cuánto podemos llegar a sufrir los ciudadanos o si existe algún remedio para hacer desaparecer ese sufrimiento. Nunca nos hemos quejado de los camiones que cada noche recogen la basura, porque siempre hemos sido conscientes de que, dadas sus características técnicas, tenían que hacer algo de ruido. En cambio, me pregunto de quién fue idea que las citadas máquinas infernales que nos destrozan la vida cada mañana sustituyeran a los tradicionales barrenderos, hoy denominados operarios de limpieza, que tanto con una denominación como con otra siempre demostraron ser muy trabajadores, eficientes y, además, extremadamente silenciosos. ¡Cómo les echo de menos! Estoy completamente de acuerdo con Matías Vallés cuando, en un reciente artículo, consideraba como prioritario e indispensable que Palma llegase a contar con un teniente de alcalde de Silencio, o cuando señalaba que el “único objetivo” del nuevo alcalde, el popular Mateo Isern, debería de ser “lograr una Palma silenciosa y limpia”. Espero que, por el bien de todos, finalmente lo consiga, aunque todos sabemos que desde hace años este país está enfermo de ruido, profundamente enfermo. Y además, a nadie parece importarle nadie en este sentido. Nuestro día a día está conformado por vecinos que ponen la televisión o la radio a todo volumen, sea a la hora que sea, por conductores que siempre que pueden nos demuestran la gran potencia de su equipo de música, o por aficionados a poner en marcha improvisadas y ruidosas fiestas justo en medio de la calle, por supuesto siempre la nuestra, nunca la suya. En nuestro país, incluso cuando se organiza una protesta, sea por la razón que sea, nunca es silenciosa. Cuánto más ruido, mejor, parecen pensar siempre sus organizadores. Casi nunca vemos ya en casi nadie el más mínimo rastro de civismo. Así que cuando no nos encontramos con una cacerolada nos encontramos con una concentración con silbatos, bocinas e incluso algunas vuvuzelas. Más que protestar movidos por una determinada causa o razón, lo único que de verdad parece preocupar a buena parte de quienes protestan es molestar y fastidiar lo máximo posible, sin pensar nunca en nuestros pobres tímpanos ni en nuestro frágil equilibrio anímico o psicológico. A veces tengo la triste sensación de que, gobierne quien gobierne, quienes acabamos sufriendo o quedándonos sordos somos siempre los mismos.

21

06 2011

La libertad de todos

El movimiento del 15-M, también denominado de los ‘indignados’, fue desde el momento mismo de su creación muy heterogéneo, si bien las distintas sensibilidades que lo integraban parecían tener, al menos en sus orígenes, el mínimo común denominador de una crítica a las carencias de nuestra democracia y al funcionamiento actual de los partidos políticos, sobre todo en estos momentos de grave crisis económica. Esa fue la idea que impulsó las distintas acampadas habidas en las principales plazas de nuestro país, con las que se podrá o no estar de acuerdo, como se podrá o no estar de acuerdo con algunas de las propuestas iniciales de este movimiento, pero lo que nadie podrá negar es que las primeras iniciativas fueron, tal y como defendieron sus promotores, efectivamente pacíficas. Sin embargo, conforme han ido pasando las semanas, una parte de los ‘indignados’, hasta ahora mínima, ha empezado a protagonizar episodios violentos, que por ahora han culminado con los incidentes vividos hoy en las inmediaciones del Parlament de Catalunya, más propios de grupos anti-sistema o de la kale borroka que no del espíritu inicial del 15-M. Lo que todos hemos podido ver u oír hoy a través de las imágenes de televisión ha sido cómo a nuestros legítimos representantes democráticos, así como a funcionarios y a periodistas, se les acosaba, se les intimidaba, se les impedía el paso, se les empujaba, se les insultaba, se les golpeaba, se les pintaba con spray, se les amenazaba de muerte, y se les lanzaban piedras y botellas. Incluso se ha intentado robar el perro guía a un diputado invidente. ¿Es así como estos ‘indignados’ creen que se mejora una democracia? Yo más bien pienso que es todo lo contrario, que es así como actúan siempre quienes intentan acabar con ella. Nunca ha habido una democracia perfecta, ni en España ni en ningún otro país, y nunca la habrá. Lo que sí puede haber, y de hecho ha habido en los últimos veinticinco siglos, son avances y mejoras, junto con algunos trágicos e indeseables retrocesos. Lo que hemos visto hoy quiero creer que es rechazado radicalmente por los verdaderos ‘indignados’, porque es la imagen misma del terror, de la barbarie, una imagen que nos recuerda o nos retrotrae a la violencia callejera que practicaban los nazis, los fascistas o los estalinistas. Hay muchas cosas que mejorar en nuestra democracia, empezando por la lucha contra la corrupción. Y si hay abusos en determinadas decisiones políticas se deben denunciar, incluyendo una posible actuación desproporcionada de las fuerzas del orden en un momento dado. Pero la “verdadera” democracia sólo puede hacerse y mejorarse entre todos, partiendo del respeto básico y previo a las personas y a la ley, sin que nadie se crea que es el único que está en posesión de la verdad o quiera imponernos, por las buenas o por las malas, su modelo de “democracia” a los demás. Dicho esto, este es, históricamente, un país de indignados. Desde ciertas columnas y medios de comunicación, se lleva inoculando el odio y la total falta de respeto hacia quien no piensa igual desde hace ya muchos años. Curiosamente, quienes han hecho de ese odio y del insulto su seña de identidad, se rasgan ahora farisaicamente las vestiduras ante un ambiente emponzoñado que, al menos en parte, han contribuido a crear. Es deber de todos intentar mejorar nuestra democracia, pero sin que ello suponga vulnerar ni uno solo de nuestros derechos como personas y como ciudadanos. A mí, quienes nunca me representan y nunca me representarán son aquellos que, traicionando el mismo movimiento del que dicen formar parte o el espíritu de lo que debería de ser el periodismo, quieren acabar con la libertad de todos, con nuestra propia libertad.

15

06 2011

La luz de Jorge Berlanga

En cierta ocasión, la gran pensadora María Zambrano escribió que leer al maestro José Ortega y Gasset “daba ganas de vivir”. Esa valoración tan ajustada y certera la hice mía desde la primera vez que la leí, y desde entonces me ha gustado utilizarla para referirme también a todos aquellos filósofos, escritores o periodistas que han sido capaces de provocar siempre esa misma maravillosa sensación en sus lectores. Jorge Berlanga era, para mí, uno de esos pocos seres escogidos por los dioses que, con sus palabras y sus reflexiones, hacen nuestra vida más agradable, más plena y mejor. En sus textos y en su trato con los demás, Jorge Berlanga irradiaba siempre esa luz que solo poseen muy pocas personas, una luz hecha a un tiempo de bondad, de inteligencia, de elegancia y de amor a la vida. La mirada del autor de Un hombre en apuros, la odisea de un caballero moderno sobre las diferentes cosas que pasan o han ido pasando en nuestro país, era una mirada limpia, a veces algo descreída, pero siempre compasiva hacia los seres más desvalidos o más indefensos de nuestra sociedad. Desde sus inicios como columnista y escritor, había creado para nosotros un personaje literario inconfundible y entrañable, el de un dandi solitario, amante de la noche de Madrid y de su melancólico amanecer, sin suerte con las mujeres, especialmente fascinado por las femmes fatales, al que además los amigos daban algún que otro “sablazo” de vez en cuando, un ser que aceptaba cada una de sus derrotas sucesivas sin perder nunca la compostura, ni la educación, ni esa finísima y brillante ironía británica que le caracterizaba. Jorge Berlanga sabía, como saben los grandes maestros, como sabían también su padre Luis García Berlanga o su hermano Carlos, que solo hay dos o tres cosas sobre las que no hay que reírse nunca: el sufrimiento de los demás, el desamparo de los más débiles y la soledad de quienes no tienen a nadie que les pueda ayudar o acoger. De todo lo demás, en cambio, se puede y se debería de poder hablar o escribir siempre con una sonrisa en los labios. Empecé a leer a Jorge Berlanga en ABC y seguí leyéndole en La Razón. Aún recuerdo aquellas contraportadas en que en ocasiones coincidían Cecilia García y Jorge Berlanga. Qué delicia. Sólo con ver que ese día había un artículo de ambos, ya resultaba suficiente para alegrarme y ponerme de buen humor durante toda la jornada. Ya nunca más podrán repetirse páginas como aquellas. “El mundo en el que vivo es peor desde que ayer Jorge lo abandonó a los 52 años”, ha escrito hoy en El País Marcos Giralt Torrente. Así lo siento hoy también yo. “En los años largos de la transición democrática, la expresión más célebre en la España que amanecía era ‘De Madrid al cielo’. Despacio, sin prisas, como era él, Jorge empezó ayer a recorrer ese camino”, ha escrito, por su parte, Carmen de Carlos en ABC. Estoy seguro de que es así. Es solo que todos los que le quisimos y le admiramos sentimos hoy una profunda pena, porque el cielo, tristemente para nosotros, esta vez no pudo esperar.

10

06 2011

Los peligros de la pasión

Gracias a la filosofía, al cine y a la literatura, y en ocasiones gracias también a Sálvame Deluxe, ¿Dónde estás, corazón? o incluso a las páginas de las distintas secciones de los periódicos, hemos sido conscientes en mayor o menor medida de los peligros ciertos que conllevan algunas pasiones sexuales o amorosas cuando son llevadas o vividas prácticamente al límite. Sin embargo, hasta ahora parecía faltarnos una base científica sobre la que poder fundamentar esa idea. Por fortuna, desde hace unos pocos meses contamos con el riguroso estudio A detailed look at sex injuries, en el que se nos habla, desde una perspectiva que podríamos considerar como más o menos inédita, de algunos de esos peligros ligados de manera directa a nuestra vida afectiva y sentimental, en concreto, de los relacionados con los posibles daños materiales y lesiones físicas que puede llegar a provocarnos el frenesí amoroso cuando se encuentra más o menos fuera de control, que, por otra parte y valga la redundancia, suele ser, me temo, lo más habitual. Según dicho estudio, los objetos que pueden resultar más dañados durante una noche de pasión y de lujuria son la base de la cama -algo sin duda previsible-, así como también botellas, vasos de vino y tazas de té -nada se dice, en cambio, del café-, además de marcos de fotografías, cajones de las mesitas de noche, floreros, sillas, paredes, puertas y ventanas. Así que en algunas habitaciones, si no se va con un poco de cuidado, una noche de lascivia puede llegar a ser lo más parecido al paso de un huracán o de un ciclón. En el citado estudio, muy completo y detallado por lo demás, se enumeran también los diez lugares que, en principio, serían los más peligrosos para intentar hacer el amor, citándose, por este orden, el sofá, las escaleras, el coche, la ducha, la cama, una silla, la mesa de la cocina, el jardín, el baño y el armario, que es casi tanto como poner seriamente en entredicho la viabilidad de la mayor parte de nuestras posibles fantasías eróticas y sexuales, aunque también es cierto que no se habla, por ejemplo, ni del suelo, ni del cuarto trastero, ni de la lavadora, ni de los ascensores, ni de otros lugares más o menos públicos. En cuanto a las posibles lesiones físicas que podemos sufrir en los momentos de mayor arrebato y ardor, la lista del estudio incluye esguinces de tobillo, torceduras en muñecas y rodillas, magulladuras en los hombros y en los codos, lesiones en los dedos, problemas musculares, molestias lumbares, tortícolis y quemaduras. El estudio nos dice que cada día en el mundo 240 millones de personas hacen el amor, y que al menos un tercio de ellas puede sufrir algún tipo de lesión por este motivo a lo largo del año. Si pensamos que ese impresionante balance de daños y de lesiones de todo tipo puede presentarse tras una sesión de sexo que podríamos considerar como perfectamente normal y tradicional, habrá quienes a partir de ahora reivindiquen como más seguro, con razón, el mundo del fetichismo, el parcialismo, el cuero negro, las ataduras, el sadomasoquismo, los tacones de aguja y el bondage.

04

06 2011

Enamorados del amor

Una de las películas españolas de la que guardo más buen recuerdo es Los peores años de nuestra vida, dirigida por Emilio Martínez-Lázaro y escrita por David Trueba, un tándem perfecto que da como resultado una maravillosa comedia agridulce, con un innegable toque ‘woodyallenesco’ en el tratamiento de algunos personajes y situaciones, así como en su elegante y sutil enfoque irónico. En este sentido, resulta prácticamente imposible no identificarse o no enamorarse de su protagonista principal, Alberto (Gabino Diego), un melancólico y enamoradizo veinteañero que sueña con llegar a ser algún día un gran novelista. Mientras ese momento llega, le vemos sufrir una vez tras otra, en mayor o menor medida, por culpa del amor y de sus insondables misterios, lo que le lleva a plantearse algunas preguntas existenciales decisivas y esenciales, como por ejemplo ésta: “Me gustaría saber qué es exactamente lo que buscan las mujeres”. El origen de casi todos los males afectivos de Alberto parece remontarse nada menos que a su infancia, para que luego haya quien aún ponga en duda la gran perspicacia del maestro Sigmund Freud. “Me gustaría poder borrar de la historia de mi vida la primera vez que me enamoré, porque ahí se jodió todo”, afirma Alberto al inicio de la película. Aun así, a lo largo de prácticamente todo el filme, nuestro joven protagonista competirá con su hermano Roberto (Jorge Sanz) por intentar conseguir el amor de María (Ariadna Gil), sin que resulte muy aventurado ya desde el principio intuir quién será finalmente el que consiga arrebatar por completo el corazón de la joven e irse con ella a París, y quién se quedará solo en un melancólico y acogedor Madrid. Cuando en un momento determinado María le reprocha a Alberto su romanticismo empedernido, que considera casi infantil, Alberto se enfada, porque no acaba de entender qué es lo que en realidad se espera de él: “No es culpa mía. Primero me hacen ver un montón de películas y leer todas esas novelas donde el amor es algo maravilloso. Y luego resulta que soy un gilipollas si de verdad creo en ello. ¡Joder! ¿En qué quedamos? Si la vida era una mierda, habérmelo dicho cuando era pequeño”. Pero en el fondo Alberto no cree de verdad que la vida sea “eso”, del mismo modo que, pese a todo, es muy consciente de todo lo bueno que el amor puede aportar a nuestra vida, haciéndola más plena y mejor, dándole un sentido y una razón más -acaso la más importante- para amarla, aunque en última instancia a veces parezca que de lo que en realidad estamos casi todos enamorados es sobre todo del mismo amor. Al final de la película, Alberto nos contará, con su encantador y tierno humor, que últimamente ha decidido ver la vida desde el lado bueno: “He leído en alguna parte que por cada hombre sobre la tierra existen tres mujeres y media…, así que por ahí debe haber algún cabrón pasándoselo de miedo con siete”. Estar enamorados, aunque sea solo del amor, nos hace soñar, y sonreír, y vivir, así que aunque suframos un poco, en el fondo todos sabemos que los años en que el amor llega a nuestro corazón no son los peores sino los mejores de nuestra vida.

02

06 2011