Los días de la infancia

Esta mañana leí un precioso artículo de Juan Manuel de Prada, Nieve, en el que, tomando como hilo conductor una nevada contemplada desde su cuarto hace unos pocos meses, De Prada nos habla de las claudicaciones de la edad adulta frente a la sensación de libertad casi plena que pudimos sentir, al menos en algún momento, en los lejanos días de la infancia. “Hubo un tiempo en que el mundo no estuvo regido por rutinas, sino por la brisa impremeditada del milagro; hubo un tiempo en que cada mañana era una tierra incógnita que había que descubrir y conquistar, un ameno prado donde podíamos retozar, desentendidos de las triviales congojas y apresuramientos que ahora envilecen nuestros días”, afirma el autor de Las máscaras del héroe en dicho artículo, en el que reconoce, con gran pesar, que normalmente ese tiempo de la niñez “yace sepultado por la hojarasca de las plurales claudicaciones de la edad adulta”. Ello no impide que quienes ahora mismo somos más o menos adultos sepamos, con una “íntima” y “amarga” certeza, que aquella vida “abierta al deslumbramiento y la perplejidad” era una existencia “más plena y enaltecedora” que la vida que ahora “sobrellevamos resignadamente”, engañándonos y consolándonos día tras día “pensando que es la única vida posible”. En la infancia, aun en el caso de que no haya sido especialmente dichosa o feliz, suele haber siempre, como mínimo, un pequeño ramillete de momentos hermosos o emocionantes que la mayor parte de nosotros ha podido compartir. Los primeros conocimientos aprendidos en la escuela, la hora del recreo, las ganas imparables de correr y correr, o de dormir y dormir, los primeros amigos, tal vez el primer amor, la vuelta a casa, la alegría del almuerzo o de la merienda, la lectura de un tebeo o de un libro, los juegos, quizás el inicio de la pasión por el fútbol, la contemplación de los vencejos, la ilusión de pensar en un programa que veremos en la televisión o de una película que se ha estrenado en el cine, esperar la llegada del verano, de las vacaciones, creer que algunos de nuestros sueños podrán hacerse realidad cuando seamos un poco más mayores o lleguemos a la edad adulta, la sensación irrepetible de que muchas cosas o muchas emociones nos pasan o las experimentamos por vez primera, cosas o emociones cuyo recuerdo en ocasiones nos acompañará durante el resto de nuestra vida, aunque en aquellos momentos de la infancia aún no seamos conscientes de ello. El mundo cotidiano y actual de Juan Manuel de Prada, el nuestro propio, el de cada uno de nosotros, es muy posible que hoy sea esencialmente “angosto” y “previsible”, pero, por fortuna, ese mundo convive cada día, gracias a quienes ahora son niños, con otro mundo “de incesante novedad y algarabía”, con un mundo regido “por la impremeditada brisa del milagro”, con un mundo “dispuesto a dejarse descubrir y conquistar”, un mundo que tal vez sea el único al que, de ser posible, desearíamos en algún momento poder regresar.

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05 2011

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  1. Ana #
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    Qué bonitos los duendes de hoy Pep! Me he sentido tan identificada con los recuerdos de la infancia que has comentado! Como estás? Supongo que el brazo ya está recuperado no? Espero que todo vaya lo mejor posible.Un fuerte abrazo.