El deseo

Uno de los poemas para mí más hermosos y serenos del gran Luis Cernuda se encuentra en su libro Los placeres prohibidos y hace referencia al deseo. “No decía palabras,/ acercaba tan sólo un cuerpo interrogante,/ porque ignoraba que el deseo es una pregunta/ cuya respuesta no existe,/ una hoja cuya rama no existe,/ un mundo cuyo cielo no existe”. Prácticamente todos nos hemos preguntado en alguna ocasión por qué nos atrae -en un primer momento en su sentido más físico- una persona y no otra, una persona que podemos haber visto quizás fugazmente en la calle, en una oficina o en el interior de un autobús y que muy posiblemente no volveremos a ver nunca más, o a lo mejor una persona que, en cambio, vemos tal vez cada día, en nuestro trabajo, en nuestro círculo de amistades o en un espacio al que acudimos habitualmente. ¿Acaso lo primero o lo único que nos atrae, al menos inicialmente, es algo tan sencillo o evidente como su posible belleza física, su manera de andar, de bailar o de vestir, su tono de voz o un gesto suyo que nos ha llamado la atención? ¿Es sólo eso? ¿Todo depende, en el fondo, del funcionamiento o de determinadas reacciones químicas de nuestro cerebro? ¿Y el alma? ¿Qué papel juega el alma? ¿Y qué papel juegan el poder de la ternura, de la bondad, de una sonrisa o de una mirada? Es posible que en más de una ocasión nos hayamos preguntado también cómo es posible no sólo desear, sino incluso también llegar a enamorarse o a amar a alguien de quien quizás lo desconocemos todo, de quien en realidad no conocemos nada, ni su vida, ni su carácter, ni su forma de pensar… ni tampoco de desear o de amar. “La angustia se abre paso entre los huesos,/ remonta por las venas/ hasta abrirse en la piel,/ surtidores de sueño/ hechos carne en interrogación vuelta a las nubes”. Buscamos, desde la adolescencia buscamos, sin saber quizás exactamente qué, quizás sólo sentirnos deseados por unos instantes e imaginar, por ello, que ya no estamos solos, aunque luego, si no amamos y a la vez somos amados, quizás estemos más solos y perdidos que nunca. “Un roce al paso,/ una mirada fugaz entre las sombras,/ bastan para que el cuerpo se abra en dos,/ ávido de recibir en sí mismo/ otro cuerpo que sueñe;/ mitad y mitad, sueño y sueño, carne y carne,/ iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo”. ¿A quién deseamos? ¿A quién amamos? ¿A la persona que intuimos igual, próxima o complementaria a nosotros? ¿A la persona que consideramos por completo diferente? ¿Deseamos o amamos tal vez más en la distancia o cuando sabemos que el destinatario de nuestro afecto es imposible o inalcanzable? Pero es que incluso cuando todo parece ir bien, incluso en el mejor de los casos, la persona que deseamos o que amamos ayer, ya no es la misma que amamos hoy o que amaremos mañana, como nosotros no somos tampoco siempre los mismos y vamos igualmente cambiando. Pero aun así, seguimos buscando a ese ser igual a nosotros, igual en figura, igual en amor, igual en deseo. Le buscamos, como hacía el excelente poeta Luis Cernuda, y a veces le encontramos. “Aunque sólo sea una esperanza/ porque el deseo es una pregunta cuya respuesta nadie sabe”.

Acerca del autor

admin

Otras entradas por

Sitio web del autor

27

02 2011

3 Agregá los tuyos ↓

El comentario superior es el más reciente

  1. Tu Admiradora Incondicional #
    1

    Precioso, como todo lo que escribes referente a los sentimientos.

  2. Emejota #
    2

    Me ha gustado mucho este post, josep. Gracias.

  3. postulante a hada #
    3

    Es por mi cuerpo por lo que estoy presente en el mundo y me infiero en él. Repienso mi cuerpo, su significación humana, la corporalidad que nunca se había convertido en definición del hombre. Soy corporal de modo humano, y también corporalmente soy humana, es mi modo de ser.
    Nuestro cerebro, con sus tres capas, conserva la memoria de la evolución, nuestro cuerpo explica la historia de nuestros orígenes y es nuestra unión con el cosmos, a menudo olvidamos eso. Pienso que lo corpóreo no es ajeno al espíritu, es sólo un momento determinado de ese mismo espíritu, que el mismo espíritu, diferenciándolo de sí mismo hace que se manifieste para posibilitar su propio retorno a sí mismo y la realización de su esencia (deseo en y para mi ser). Mi cuerpo implica espíritu, de lo contrario ya no sería humano. Y el deseo está relacionado con el espíritu, no se reduce a pura biología, aunque cierto es, actúe desde esa base y en conexión con ella. Cada uno de nosotros, lo que somos, como somos hace que reduzcamos el deseo a procesos naturales -el `aquí te pillo aquí te mato´- o que busquemos lo más excelso donde el deseo se acompañe de libertad, el conocimiento, la conciencia, la creatividad, los valores, las opciones, etc…