Archivo de abril, 2011

El lado oscuro

Gracias a la imaginación podemos crear, recrear o vivir -al menos en nuestra mente- situaciones que, aun siendo lícitas o conformes a la ley, no es fácil poder hacer realidad en el mundo que normalmente consideramos como real o cotidiano. Sobre todo a nivel afectivo o sexual. Y cuanto mayor es nuestra imaginación, mayor suele ser también la riqueza y la complejidad de las imágenes creadas, recreadas o vividas, aunque sea sólo en algún punto o rincón muy concreto y determinado de nuestro cerebro. La mayor parte de las grandes obras de arte parecen haber nacido de esta premisa. Pero aun no siendo artistas, todos tenemos en mayor o en menor grado imaginación, que es la única facultad que nos permite ser verdaderamente libres en los momentos que podemos considerar como más difíciles, o más llenos de frustraciones, o con mayor presión. Ese carácter liberador de la imaginación parece ser hoy más necesario que nunca, en un mundo en el que, más allá de las apariencias, casi sólo podemos ver, a poco que rasquemos un poquito, sufrimiento, explotación y soledad. En este contexto, el mundo de la afectividad y el de la sexualidad parecen ser, en no pocas ocasiones, como casi los únicos caminos a través de los cuales es posible intentar reestablecer o recuperar el equilibrio psicológico y físico perdido, aunque sea, paradójicamente, a través de una relación que de forma libre, respetuosa y consentida tenga un carácter o unos componentes esencialmente sadomasoquistas, normalmente muy sofisticados y elaborados, en donde es posible que convivan a un tiempo la extrema elegancia y la extrema dulzura, con la máxima morbosidad y la más elaborada perversión. Pero como ocurre en otros ámbitos de nuestra vida, esos caminos pueden acabar resultando también insatisfactorios, lo que puede acabar generando aún más ansiedad y frustración. En cualquier caso, no deberíamos de sentirnos nunca culpables ni raros ni enfermos si nos sentimos identificados en mayor o menor medida con ese “lado oscuro”, que en realidad creo que no es tal, sino sólo una forma de experimentar una vida afectiva diferente a la considerada hoy como normal o mayoritaria. Es el mundo de hoy, el de ahora, el que está enfermo, el que no sabe muy bien a dónde va, el que nos está enfermando también a nosotros, el que nadie parece en estos momentos capaz de saber curar o de reconducir. Mientras tanto, ese posible “lado oscuro” de nuestra imaginación puede seguir siendo un auténtico y acogedor refugio, un espacio inexpugnable de liberación y de libertad.

30

04 2011

El invierno (y la esperanza) de García Montero

Hay momentos especiales o significativos de nuestra vida cotidiana, de nuestro día a día, del de cada uno de nosotros, que pocos poetas han sabido reflejar o evocar tan bien, o con tanta magia, como Luis García Montero. Un atardecer de abril o de mayo, un día de lluvia, un encuentro con unos amigos, el recuerdo de un amor quizás ya lejano, la memoria de una ciudad o de las gentes que la habitan, la imagen de un tren o de un barco que empiezan lentamente a partir, una lectura, una sensación, una emoción, un olor, la belleza de un instante fugaz que, con razón o no, creemos ya muy posiblemente irrepetible. Por eso, seguramente, nos gustan tanto todos esos momentos, y por eso, seguramente, nos gusta también tanto -a quienes nos gusta de verdad- la poesía de García Montero. Este gran autor granadino acaba de publicar, para nuestra dicha, un nuevo libro, Un invierno propio, que cuenta con poemas tan hermosos como ‘La tristeza del mar cabe en un vaso de agua’ o como ‘En cada lealtad hay un rumor de transparencia’. En el primero de ellos habla de “los hombres tristes”, de aquellos hombres que, entre otras cosas, tienen en sus ojos un café de provincias, o se quedan sentados en su silla cuando la fiesta baila, o de pronto una noche se deshacen, o ven cómo se alejan las novias y los barcos. “Esos hombres manchados por las últimas horas/ de la ocasión perdida,/ se parecen a mí”, concluye el poema. Y tras leerlo, quienes también nos consideramos como más o menos tristes, como más o menos melancólicos, nos sentimos un poco menos mal, un poco menos solos, y, a la vez, un poco más comprendidos y acompañados. Por otra parte, en su nuevo libro García Montero incide en la necesidad de huir hoy más que nunca de los dogmas, que son “las prisas de las ideas”, y de intentar recuperar valores como la solidaridad, el respeto o el comportamiento ético, precisamente ahora, en estos momentos de profunda crisis a casi todos los niveles, y no sólo de tipo económico. Y todo ello, por supuesto, sin perder nunca de vista los sentimientos, los afectos, la amistad o el amor. Algo de todo ello se refleja, y además muy bien, en el segundo de los poemas citados. “Yo he querido un respeto de cristal./ Que la lluvia viniese sobre mí/ con sus alas de tarde,/ que la noche difícil se moviera/ como un vaso de agua en nuestra mano,/ que las enamoradas/ buscasen un espejo donde sentir los labios,/ y que la historia/ con su tacón injusto/ no pisara  mi vida,/ porque la lluvia y yo/ y las enamoradas y el espejo/ no somos partidarios de los cristales rotos”. En ese invierno propio de Luis García Montero, que también podemos sentir como igualmente nuestro, no deja de haber nunca, pese a todo, calor, luz y esperanza.

27

04 2011

Las canciones antiguas

Cuando en la radio o en nuestro reproductor escuchamos una canción antigua que nos gusta, suelen ser varias la sensaciones que en esos momentos en mayor o menor medida nos embargan, aunque nornalmente suele ser la de la nostalgia la que se hace presente en nuestro espíritu con mucha mayor fuerza. Nostalgia por un tiempo que a lo mejor no vivimos pero que quizás nos hubiera gustado vivir a nivel musical, como por ejemplo los años cincuenta o el inicio de los sesenta, o nostalgia por un tiempo que tal vez sí vivimos directamente y en el cual fuimos, además, más o menos jóvenes, como por ejemplo los años ochenta y principios de los noventa, que además fueron especialmente fecundos y valiosos musicalmente, sobre todo en el Reino Unido y en nuestro propio país. Por otra parte, cada uno de nosotros suele tener su canción o canciones antiguas favoritas, que en la mayor parte de los casos solemos relacionar de forma directa con el recuerdo o la historia de un amor, de un amor como tal vez no hubo otro igual, que quizás nos hizo comprender todo el bien, todo el mal, que le dio luz a nuestra vida, apagándola después… Aunque también es posible que una canción antigua nos evoque otros momentos importantes de nuestra vida, o una ciudad, o un paisaje, o un amanecer, o un instante que ha quedado para siempre guardado en lo más profundo de nuestra memoria. Al escucharlas de nuevo ahora, las canciones antiguas nos suelen recordar también, aun sin querer, que el tiempo ha pasado, que ha pasado sobre todo para nosotros y que además lo ha hecho muy, muy rápidamente, mucho más rápidamente de lo que quizás hubiéramos podido llegar a imaginar que lo haría hace veinticinco o treinta años. Pero también es cierto que, en cierta forma, el tiempo no pasa para todos igual, o que en algunos casos directamente no pasa y queda como mágicamente en suspenso, porque al igual que ocurre en las películas, en donde los actores y las actrices permanecen en cada título para siempre con los mismos gestos y con la misma edad, en las canciones y en los videoclips de hace dos, tres o más décadas se mantienen y se mantendrán para siempre intactos los acordes iniciales, el sonido de los instrumentos o las modulaciones de la voz de la persona o personas que cantan esa canción. Por estas y otras razones, casi todas ellas relacionadas con la nostalgia o con la melancolía, las canciones antiguas acaban provocando casi siempre, aun sin querer, una pequeña herida en nuestra mente y nuestro corazón.

25

04 2011

‘Locos de abril’

La primera y hasta ahora única ocasión en que vi la maravillosa película Locos de abril fue a finales de los años setenta, en un pase por televisión creo que en ‘Sábado cine’, casi diez años después de su estreno en nuestro país. Protagonizada por Jack Lemmon, Catherine Deneuve y Peter Lawford, estaba dirigida por Stuart Rosenberg, un muy notable realizador que también es el responsable de otras películas igualmente memorables como La leyenda del indomable, Brubaker o Sed de poder. La banda sonora era de Marvin Hamlisch, mientras que el tema principal estaba compuesto por Burt Bacharach e interpretado por Dionne Warwick, grandes nombres de la música todos ellos, que, sin duda, contribuyeron a hacer de Locos de abril la comedia romántica realmente mágica e inolvidable que sinceramente considero que es. En 1969, año en que fue rodada, aún parecía posible poder abandonarlo todo de repente, ya fuese un empleo, una ciudad o lo que fuera, y empezar una nueva vida completamente distinta y diferente en otro lugar, sobre todo si uno llevaba una existencia algo insatisfactoria o sin demasiados alicientes. Y eso es lo que hace el personaje que interpreta Jack Lemmon en esta película, abandonarlo todo e irse a París con la persona que ama, interpretada por Catherine Deneuve. De Locos de abril recuerdo aún hoy, sobre todo, el momento en que se conocen los dos protagonistas, en una fiesta, así como también una secuencia en la que ambos charlan y toman algo en un local algo peculiar y exótico, y especialmente todo el tramo final de la película, con los amigos de Jack lemmon acompañándole al aeropuerto a toda prisa, y él corriendo y consiguiendo llegar finalmente a tiempo, para sorpresa y alegría, una alegría inmensa, de Catherine Deneuve, que ve cómo el sapo de peluche que había colocado junto a su asiento se ha “transformado” en el “príncipe”, con el que siempre había soñado. En la última secuencia, el avión de la TWA en el que ambos viajan se eleva majestuosamente, mientras está amaneciendo, y empiezan a aparecer entonces los títulos de crédito… Cuatro décadas después, no sé si aún sería posible rodar una película con un final así, tan abierto, y no sólo ni principalmente porque la compañía TWA desapareció hace ya algunos años. Pero a veces pienso que por mucho que a veces parezcan cambiar los tiempos, casi todos hemos tenido en alguna ocasión la tentación de abandonarlo todo y de empezar una nueva vida, la tentación de partir en un vuelo transoceánico de madrugada hacia París, la tentación de poder ser, al menos una vez en la vida, unos locos enamorados, unos locos de abril.

14

04 2011

Las fantasías más secretas y ocultas

El mundo real, el mundo de cada día, o, dicho de otro modo, nuestro mundo cotidiano, suele resultar para la mayor parte de nosotros cada vez más y más insatisfactorio, y en no pocas ocasiones seguramente también bastante más angustioso o estresante que hace tan sólo una década o dos, y no sólo por la actual situación de profunda crisis económica. La gran presión a la que solemos vernos sometidos, a casi todos los niveles y también en casi todos los ámbitos, contribuye hoy en día a que sea más fácil que antes caer en la tristeza, en el aislamiento, en la infelicidad o en algún tipo de adicción. No obstante, por fortuna, existe un mundo más o menos paralelo al que consideramos normalmente como real, que es el de la creación artística, en donde gracias por ejemplo a la música, el teatro, el ensayo filosófico, la novela, la poesía o el cine, no sólo podemos paliar en gran medida esa angustia o ese vacío que a veces nos cercan, sino disfrutar al mismo tiempo de otro mundo en donde nuestro espíritu o nuestra mente se enriquecen y sienten que pueden respirar con mucha mayor facilidad y libertad. Existe también otro mundo igualmente más o menos paralelo al mundo considerado como real, que sería el de nuestras propias fantasías personales, que en un primer momento podría parecer que es el mundo en el que quisiéramos poder vivir siempre en realidad, aunque muy posiblemente sería un mundo en el que no podríamos permanecer durante mucho tiempo, pues me temo que nos acabaría agotando debido a su gran intensidad y exigencia. Nuestras fantasías o nuestros deseos pueden ser de muchos tipos, por ejemplo de cambiar de vida, o de país, o al menos de trabajo o de profesión, aunque cuando utilizamos la palabra “fantasía” en plural solemos pensar casi de forma automática en las fantasías eróticas o sexuales, gracias a las cuales podemos llegar a ser, al menos en principio, mucho más nosotros mismos que cuando en el día a día nos mostramos públicamente a los demás. Así, ese hombre o esa mujer que en su día a día nos parece una persona más bien tímida, apocada y reservada, puede convertirse en alguien mucho más activo en esa esfera íntima, secreta y oculta de las fantasías sexuales, mientras que una persona acostumbrada a dar órdenes o a ser muy resolutiva, puede adoptar, en cambio, un papel más bien pasivo en ese ámbito. Dominación y sumisión, deseo y placer, fetichismo y parcialismo, desinhibición y sexo salvaje, misterio y perversión, exhibicionismo y voyeurismo, riesgo y experimentación, obscenidad y lascivia, seducción y liberación, suelen ser elementos o imágenes comunes en la mayor parte de fantasías sexuales, aunque también es cierto que hay otro tipo de fantasías eróticas y sexuales completamente distintas, profundamente delicadas, dulces y románticas. El nexo común tanto en unas como en otras es que cuentan siempre con la imaginación como elemento previo indispensable y eje vertebrador. Pese a sus innumerables virtudes, incluidas también sin duda las terapéuticas, las fantasías pueden acabar convirtiéndose también en un problema, en un problema que además se acabe incorporando al mundo real, sobre todo cuando, paradójicamente, no se puede salir de ese segundo mundo paralelo y se acaba convirtiendo en otra adicción.

08

04 2011

Las gotas de lluvia

Las gotas de lluvia deberían de resbalar siempre sobre nuestro rostro o sobre las calles de nuestra ciudad, al amanecer, del mismo modo que suenan las notas tristes de una melodía romántica en un piano que escuchamos en algún lugar, a lo lejos, cuando está ya anocheciendo. Deberíamos de buscar y de encontrar siempre las palabras más hermosas para decirlas a las personas que más amamos, las palabras más dulces, las que menos duelen, las que están más llenas de esperanza, de sincera y luminosa esperanza. Eso es lo que, muy posiblemente, siempre deberíamos de intentar hacer. Eso es lo que, muy probablemente, casi nunca logramos, o no hacemos del todo bien, o no como debiéramos. Los enfados, la mayoría motivados casi siempre por pequeñas trivialidades, no deberían de durarnos nunca más de un minuto o, a lo sumo, de dos. Cada vez que nos hemos equivocado en un juicio de valor, cada vez que hemos sido injustos, cada vez que hemos hecho daño a alguien, aun sin querer, deberíamos de pedir perdón. En la vida de cada uno de nosotros debería de haber siempre un recuerdo, como mínimo al menos uno, precioso e imborrable. El tiempo, el tiempo de nuestra vida, debería de ser siempre lo suficientemente largo, o lo suficientemente pleno, para que al marcharnos no echáramos en principio nada esencial de menos de lo que cada ser humano debería de haber vivido o conocido a lo largo de su existencia. Nunca deberíamos de olvidarnos de dar gracias a Dios o a nuestro ángel de la guarda. Las historias de amor, las comedias románticas y las películas del Oeste deberían de terminar siempre bien. Siempre deberíamos de tener tiempo para poder quedar con la persona con la que queremos quedar o para quedar quizás también en soledad. Siempre deberíamos de disponer de tiempo para poder estar más tiempo con la familia o con las amistades, o, cuando se tiene pareja, con la persona con la que queremos estar, con la que queremos compartir nuestra vida. El chocolate y muchas otras cosas buenas no deberían de engordar. Los zapatos de tacón de aguja y las medias negras de seda no deberían de pasar nunca de moda. Los periódicos de papel, las librerías y los cines deberían de existir siempre. No deberíamos de acordarnos de Santa Bárbara -o de las gotas de lluvia- únicamente cuando truena o llueve.

05

04 2011

“Zapatero no te vayas, Zapatero quédate”

El título de los ‘duendes’ de hoy no es una petición cariñosa que hace el autor de este centrista blog a nuestro -al menos hasta 2012- querido presidente, sino el estribillo de la conocida canción de despedida -de despedida no deseada- que muy posiblemente casi nadie, por no decir nadie, cantará a José Luis Rodríguez Zapatero dentro de un año, empezando por la mayor parte de los barones de su propio partido y acabando por no pocos cientos de miles de españoles, incluidos muchos de quienes le votaron en 2004 y en 2008. Yo mismo le voté hace siete años, de lo cual no me he arrepentido nunca, pero hace tres decidí cambiar mi voto y dirigirlo hacia el PP y hacia mi admirado Mariano Rajoy, de lo cual tampoco me he arrepentido. De hecho, y visto lo visto luego, me atrevería a decir que es un cambio del que me he acabado alegrando muy sinceramente. Los lectores habituales de esta columna saben que Zapatero ha sido a lo largo de este último año protagonista principal de los ‘duendes’ en diversas ocasiones, por su inveterado optimismo, o por su desmejoría física, o por el bueno de Miguelín, entre otras. Que yo recuerde, y a pesar de una innegable ironía al hacer referencia a él, siempre le traté con respeto, con una cierta simpatía y sin acritud, que es como creo que hay que tratar siempre a nuestros gobernantes democráticos, aunque, como ocurre en este caso concreto, creamos que Zapatero cometió diversos errores importantes en su segunda legislatura, empezando por el de no ser del todo consciente de la grave crisis que hace tres años se nos venía encima. Desde luego, yo no diría que ha sido el mejor presidente que hemos tenido desde 1977, que para mí sería Adolfo Suárez, ni tampoco el segundo, lugar que otorgaría a Leopoldo Calvo Sotelo, aunque a lo mejor sí le daría el tercer puesto. Ese lugar no se lo puedo dar ni a Felipe González ni a José María Aznar, a pesar de los muchos aciertos que como presidentes sin duda tuvieron ambos, y no se lo doy porque cuando pienso en González pienso también en los GAL y en la corrupción, y cuando pienso en Aznar pienso en el modo en que apoyó la invasión y la guerra contra Irak. Desde algunas tribunas y desde determinados programas televisivos y radiofónicos, no hace falta decir nombres, se ha sometido en los dos últimos años a Zapatero y al PSOE a un acoso brutal, que nada tiene que ver con la necesaria e imprescindible crítica democrática, y sí mucho con la mala baba española -históricamente siempre presente entre los simpatizantes y militantes acérrimos de los distintos partidos políticos españoles, sea cual sea su ideología-, la manipulación y la mentira. Personalmente, me gustaría que quien sucediera a Zapatero como líder de su partido fuera, por muchas razones, Carme Chacón, porque si al final va a resultar que va a ser Alfredo Pérez Rubalcaba, les aseguro que, por muchas razones también, soy capaz de plantarme en Ferraz y cantar, y no creo que lo haga yo solo, “Zapatero no te vayas, Zapatero quédate”.

02

04 2011

La vida (A la memoria de Carles Canals)

La vida, la vida humana, es siempre un misterio. Un misterio para nosotros mismos y al mismo tiempo también para los demás. Para que cada uno de nosotros llegase finalmente a nacer, tuvieron que producirse antes cientos de miles de casualidades o de circunstancias muy determinadas, que acabaron derivando un día en el hecho de que nuestros respectivos padres se conocieron, se gustaron y terminaron casándose -o no-, y decidieron tener hijos -o no-, y vivieron una noche de pasión -o no- a raíz de la cual unos pocos meses después nació cada uno de nosotros. En este sentido, cada vida humana es siempre un regalo, un regalo inesperado, un regalo que no pedimos, esencialmente porque aún no podíamos pedirlo, e incluso, en ocasiones, un regalo que podemos llegar a maldecir o incluso a odiar, sobre todo si el dolor, la tristeza o el sufrimiento nos cercan durante demasiado tiempo o acaban adueñándose finalmente por completo de nosotros. Si esto último no sucede, lo normal es que amemos vivir, que amemos la vida, que amemos cada día que vivimos, con sus buenos y sus malos momentos, y que temamos a la muerte, aun sabiendo que aunque tuviéramos la suerte de poder disfrutar de la vida más longeva y más plácida que pudiera llegar a tenerse, hay siempre un futuro, un mañana, en el que ya no es posible físicamente estar, en el que sabemos que ya no estaremos. Todos somos conscientes de que hay miles de días, decenas de miles de días, cientos de miles de días -algunos prácticamente idénticos al precioso y soleado día de hoy- que no viviremos, que no alcanzaremos a vivir, como hubo antes otros tantos cientos de miles de días en que tampoco no vivimos. No sé quien dijo en cierta ocasión que nuestra prioridad no debería de ser la de intentar vivir más casi a cualquier precio, sino la de intentar vivir mejor, entendiendo por vivir mejor tener la suerte de amar y de ser amado, no perder nunca la curiosidad por el mundo y sus cosas y sus gentes, disponer de los recursos mínimos necesarios para poder vivir dignamente, residir en un país en el que la defensa de los derechos humanos, la educación, la sanidad o los servicios sociales sean siempre una prioridad, gobierne quien gobierne… y saber disfrutar de días preciosos y soleados como este mismo de hoy. Así es como yo creo que entendía también la vida mi compañero de profesión Carles Canals, que acaba de fallecer esta misma semana tras una larga enfermedad. Las personas que me conocen bien saben que siempre aprecié mucho a Carles, por su inteligencia, su escepticismo, su ironía, su sentido del humor, aunque por esas cosas de la vida, siempre la vida, quizás no pueda decir que llegamos a ser amigos en sentido estricto. Un día antes del fallecimiento de Carles, el filósofo Fernando Savater publicaba un hermoso artículo en El País, “Un hombre asombrado… y asombroso”, dedicado a su admirado y querido amigo Emil Cioran. Contaba Savater que cuando recientemente fue a visitar por primera vez la tumba de Cioran y de su esposa, Simone Boué, en el cementerio parisino de Montparnasse, se puso a llorar. Y explicó que había llorado seguramente no de pena, sino de gratitud y sobre todo de asombro. De gratitud, por haber tenido la suerte de haber podido conocer a Emil y a Simone, y de asombro, “porque los que aún estamos ya no estamos del todo” y porque “aún siguen estando los que ya no están”. Esa gratitud y ese asombro son los que ahora siento al pensar en Carles, los mismos que sintió Fernando Savater al hablar de la vida al evocar al gran pensador Emil Cioran.

01

04 2011