La estela que dejamos

Suele decirse, con razón, que hay personas que dejan o que han dejado huella en la historia de la humanidad, queriéndose decir con ello que se trata de personas cuya vida o cuya obra ha tenido en el pasado o sigue teniendo aún hoy una gran influencia en la mayor parte de nosotros. Esas personas pueden haberse dedicado a la política, a la ciencia, a la religión o al arte, pero lo que permite valorarlas en igual medida o incluso equipararlas en cierto modo es el hecho de que sus decisiones, sus actuaciones, sus creencias o sus obras han sido innovadoras, válidas o determinantes no sólo para sus coetáneos sino también para las sucesivas generaciones posteriores, hasta llegar a nuestros días. Por ello, la huella o la impronta que esos grandes hombres o esas grandes mujeres han dejado en el mundo suele ser calificada casi siempre como imborrable o como imperecedera. Quienes no formamos parte ni seguramente perteneceremos nunca a ninguno de esos dos grandes grupos, creo que, no obstante, también tenemos la capacidad, a otro nivel, de poder dejar nuestra propia huella en este mundo, en primer lugar gracias al amor, al hecho mismo de amar y de haber sido a su vez igualmente amados. En otro sentido, también podemos dejar nuestra propia huella a través de los hijos -en caso de tenerlos- o de las personas que hemos conocido o tratado, o bien gracias a las personas que de algún modo hayamos podido ayudar o que hayan tenido conocimiento de nuestro trabajo o de nuestra labor. Aun así, debo de reconocer que, salvo quizás en el caso del amor, más que hablar de la “huella” que dejaremos o que podríamos llegar a dejar, deberíamos de hablar tal vez de la “estela” que dejaremos, a modo de equivalencia más o menos literaria o metafórica con ese rastro de espuma o de combustible que dejan un barco en el mar o un avión en el cielo, normalmente por muy pocos segundos. Casi siempre demasiado pocos. De ahí surja quizás, al menos en parte, esa melancolía que nos es común y que compartimos muchos seres humanos, que también puede suscitar el hecho o la evidencia de que nunca llegamos a ser por completo la persona que quizás podríamos haber llegado a ser finalmente, y no sólo por las circunstancias, sino también porque en la mayor parte de los casos siempre acaba quedando en el aire la posibilidad de poder haber vivido un día más, de haber podido conocer otra ciudad, o de haber leído otro libro, o contemplado otro amanecer, o soñado otro sueño. Para ayudar a paliar un poco esa profunda y casi inherente melancolía vital, qué hermoso resulta creer o pensar que la frágil estela que dejamos se acaba convirtiendo alguna vez en huella, y que no siempre se acaba perdiendo, para siempre, en el tiempo.

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07

05 2011

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  1. Natura #
    1

    Crec que tothom de qualque manera deixa la seva empremta a n´aquesta vida,des de el més humil al més savi……..En el teu cas crec que amb els teus escrits ja la deixes.Salutacions

  2. Alicia Jane #
    2

    Melancólico…bonito y sincero..
    Es una época de profundo “dejar ir” y de valorar y agradecer que lo tubimos, y lo que somos..
    Un abrazo.