La vida (A la memoria de Carles Canals)

La vida, la vida humana, es siempre un misterio. Un misterio para nosotros mismos y al mismo tiempo también para los demás. Para que cada uno de nosotros llegase finalmente a nacer, tuvieron que producirse antes cientos de miles de casualidades o de circunstancias muy determinadas, que acabaron derivando un día en el hecho de que nuestros respectivos padres se conocieron, se gustaron y terminaron casándose -o no-, y decidieron tener hijos -o no-, y vivieron una noche de pasión -o no- a raíz de la cual unos pocos meses después nació cada uno de nosotros. En este sentido, cada vida humana es siempre un regalo, un regalo inesperado, un regalo que no pedimos, esencialmente porque aún no podíamos pedirlo, e incluso, en ocasiones, un regalo que podemos llegar a maldecir o incluso a odiar, sobre todo si el dolor, la tristeza o el sufrimiento nos cercan durante demasiado tiempo o acaban adueñándose finalmente por completo de nosotros. Si esto último no sucede, lo normal es que amemos vivir, que amemos la vida, que amemos cada día que vivimos, con sus buenos y sus malos momentos, y que temamos a la muerte, aun sabiendo que aunque tuviéramos la suerte de poder disfrutar de la vida más longeva y más plácida que pudiera llegar a tenerse, hay siempre un futuro, un mañana, en el que ya no es posible físicamente estar, en el que sabemos que ya no estaremos. Todos somos conscientes de que hay miles de días, decenas de miles de días, cientos de miles de días -algunos prácticamente idénticos al precioso y soleado día de hoy- que no viviremos, que no alcanzaremos a vivir, como hubo antes otros tantos cientos de miles de días en que tampoco no vivimos. No sé quien dijo en cierta ocasión que nuestra prioridad no debería de ser la de intentar vivir más casi a cualquier precio, sino la de intentar vivir mejor, entendiendo por vivir mejor tener la suerte de amar y de ser amado, no perder nunca la curiosidad por el mundo y sus cosas y sus gentes, disponer de los recursos mínimos necesarios para poder vivir dignamente, residir en un país en el que la defensa de los derechos humanos, la educación, la sanidad o los servicios sociales sean siempre una prioridad, gobierne quien gobierne… y saber disfrutar de días preciosos y soleados como este mismo de hoy. Así es como yo creo que entendía también la vida mi compañero de profesión Carles Canals, que acaba de fallecer esta misma semana tras una larga enfermedad. Las personas que me conocen bien saben que siempre aprecié mucho a Carles, por su inteligencia, su escepticismo, su ironía, su sentido del humor, aunque por esas cosas de la vida, siempre la vida, quizás no pueda decir que llegamos a ser amigos en sentido estricto. Un día antes del fallecimiento de Carles, el filósofo Fernando Savater publicaba un hermoso artículo en El País, “Un hombre asombrado… y asombroso”, dedicado a su admirado y querido amigo Emil Cioran. Contaba Savater que cuando recientemente fue a visitar por primera vez la tumba de Cioran y de su esposa, Simone Boué, en el cementerio parisino de Montparnasse, se puso a llorar. Y explicó que había llorado seguramente no de pena, sino de gratitud y sobre todo de asombro. De gratitud, por haber tenido la suerte de haber podido conocer a Emil y a Simone, y de asombro, “porque los que aún estamos ya no estamos del todo” y porque “aún siguen estando los que ya no están”. Esa gratitud y ese asombro son los que ahora siento al pensar en Carles, los mismos que sintió Fernando Savater al hablar de la vida al evocar al gran pensador Emil Cioran.

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04 2011

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  1. Catalina Coll i Marí #
    1

    Preciós escrit.

  2. Yojimbo #
    2

    Un bonito obituario,muy sentido…y no puedo dejar de decirlo,mil veces mejor que las reseñas sacadas de su FB y su blog de los periodicos que le dedicaron unas lineas.

  3. Josemaría Canals #
    3

    Gracias