Archivo de marzo, 2011

El sexo

El sexo. En ocasiones, el complemento necesario para la culminación del amor, para su materialización física, aunque la experiencia o algunas grandes historias de amor nos demuestren que no siempre resulta necesario o imprescindible que dos personas estén juntas para poder vivirlo o para poder sentirlo. El sexo es también a veces, en cambio, sólo la búsqueda del placer por el placer, sin que haya ningún sentimiento que vincule a dos personas -desconocidas o no- que en un determinado momento deciden practicarlo. El sexo. Liberación, pecado, culpa, lucha casi animal, lascivia, represión, ternura, besos, caricias, fantasía, fantasías, fetichismo, perversiones, reproducción, misterio, fascinación, locura, igualdad, vacío, dominación, sumisión, éxtasis. El sexo. Perderse en otro ser, salir de uno mismo, abandonarse, dejar por unos instantes el mundo y todos sus problemas a un lado, demorarse todo el tiempo del mundo en acariciar y en sentir el cuerpo, todos los rincones del cuerpo, de la otra persona, desde los pequeños dedos de los pies hasta quizás el espacio en principio más difícil e inaccesible. O, por el contrario, la inmediatez, la urgencia, la rápida satisfacción del deseo. Y también una manera de mirar, de entonar la voz, de susurrar, de vestir, de excitar, de sugerir, de ocultar, de gemir, de desnudar, de desnudarse. El sexo. Elegancia extrema. Seda, satén, perfumes, fragancias, olores, velas, luz tamizada, lápiz de labios, ropa interior, complementos, zapatos de fino y alto tacón. Las palabras más dulces, más hermosas y más tiernas, y otras veces, en cambio, las más atrevidas, las más fuertes o incluso casi obscenas. Una fotografía, una obra de arte, una canción, un poema, un libro, unas imágenes. En otras ocasiones, también simplemente un negocio, o un problema, una adicción, un delito, una forma de explotación, de abusos, de violencia de género. El sexo. Es suficiente con haberlo imaginado, con haberlo deseado, con haberlo soñado, para haberlo vivido realmente, aunque haya sido en soledad o a pesar de la lejanía del ser amado. El sexo. Es suficiente con haberlo compartido o aun sólo soñado con la persona amada, para tener la sensación, al hacer un balance de nuestra vida, de haber vivido realmente, de no haber dejado nada hermoso ni valioso pendiente.

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03 2011

No siempre lo peor es cierto

De este modo tan positivo y atrayente, No siempre lo peor es cierto, titula la gran historiadora Carmen Iglesias uno de sus últimos libros, que recoge diversos ensayos -todos ellos muy interesantes- sobre distintos momentos de la historia de España. Con la magnífica y elegante prosa y la gran capacidad expositiva que le caracterizan, Iglesias viene a decirnos que tanto si miramos hacia nuestro pasado como si decidimos hacer predicciones sobre nuestro futuro, deberíamos de intentar huir siempre de un cierto fatalismo y derrotismo histórico que, en mayor o menor medida, ha conseguido impregnar y distorsionar nuestra visión de conjunto de la historia de España, que parecería que desde sus inicios sólo ha oscilado entre lo malo y lo peor, cuando todos deberíamos de saber ya en estos inicios del siglo XXI que esa visión tan negativa es, además de injusta, tan sesgada como parcial. Que en nuestra historia ha habido momentos terribles y trágicos nadie lo duda, ¡cómo podríamos dudarlo!, pero también es verdad que hubo otros momentos de los que podríamos enorgullecernos o situaciones dramáticas que con un poco más de suerte, de previsión o de moderación podríamos haber evitado entre todos. Los pronósticos extremadamente negativos que se hicieron sobre nuestro futuro político en noviembre de 1975 no se cumplieron, y gracias a la Transición y al esfuerzo de millones de personas disfrutamos hoy de una de las democracias más avanzadas del mundo, lastrada únicamente por el fantasma de la corrupción. Y honestamente pienso que aquello que es válido para interpretar la historia de nuestro país o de otros países, lo es también para llegar a conocer a cada ser humano en particular. Hay personas que son esencialmente negativas y derrotistas, que lo ven todo siempre negro, sea lo que sea, y la verdad es que, por desgracia, podemos encontrarlas en cualquier ámbito de nuestra vida cotidiana. La visión del mundo de estas personas es unidimensional, en el sentido de que sólo está bien o sólo aceptan lo que únicamente a ellas les parece que está bien o que es aceptable, aunque ello suponga discriminar a las minorías o incluso a la mayor parte de la sociedad. Pero, por fortuna, no siempre lo peor es cierto, y hay también otras personas que representan todo lo opuesto, es decir, la tolerancia, la duda, la reflexión. “No siempre lo peor es cierto” es una expresión que podría ser, además, como una especie de lema que podríamos asumir quienes, por ejemplo, padecemos un trastorno obsesivo-convulsivo (TOC), sobre todo cuando creemos que no hemos cerrado bien el grifo del agua o la llave del gas, o que nos hemos dejado la luz encendida o la puerta de casa abierta, o también cuando nos responsabilizamos y culpabilizamos de prácticamente todos los males que han ocurrido, ocurren y ocurrirán en un futuro en casi todo el mundo. Y sin embargo, es verdad, no siempre lo peor es cierto, ni para quienes padecemos un TOC ni para otras personas que puedan estar ahora enfermas o pasando una mala situación personal, económica, afectiva, social o de otro tipo. No siempre lo peor es cierto.

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03 2011

El Madrid de José Luis Garci

Del mismo modo que pienso que en la literatura española hay un Madrid de Pío Baroja y otro de Benito Pérez Galdós, cada uno con sus propias particularidades y a la vez fácilmente reconocibles, creo que en el cine español hay también un Madrid claramente identificable y muy bien definido, el Madrid de José Luis Garci. Hace unos pocos días, volví a ver Solos en la madrugada, que de nuevo me volvió a gustar bastante, y mientras la miraba volví a pensar que nadie ha fotografiado Madrid con tanto amor y al mismo tiempo con tanta melancolía como Garci. En la citada Solos en la madrugada hay una secuencia nocturna preciosa, mientras escuchamos la bellísima Tell Laura i love her de Ray Peterson, en la que se ven las amplias avenidas de la capital de España, así como también sus plazas y calles más recoletas, o sus carreteras de acceso, todas ellas completamente desiertas, con esa luz amarillenta, tenue y muy pálida de las antiguas farolas, que acentúa aún más, si cabe, la ya de por sí muy melancólica y como desamparada imagen que ofrece cualquier gran ciudad a lo largo de las últimas horas de la noche y hasta las primeras luces de la madrugada. Esa misma sensación de una tristeza al mismo tiempo indefinible y casi infinita recuerdo haberla tenido, también, con El crack, a pesar de que es una película en donde Madrid es fotografiada sobre todo de día, pero aun así, José Luis Garci consigue transmitirnos de nuevo, por ejemplo con imágenes de La Gran Vía y de calles adyacentes a ella, esa misma tristeza y esa misma soledad, del paisaje urbano y de los personajes, que aparecía en Solos en la madrugada y que ha aparecido también en otras películas suyas rodadas en Madrid, que no son todas, pues el otro gran amor de Garci es, como es bien sabido, Asturias, en donde ha filmado, entre otras, You’re the one, Historia de un beso o Luz de domingo, que son tres películas suyas por las que tengo además una gran estima. Su última película hasta ahora, Sangre de mayo, vuelve a tener a Madrid -el Madrid del siglo XIX- y a sus habitantes como protagonistas casi absolutos, como símbolo y reflejo de unos momentos históricos muy complejos que vivió España entonces. Ese Madrid de hace dos siglos, el de 1950, el de la Transición o casi el de ayer mismo han sido recreados siempre con maestría por José Luis Garci, como si fuera el mejor y más aventajado discípulo, en el cine, de sus admirados maestros Pío Baroja y Benito Pérez Galdós, que también amaron Madrid con melancolía.

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03 2011

Para Paco Donate, amigo al que tanto quería

Hace unos pocos meses, escribí unos ‘duendes’ dedicados a mi gran amigo Paco Donate, que en aquel momento se estaba recuperando de una grave enfermedad. Era mi manera de mostrarle mi total apoyo, mi admiración más sincera y mi agradecimiento por tener la inmensa suerte de poder contar con su amistad. Con posterioridad, Paco tuvo una importante recaída, que ya no pudo llegar a superar. Hoy me han comunicado que mi amigo Paco murió ayer. La última vez que charlé con él fue hace unos meses, en una comida a la que asistió igualmente nuestro común amigo y profesor de Filosofía de la UIB Joan Lluís Llinàs. Yo creo que éramos un poco como los tres mosqueteros, aunque muy poco duchos con la espada y salvando las distancias claro, trasplantados dos siglos después de la Francia imperial a la España de nuestros días. Paco y yo también habíamos estudiado la misma carrera universitaria que Joan Lluís, algo que seguramente contribuyó a que muy a menudo pudiéramos tomarnos nuestros respectivos trabajos, regidor de Infraestructures del Ajuntament de Palma y periodista, con un poco de “filosofía”, sobre todo en los momentos más complicados o menos buenos, que también los había de vez en cuando. Un día, a mediados de este mandato, Paco me llamó por razones periodísticas que ahora no vienen al caso, sólo para decirme que estaba orgulloso de tener amigos como yo. En ese instante, se me quebró la voz y ya no pude seguir hablando, porque en realidad era yo quien se sentía profundamente orgulloso de que fuera precisamente él quien, a pesar de mis mil defectos, me considerase amigo suyo. Yo quería y admiraba mucho a Paco, y quizás no se lo dije todas las veces que hubiera sido necesario. Seguramente, casi nunca se lo decimos lo suficiente a todas aquellas personas que queremos y admiramos de verdad, salvo quizás cuando tal vez es ya demasiado tarde. En su preciosísima elegía dedicada a su amigo Ramón Sijé, hay una estrofa concreta de ese gran poema de Miguel Hernández que siempre me ha parecido absolutamente magistral: “No perdono a la muerte enamorada,/ no perdono a la vida desatenta,/ no perdono a la tierra y a la nada”. Pero como persona creyente que soy, en el fondo de mi conciencia, o de mi mente, o de mi alma, hay algo que me dice que también puede llegar a ser posible perdonar a la muerte enamorada, a la vida desatenta, a la tierra e incluso a esa posible nada, que quizás en el fondo no sea tal, sino sólo un breve intervalo entre el sueño de la vida y otro posible sueño, en el que tal vez sea posible poder reencontrarnos con todos los seres que hemos amado, querido o admirado. Por ello, del mismo modo que Miguel Hernández concluía su elegía, quiero concluir estos ‘duendes’ con la esperanza de que tú y yo amigo Paco, amigo honesto, íntegro y bueno, socialista de vieja estirpe y noble carácter, como el gran Julián Besteiro, algún día podamos volver a vernos: “A las aladas almas de las rosas/ de almendra de nata te requiero,/ que tenemos que hablar de muchas cosas,/ compañero del alma, compañero”. En otra vida, seguramente más justa que ésta. Y en otro sueño.

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03 2011

Cuando bailábamos el mambo

Cuando ahora pensamos en un lugar específico en el que poder bailar, solemos pensar casi siempre enseguida en una discoteca, pero recuerdo que no hace aún muchos años había en Palma diversos locales, como por ejemplo el Assai, en donde también era posible bailar y divertirse, o incluso poder cenar o tomar algo. La mayor diferencia entre una discoteca y este tipo concreto de locales solía ser la música que programaban, su decoración interior y la edad de la gente que acudía a ellos, normalmente muy joven en el caso de las discotecas palmesanas y algo más mayor en el de las salas de fiesta. En estos últimos locales, la mayor parte de clientes habituales solían ser personas de entre treinta y tantos y cincuenta y pocos años, normalmente personas solas, sin pareja, separadas, divorciadas, en algunos casos “desengañadas ya de la vida”, como solemos decir coloquialmente, o apenas ya con ilusión por alguna cosa, aunque también era posible encontrar algunas personas mucho más jóvenes, parejas recientes o grupos de amigos o de amigas, más predispuestos a bailar sólo por bailar, y a divertirse únicamente con la música. En mi caso, la verdad es que nunca fui muy asiduo ni de discotecas ni de salas de fiesta, sólo de cafés y de pubs, y las pocas veces que las visité en mis ya remotos años de juventud fue casi siempre por la insistencia de mis amigos. Mientras ellos y yo solíamos permanecer, normalmente, sentados o de pie en un rincón, aburriéndonos con suma serenidad y elegancia, las personas que habían acudido solas buscaban, con frecuencia, algo más… Los hombres, mayoritariamente, iban casi sólo a ver si podían conquistar o intentar seducir a alguna mujer, para pasar una noche -y a veces ni siquiera eso, tan sólo unas pocas horas- con ella, en el domicilio, en la habitación en realidad, de uno de los dos. Y a pesar de estas tan poco prometedoras perspectivas, muchos de esos hombres acababan consiguiendo finalmente su objetivo, sobre todo durante los fines de semana. Bailar era entonces, y seguramente también ahora, una manera de divertirse, y, a la vez, de intentar seducir o de ser seducidos, buscando o soñando quizás también en algunos casos poder encontrar la pasión deseada para toda una vida entera durante unas pocas horas, al ritmo de la música, del mambo, de los boleros, la salsa, el merengue o el pop. Siempre que pienso en el ambiente que solía haber en algunas de esas salas de fiesta viene a mi mente un poema extraordinario del gran poeta José Hierro, Mambo. “Desde el pie hacia la cintura,/ la música alza sus pámpanos/ envolventes. Oleadas/ de sombra ascienden, girando,/ hasta los astros azules,/ naranjas, verdes, dorados”. Entonces, en aquellos ya lejanos años, casi todo el mundo fumaba -y bebía- casi siempre demasiado, y no sólo allí. Ahora, en cambio, no sé muy bien qué debe de ocurrir. A pesar de su título, tan musical y a la vez tan evocador de posibles noches de diversión y de alegría, es este uno de los poemas más tristes y melancólicos que he leído nunca, cuyo espíritu y mensaje esencial se resumen de manera perfecta en su última estrofa, a modo de conclusión. “Cerré los ojos. La música/ encadenada al piano./ Negabais vuestro destino/ después de cantar el gallo./ Y así noche a noche. Así:/ fumando y bailando, Mambo./ Noche a noche así, Dios mío,/ recitando vuestro falso/ papel, hijas mías, lluvia/ de juventud, de verano./ Bailando. Mambo. Riendo./ Mambo. Cantando. Bailando./ Sin un sueño roto que/ valga la pena llorarlo”.

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03 2011

La adoración del pie femenino

Cuando una persona se confiesa como fetichista en mayor o menor grado o cuando lee algún artículo científico sobre esta cuestión, normalmente acaba sintiéndose siempre un poco rara o incluso algo culpable, sobre todo porque no acaba de saber nunca del todo si en el fondo es una especie de “bicho raro” o tal vez incluso algo aún peor, alguien que necesita de forma urgente la ayuda de un buen discípulo o de una buena discípula del gran Sigmund Freud, que muy probablemente es lo que debe de suceder en mi propio caso. Esto último es algo que, además, deben de saber ya muy bien los lectores y las lectoras más fieles de los ‘duendes’, pues cuando el contenido concreto de un determinado artículo lo ha permitido, a lo largo de estos años no han sido infrecuentes las referencias a mi fascinación absoluta por los pies femeninos o por el calzado de tacón de aguja, que, según descubrí en la para mí ya imprescindible Wikipedia, son dos tipos de parafilias distintas, ya que la primera sería en realidad ‘parcialismo’ y la segunda ya sí ‘fetichismo’, por lo que “deben recibir un tratamiento diferenciado por parte de la psicología y la sexología”. Bueno es saberlo, sobre todo para el día en que finalmente acuda al psicoterapeuta y le comente que en lugar de un problema, creo que es muy posible que en realidad tenga como mínimo dos. Las diferentes teorías propuestas hasta ahora para explicar el fetichismo del pie femenino o del calzado de tacón tienen en ocasiones, no obstante, algunos puntos en común, relacionados en mayor o menor medida con el a veces complejo funcionamiento de nuestro cerebro por lo que se refiere a qué es lo que, en determinadas circunstancias o situaciones, puede llegar a despertar en nosotros el interés, la atracción, el deseo o la sexualidad, o por lo que hace referencia a qué podemos llegar a entender como símbolos relacionados de forma directa con el poder, la seducción, la sumisión o el placer. En mi caso concreto, mi cerebro me viene diciendo más o menos desde la adolescencia que, en este contexto en el que estamos hablando ahora, una posible combinación perfecta es la de poder observar -siempre con una gran discreción y respeto, claro- a una mujer portando unas sandalias de altísimo tacón de aguja que dejen al descubierto o permitan entrever la belleza absoluta del tobillo, el empeine, la planta, el talón y los dedos de los pies, sin desmerecer en absoluto, por supuesto, los casos en que se prefiere optar por los stilettos cerrados o por las botas de tacón. Unas medias negras de seda y otros posibles complementos pueden ser también, en este mismo contexto, de una gran ayuda para nuestro parcialista o fetichista -o ambas cosas a la vez- cerebro. Todo ello sin entrar ahora en el ámbito privado de aquellas parejas que tienen la fortuna de compartir ambas parafilias y de disfrutar no sólo acariciando y dejándose acariciar por las manos, sino también por los pies. No quisiera acabar estos ‘duendes’ sin señalar que, por supuesto, una persona no puede ni debe ser reducida nunca a una sola parte de su cuerpo, aunque sea para admirarla, pues una persona es siempre un todo, un ser hecho de cuerpo y alma, y además extremadamente rico y complejo, pero con permiso del gran Sigmund Freud, reclamo mi derecho a seguir siendo, discreta, dichosa y muy respetuosamente, un parcialista y un fetichista modélico.

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03 2011