Archivo de mayo, 2011

José Ramón I, El Austero

El bueno de José Ramón Bauzá no ha empezado aún su “reinado” en Balears, pero viendo su buen hacer en estos últimos meses al frente del PP de las Islas, y conociendo también sus razonables promesas electorales y su recién presentado compromiso por la transparencia, no creo que sea excesivamente aventurado afirmar ya ahora que, muy posiblemente, pasará a la historia política de nuestra Comunidad como José Ramón I, El Austero. Sin ir más lejos, en la Junta Directiva Regional celebrada el pasado viernes, Bauzá reiteró de nuevo que la austeridad presidirá su acción de gobierno y la de todos los nuevos altos cargos de su partido, que antes de nada deberán firmar un documento que recoge los doce compromisos concretos que están obligados a cumplir. Para empezar, nada de recibir regalos, que luego pasa lo que pasa, que cualquiera te hace un traje. O dos. O tres. Nada de nada tampoco ni de tarjetas de crédito ni de usar de un modo indebido el teléfono móvil, por ejemplo con mensajes sms de carácter político-conspirativo o de tipo amoroso-sentimental. Más difícil de cumplir parece, al menos en principio, el compromiso relativo a viajes, dietas y alojamientos, aunque con un poquito de buena voluntad, casi todo acaba resultando casi siempre más o menos posible, como por ejemplo viajar siempre en clase turista o, incluso, directamente no viajar, salvo que sea estrictamente necesario. Me imagino, por ejemplo, a José Ramón diciéndole a nuesto querido presidente, José Luis Rodríguez Zapatero, tras ser invitado a acudir a La Moncloa: “Si no es por no ir, es que si le digo a usted que sí, le tengo que decir que sí a todo el mundo. Si hay que ir porque la situación así lo exija, se va. Valórelo usted mismo. Respeto, el máximo. Si hay que ir se va, ya le digo, pero ir pa na es tontería”. En cuanto al límite máximo fijado de 35 euros por comida oficial, ya veo a nuestros queridos consellers conselleres tomando únicamente, a modo de pequeño tentempié, un bocadillo de mortadela o de calamares, y una cañita. O un almuerzo de menú, con el alto cargo popular diciéndole muy amablemente al camarero: “¿Le sabe mal envolvernos lo que ha sobrado? Es que por la tarde tenemos una reunión en la Conselleria, y así ya no tendremos que gastar nada en la merienda”. Y si no, me imagino a cada alto cargo portando su propio Tupperware. Por no hablar del coche oficial, que quedará prácticamente desterrado. A partir de ahora, casi todos tendrán que ir en el autobús de San Fernando, ya saben, unos a pie y otros andando. O en bicicleta, como hacía la ex consellera verde Margalida Rosselló. O con el entrañable Renault 5 de Catalina Cirer, recorriendo junto con María Salom los distintos pueblos de Mallorca. Y a la hora de alojarse en los hoteles, nada de habitaciones individuales, sino siempre dobles, para ahorrar y para estar juntos. Juntos, sí, pero no revueltos. Y nada tampoco de contratar a la familia ni a ningún pariente. Ese es el buen legado que, junto con una buena gestión y la atención a las personas más necesitadas, todos esperamos que deje en Balears el bueno de José Ramón Bauzá, José Ramón I, El Austero, nuestro próximo presidente.

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05 2011

Una definición de amor

Una de las mejores definiciones de lo que es el amor la encontré hace ya algún tiempo en un muy hermoso artículo de Gustavo Martín Garzo, titulado Noche de Reyes. En ese texto, el gran escritor vallisoletano afirmaba que el amor es “encontrarnos con alguien y sentir que guarda una historia que debemos escuchar”. ¿Quién no se ha sentido en su vida alguna vez así, con esa ansia y esa ilusión por escuchar de los labios de la persona amada lo que esa persona piensa, siente, sueña o cree? ¿O por saber qué papel desempeñamos nosotros mismos en esos pensamientos, sentimientos, sueños o creencias? Cuando somos conscientes de que no nos cansaríamos nunca de escuchar esa historia ni tampoco sus posibles apéndices o adendas, nos damos cuenta de que de verdad y con todo nuestro corazón amamos a esa persona. Martín Garzo también afirma en Noche de Reyes que la razón nos dice “cómo es el mundo” y nos ayuda a descubrir “las leyes que lo rigen”, pero no nos dice por qué estamos en él, ni si nuestra vida tiene o no algún sentido. Por eso, en nuestra vida, todos necesitamos escuchar, leer o ver ficciones, poemas, cuentos, relatos, biografías, historias, porque pueden ayudarnos a ampliar el campo de lo posible. “Y lo que regalamos a los niños la Noche de Reyes es el regalo de una ficción que habla del amor y sus tímidas locuras”. El autor de El lenguaje de las fuentes  nos recuerda que una historia es un lugar “donde se formula una promesa”. Así, “la historia de don Quijote nos promete un mundo lleno de nobleza, dignidad y alegres desatinos; la del capitán Achab, que puede vencerse a la muerte; y la de Ulises, que existen hechizos capaces de retener a nuestro lado a los seres que amamos”. Para Martín Garzo, si las criaturas de los cuentos nos conmueven, es porque son una metáfora de nuestro propio corazón anhelante. “La enseñanza principal de la Noche de Reyes es que el regalo más grande que podemos hacer a los niños es el regalo de una historia que les haga sentirse amados”, una historia que les diga que existe la gracia en el mundo, “que es lo que prometen todas las historias de amor”. Por todo ello, ni los adultos ni los niños quieren abandonar el 5 de enero el mundo de la magia, “el niño, para que se cumplan sus deseos, los adultos para hacer ese tipo de promesas que no se pueden cumplir”, como por ejemplo “tú no te vas a morir nunca”. Y concluye Martín Garzo: “Tal es la promesa que, a través de esos personajes de ficción, les hacen los padres a los niños esa noche. El loco amor es tratar de cumplir historias así”. El loco amor es siempre, como los cuentos de la infancia, una bella historia con un final feliz.

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05 2011

Una buena alcaldesa

El 19 de junio de 2007 publiqué unos ‘duendes’ dedicados a quien ha sido nuestra alcaldesa a lo largo de estos últimos cuatro años, que entonces empezaba su mandato y que titulé precisamente así, Aina Calvo. “Desde el pasado sábado, todos los ‘duendes’ de la ciudad tienen también nueva alcaldesa, Aina Calvo, y aunque creo que había algunas dudas sobre cómo sería recibida la nueva alcaldesa en esta sección, todos los ‘duendes’, sin una sola excepción, me han pedido que le transmita a Aina Calvo y a todo su equipo de gobierno su enhorabuena más sincera y de todo corazón, enhorabuena a la que también me sumo yo”, escribí entonces, y también que todos los ‘duendes’ le deseaban a Calvo y a su equipo, “de verdad y de corazón”, toda la suerte del mundo, “porque su suerte será también la nuestra, la de nuestra querida ciudad”. Por razones que todos conocemos bien, y que van más allá de echar las culpas simplemente a uno u otro partido político, la pasada legislatura ha sido en nuestra Comunidad la más compleja, agria e inestable de las vividas desde 1983, de forma especial en algunas de las principales instituciones, incluido el consistorio palmesano. Esto explicaría, al menos en parte, los resultados electorales del pasado domingo, con una victoria clara e inapelable, por mayoría absoluta, de un renovado PP, también en nuestra ciudad, de la mano de Mateo Isern. La percepción -buena o mala- de la actuación de un equipo de gobierno suele depender casi siempre de muchos factores, entre otros de nuestras propias ideas políticas, de la valoración que hacemos de los aciertos y de los errores realmente cometidos, y, por qué no decirlo, del mayor o menor grado de apoyo, de crítica o incluso de ensañamiento, en función de determinados intereses, de los medios de comunicación. Por lo que respecta a mi propia percepción personal, como periodista y también como ciudadano, sobre la gestión del equipo que ha liderado Aina Calvo, he de reconocer que es bastante positiva. Para mí, ha sido una buena alcaldesa. El nombre de Aina Calvo y el de personas como Andreu Alcover, Begoña Sánchez, Cristina Ferrer, Yolanda Garví, Nanda Ramon, Joaquín Rodríguez o mi admirado y llorado Paco Donate estará para siempre ligado, al menos para mí y para varios miles de ciudadanos más -incluidos votantes no socialistas-, a un equipo de gobierno honesto, responsable, serio y muy trabajador. ¿Que se cometieron errores? Sin duda, pero también es cierto que a partir de una determinada edad nos acabamos dando cuenta de que, aunque no queramos, todos cometemos errores, incluidos los que dicen o como mínimo parecen pensar que nunca los cometen. Y que conste que esta vez no estoy hablando de Eberhard Grosske, quien, todo hay que decirlo, a veces me sorprendió gratamente para bien. Pero sólo algunas veces, ya digo, que con él no conviene tampoco nunca exagerar. ¿Que hubo cosas que se pudieron haber hecho mejor o de otra manera? Muy posiblemente. ¿Que faltó más diálogo con el partido mayoritario? Me temo, ay, que así fue, sí. Pero también creo que hay cosas que hoy están mejor o mucho mejor que hace cuatro años, del mismo modo que con el equipo de Catalina Cirer había cosas que en 2007 estaban mejor o mucho mejor que antes de su llegada al gobierno municipal. “Cuando dentro de muchos años, los ‘duendes’ sean ya muy viejecitos y miren hacia atrás, estoy seguro de que recordarán que a principios del siglo XXI hubo una vez en Palma dos alcaldesas y dos equipos que, a pesar de sus muchas diferencias, tuvieron un único y hermoso sueño común: hacer para todos y todas una ciudad mejor”. Así concluían aquellos ‘duendes’ de hace cuatro años. Así creo que deben de concluir también estos digitales de hoy.

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05 2011

El espíritu (musical) de los ochenta

El espíritu musical de los años ochenta se presentó una noche, de improviso, hace poco ante mí, a la manera de los espíritus del Cuento de Navidad del maestro Charles Dickens, y empezó a susurrarme al oído las letras de varias canciones, acompañadas de sus correspondientes melodías… “Pensando en ti, no logro adivinar, qué es lo que hay que te hace especial. Realmente no sé que tienes, pero me arrastras como un imán hacia ti, sin querer… Y yo caí enamorado de la moda juvenil, de los precios y rebajas que yo vi. Enamorado de ti… Mil calles llevan hacia ti. Y no sé cuál he de seguir. No tengo tiempo que perder, y ya se va el último tren… Entre tú y yo un diamante es para siempre, entre tú y yo nuestro amor es para siempre… Yo tenía un novio que tocaba en un conjunto beat, ayer. Le llevaba las baquetas en un bolso gris, sí, sí, sí… Y es lo que yo te digo, los amigos de mis amigas son mis amigos, uhh, vaya lío, los amigos de mis amigas son mis amigos… Tú eres mi enfermera de noche, y siempre estarás a mi lado… Bajo la luz de la luna me diste tu amor, ni tan sólo una palabra, una mirada bastó, y yo sé que nunca olvidaré que bajo la luz de la luna yo te amé… Puedes mentir, si tú lo quieres, puedes reír, si lo prefieres, pero mi amor siempre estará a tu alrededor… En algún lugar de un gran país, olvidaron construir un hogar donde no queme el sol y al nacer no haya que morir… Tren de medianoche vuelve a pasar, nunca consiguió olvidar. Tren de medianoche, traéla junto a mí, sé muy bien que volverá, y las estrellas le acompañarán… Vístete, te sigo esperando, blusa aquí, falda allá, hey, cálzate, pon cuero sobre seda negra, vístete, aguantaré… Eras un niño cuando, en este jardín, lloriqueabas en las tardes de abril. Sobre la hierba, tu espalda cansada, y tus ideales muy lejos de aquí. Y qué más da, si son cosas de la edad… Me diste el número equivocado, no te perdonaré. Me diste el número equivocado, ya te descubriré… La noche no es para mí, no para mí… No controles mi forma de vestir, porque es total, y a todo el mundo gusto. No controles mi forma de pensar, porque es total, y a todos les encanta… Hoy no me puedo levantar. El fin de semana me dejo fatal. Toda la noche sin dormir. Bebiendo, fumando y sin parar de reír… Y yo te buscaré en Groenlandia, en Perú, en el Tíbet, en Japón, en la isla de Pascua. Y yo te buscaré en las selvas de Borneo, en los cráteres de Marte, en los anillos de Saturno… Cómo pudiste hacerme esto a mí, yo que te hubiese querido hasta el fin, sé que te arrepentirás… Ella está sentada ante su whisky, sin hablar ni mirar a nadie, fiel a su papel de mujer fatal… Dale vida a tu vida, desengánchate de tu televisor, dale vida a tu vida, la mejor pantalla es tu imaginación. Mira el cielo y respira, que tienes cara de estar mucho mejor. Medicina natural, contra el mal sabor de boca, medicina natural, para esclavos de la vida en sociedad… Sé que vas tras de mí, alguien dijo que así, nunca me interesaré por ti. Mandas cartas sin firmar, poemas que he de descifrar, soy tu objetivo principal… Y qué dura es la caída cuando estás en lo más alto. Cómo tuviste que ocultar las lágrimas detrás de unas gafas negras, ocultabas las lágrimas detrás de unas gafas negras, ocultabas las lágrimas detrás de unas gafas negras, ocúltalas… Stop mi bruja con tacón de aguja, víctima del desamor… Sobre un vidrio mojado escribí su nombre sin darme cuenta, y mis ojos quedaron igual que ese vidrio pensando en ella. Los cuadros no tienen colores, las rosas no parecen flores, no hay pájaros en la mañana, nada es igual, nada es igual, nada es igual, nada…”. Aquella noche, el espíritu musical de los años ochenta me susurró todas estas canciones y algunas otras joyas más al oído, mientras yo pensaba, lleno de nostalgia y de melancolía, que efectivamente ya nada es igual. Nada. Empezando por quienes eran muy jóvenes entonces, empezando -ay- por nosotros mismos.

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05 2011

En una caricia

Por diversas razones, que todos conocemos bien, el mundo -el mundo en el que vivimos- se va convirtiendo poco a poco en un lugar cada vez más inhóspito, cada vez más deshumanizado, y, por tanto, a la vez menos cálido y acogedor, un lugar en el que poco a poco parecen ir ganando un terreno cada vez más importante y más amplio la tristeza, la soledad, las carencias sociales de todo tipo, la desesperación. Y esto me temo que no existe, ay, ningún partido político, ni tampoco ningún candidato ni ninguna candidata, capaz de arreglarlo. Ninguno. Aunque seguramente quizás fue siempre así. En el fondo, uno se acaba ya conformando con que la mayor parte de los gobernantes -o de los jefes- que nos toquen en suerte no lo acaben estropeando todo aún un poco más. Es en esos momentos de escepticismo casi radical o tal vez de un muy profundo desengaño cuando creo que pensamos con mayor intensidad y convicción que el único refugio que tenemos, si por fortuna lo tenemos cuando todo parece fallarnos o cuando nos sentimos más incomprendidos o más solos que nunca, es un refugio que parece encontrarse ubicado únicamente en el mundo de los sentimientos, en el de los afectos interpersonales, en el del amor. Aunque, muy posiblemente también, quizás fue siempre así. Cuando todo parece fallarnos, cuando parece que no hay nada ni nadie a lo que poder asirse o acogerse, seguramente daríamos casi lo que fuera, no por ser millonarios o por tener un trabajo más digno o mejor, sino solo porque alguien nos abrazase muy fuerte de forma prolongada o porque nos acariciase de forma repetida, muy lenta y dulcemente, durante mucho, mucho tiempo. Quizás esto sea así porque en un abrazo o, sobre todo, en una caricia se encuentra todo, o casi todo, lo que en un determinado momento podemos necesitar para seguir adelante, para seguir viviendo, pues en un abrazo o en una caricia se encuentran o pueden encontrarse el deseo, el afecto, la sensualidad, la protección, el cariño, el respeto, el amor, el querer perderse en el alma del otro, la inteligencia, la delicadeza, la ternura, la bondad. Casi todo aquello por lo que vale la pena vivir se halla o puede hallarse, de una u otra forma, en la calidez y en la dulzura de un abrazo, de una mano que roza, de una caricia.

17

05 2011

Ni contigo, ni sin ti

A la hora de establecer o de fijar los distintos géneros cinematográficos, creo que podría crearse un apartado específico en cada uno de ellos destinado a las películas en las que aparece una historia de “amour fou” (“amor loco”), es decir, una historia en la que la pareja protagonista parece moverse casi exclusivamente entre la fatalidad afectiva más absoluta y el “ni contigo, ni sin ti” más devastador. En ese apartado específico podrían situarse películas en principio tan dispares en el fondo y en la forma como Lo que el viento se llevó, El cartero siempre llama dos veces, Duelo al sol, Gilda, Vértigo, La mujer de al lado, Herida, M. Butterfly o Instinto básico, entre otras. Todas estas películas, tan distintas entre sí, tienen de una u otra forma, sin embargo, un mismo nexo de unión, el de la intensidad y el carácter extremo con el que los protagonistas parecen vivir su desgarrada y desgarradora pasión, al margen del mundo y de sus reglas, y muy posiblemente también al margen de la cordura y de la lucidez, que en ocasiones -no siempre- es casi tanto como decir al margen del verdadero amor. Uno de los mayores atractivos de películas como las ya citadas, o de otras que se mueven en la misma línea temática del “amour fou”, es que en ellas las historias que se nos cuentan son historias presididas por la igualdad, historias entre iguales, en ocasiones en inteligencia o en la manera de exponer sus sentimientos, aunque la mayor parte de las veces suelan ser iguales solo en locura, o en desesperación, o en un deseo físico casi animal, o en un componente sadomasoquista, o en una dependencia mutua emocional, o en todo ello junto al mismo tiempo. Como todos o casi todos sabemos más o menos bien, este tipo de historias no solo se dan en el cine o en la literatura, sino también en el mundo que llamamos o consideramos como real. Y tanto en un ámbito como en otro son historias que, además, pueden durar varios años o incluso décadas, a pesar de algunos periodos de aparente latencia o apaciguamiento. En el mejor de los casos, las historias de “amour fou” suelen acabar con el agotamiento psicológico de los amantes, mientras que en el peor suelen culminar con la autodestrucción mutua asegurada. Sea como sea, son historias que se han vivido en el pasado y que muy posiblemente se vivirán también en el futuro, historias que pueden desarrollarse en la ciudad más cosmopolita del mundo o en una pequeña y oscura capital de provincias. Son, en definitiva, historias que puede vivir cualquier ser humano, no importan cuáles sean sus ideas, ni sus creencias, ni su edad, ni su raza, ni su sexo, ni su condición. Historias en las que, en cualquier caso, seguramente nunca llega a quedar del todo claro si finalmente hubo o no lo que todos buscamos, el verdadero amor.

15

05 2011

Los días de la infancia

Esta mañana leí un precioso artículo de Juan Manuel de Prada, Nieve, en el que, tomando como hilo conductor una nevada contemplada desde su cuarto hace unos pocos meses, De Prada nos habla de las claudicaciones de la edad adulta frente a la sensación de libertad casi plena que pudimos sentir, al menos en algún momento, en los lejanos días de la infancia. “Hubo un tiempo en que el mundo no estuvo regido por rutinas, sino por la brisa impremeditada del milagro; hubo un tiempo en que cada mañana era una tierra incógnita que había que descubrir y conquistar, un ameno prado donde podíamos retozar, desentendidos de las triviales congojas y apresuramientos que ahora envilecen nuestros días”, afirma el autor de Las máscaras del héroe en dicho artículo, en el que reconoce, con gran pesar, que normalmente ese tiempo de la niñez “yace sepultado por la hojarasca de las plurales claudicaciones de la edad adulta”. Ello no impide que quienes ahora mismo somos más o menos adultos sepamos, con una “íntima” y “amarga” certeza, que aquella vida “abierta al deslumbramiento y la perplejidad” era una existencia “más plena y enaltecedora” que la vida que ahora “sobrellevamos resignadamente”, engañándonos y consolándonos día tras día “pensando que es la única vida posible”. En la infancia, aun en el caso de que no haya sido especialmente dichosa o feliz, suele haber siempre, como mínimo, un pequeño ramillete de momentos hermosos o emocionantes que la mayor parte de nosotros ha podido compartir. Los primeros conocimientos aprendidos en la escuela, la hora del recreo, las ganas imparables de correr y correr, o de dormir y dormir, los primeros amigos, tal vez el primer amor, la vuelta a casa, la alegría del almuerzo o de la merienda, la lectura de un tebeo o de un libro, los juegos, quizás el inicio de la pasión por el fútbol, la contemplación de los vencejos, la ilusión de pensar en un programa que veremos en la televisión o de una película que se ha estrenado en el cine, esperar la llegada del verano, de las vacaciones, creer que algunos de nuestros sueños podrán hacerse realidad cuando seamos un poco más mayores o lleguemos a la edad adulta, la sensación irrepetible de que muchas cosas o muchas emociones nos pasan o las experimentamos por vez primera, cosas o emociones cuyo recuerdo en ocasiones nos acompañará durante el resto de nuestra vida, aunque en aquellos momentos de la infancia aún no seamos conscientes de ello. El mundo cotidiano y actual de Juan Manuel de Prada, el nuestro propio, el de cada uno de nosotros, es muy posible que hoy sea esencialmente “angosto” y “previsible”, pero, por fortuna, ese mundo convive cada día, gracias a quienes ahora son niños, con otro mundo “de incesante novedad y algarabía”, con un mundo regido “por la impremeditada brisa del milagro”, con un mundo “dispuesto a dejarse descubrir y conquistar”, un mundo que tal vez sea el único al que, de ser posible, desearíamos en algún momento poder regresar.

11

05 2011

La estela que dejamos

Suele decirse, con razón, que hay personas que dejan o que han dejado huella en la historia de la humanidad, queriéndose decir con ello que se trata de personas cuya vida o cuya obra ha tenido en el pasado o sigue teniendo aún hoy una gran influencia en la mayor parte de nosotros. Esas personas pueden haberse dedicado a la política, a la ciencia, a la religión o al arte, pero lo que permite valorarlas en igual medida o incluso equipararlas en cierto modo es el hecho de que sus decisiones, sus actuaciones, sus creencias o sus obras han sido innovadoras, válidas o determinantes no sólo para sus coetáneos sino también para las sucesivas generaciones posteriores, hasta llegar a nuestros días. Por ello, la huella o la impronta que esos grandes hombres o esas grandes mujeres han dejado en el mundo suele ser calificada casi siempre como imborrable o como imperecedera. Quienes no formamos parte ni seguramente perteneceremos nunca a ninguno de esos dos grandes grupos, creo que, no obstante, también tenemos la capacidad, a otro nivel, de poder dejar nuestra propia huella en este mundo, en primer lugar gracias al amor, al hecho mismo de amar y de haber sido a su vez igualmente amados. En otro sentido, también podemos dejar nuestra propia huella a través de los hijos -en caso de tenerlos- o de las personas que hemos conocido o tratado, o bien gracias a las personas que de algún modo hayamos podido ayudar o que hayan tenido conocimiento de nuestro trabajo o de nuestra labor. Aun así, debo de reconocer que, salvo quizás en el caso del amor, más que hablar de la “huella” que dejaremos o que podríamos llegar a dejar, deberíamos de hablar tal vez de la “estela” que dejaremos, a modo de equivalencia más o menos literaria o metafórica con ese rastro de espuma o de combustible que dejan un barco en el mar o un avión en el cielo, normalmente por muy pocos segundos. Casi siempre demasiado pocos. De ahí surja quizás, al menos en parte, esa melancolía que nos es común y que compartimos muchos seres humanos, que también puede suscitar el hecho o la evidencia de que nunca llegamos a ser por completo la persona que quizás podríamos haber llegado a ser finalmente, y no sólo por las circunstancias, sino también porque en la mayor parte de los casos siempre acaba quedando en el aire la posibilidad de poder haber vivido un día más, de haber podido conocer otra ciudad, o de haber leído otro libro, o contemplado otro amanecer, o soñado otro sueño. Para ayudar a paliar un poco esa profunda y casi inherente melancolía vital, qué hermoso resulta creer o pensar que la frágil estela que dejamos se acaba convirtiendo alguna vez en huella, y que no siempre se acaba perdiendo, para siempre, en el tiempo.

07

05 2011

Donde nacen los sueños

Al inicio de Inteligencia artificial, el profesor Hobby (William Hurt) propone a su equipo diseñar y construir un robot capaz de amar, que en principio sería además un ejemplar único, un niño-robot de unos siete u ocho años capaz de amar a los padres humanos a los que sería entregado en adopción. Ya desde el principio, se plantean varios interrogantes muy oportunos en esta fascinante película de Steven Spielberg, como por ejemplo si habrá algún ser humano capaz de corresponder en la misma medida y con la misma intensidad al amor de ese niño-robot, David (Haley Joel Osment), o si él mismo, al ser capaz de amar, será también capaz de odiar. En la primera parte del filme, encontraremos ya las primeras respuestas a éstas y a otras preguntas, de forma muy especial cuando la ‘madre’ de David, Mónica (Frances O’connor) se ve obligada, por distintas circunstancias, a decidir entre abandonar para siempre a su ‘hijo’ en el bosque o entregarlo a la empresa que lo construyó para que lo destruyan. “Siento no haberte hablado del mundo”, le dirá Mónica a David en esos momentos, mientras ambos están llorando. Pasados esos primeros instantes de desolación absoluta por parte de David, ese niño-robot que ama y que a su vez sólo desea ser amado, se aferrará a una ilusión, a una esperanza. Impresionado y fascinado a un tiempo por el cuento de Pinocho, que escuchó tiempo atrás, David piensa que si un hada, el Hada Azul, le convierte algún día en un niño de verdad, como hizo esa hada con Pinocho, podrá volver de nuevo a casa. “Y entonces mi madre me querrá”, dice David a su osito Teddy, mientras los dos deambulan de noche perdidos por el bosque. A partir de ese momento, David concentrará todas sus fuerzas y todas sus energías en encontrar al Hada Azul, con la inestimable ayuda de Gigolo Joe (Jude Law). Inteligencia artificial puede ser entendida como una película de ciencia ficción o también como un cuento de hadas, aunque muy posiblemente sea, en realidad, una muy conseguida síntesis de ambas cosas a la vez. Es bien sabido que, en un principio, este filme era un proyecto que pensaba dirigir el gran Stanley Kubrick, aunque finalmente, y después de varios años de espera, fue el propio creador de 2001: una odisea del espacio el que animó a Spielberg a que la dirigiese. Inteligencia artificial fue estrenada hace diez años, y en ese momento no fue valorada como creo que realmente hubiera merecido, como una de las mejores y más incitantes películas del autor de obras maestras como La lista de Schindler o Salvar al soldado Ryan. Además, la hermosísima y extraordinaria banda sonora de John Williams sirve como complemento perfecto para una de las historias en el fondo más tristes, más profundamente melancólicas y más desasosegantes de toda la historia del cine. Una historia que habla, entre otras cosas, de los peligros y de los miedos que nos atenazan, de la necesidad de amar y de ser a la vez correspondidos en ese amor, de la posibilidad o no de poder reemplazar de algún modo la pérdida del ser más querido, de la rivalidad entre los seres humanos y los robots, o de cómo hacen frente, unos y otros, a la vida, a la soledad, a los sentimientos, a la compasión, a la muerte. Al final de la película, David tendrá que tomar una decisión muy importante, la más importante desde que fue creado, si quiere ver cumplido finalmente su más profundo y ferviente deseo. Una decisión que, por primera vez en su vida, podría llevarle a aquel lugar donde nacen los sueños, a ese mismo lugar del que seguramente todos los seres del universo provenimos, y al que algún día, seguramente también, igualmente regresaremos.

03

05 2011