Archivo de febrero, 2011

El deseo

Uno de los poemas para mí más hermosos y serenos del gran Luis Cernuda se encuentra en su libro Los placeres prohibidos y hace referencia al deseo. “No decía palabras,/ acercaba tan sólo un cuerpo interrogante,/ porque ignoraba que el deseo es una pregunta/ cuya respuesta no existe,/ una hoja cuya rama no existe,/ un mundo cuyo cielo no existe”. Prácticamente todos nos hemos preguntado en alguna ocasión por qué nos atrae -en un primer momento en su sentido más físico- una persona y no otra, una persona que podemos haber visto quizás fugazmente en la calle, en una oficina o en el interior de un autobús y que muy posiblemente no volveremos a ver nunca más, o a lo mejor una persona que, en cambio, vemos tal vez cada día, en nuestro trabajo, en nuestro círculo de amistades o en un espacio al que acudimos habitualmente. ¿Acaso lo primero o lo único que nos atrae, al menos inicialmente, es algo tan sencillo o evidente como su posible belleza física, su manera de andar, de bailar o de vestir, su tono de voz o un gesto suyo que nos ha llamado la atención? ¿Es sólo eso? ¿Todo depende, en el fondo, del funcionamiento o de determinadas reacciones químicas de nuestro cerebro? ¿Y el alma? ¿Qué papel juega el alma? ¿Y qué papel juegan el poder de la ternura, de la bondad, de una sonrisa o de una mirada? Es posible que en más de una ocasión nos hayamos preguntado también cómo es posible no sólo desear, sino incluso también llegar a enamorarse o a amar a alguien de quien quizás lo desconocemos todo, de quien en realidad no conocemos nada, ni su vida, ni su carácter, ni su forma de pensar… ni tampoco de desear o de amar. “La angustia se abre paso entre los huesos,/ remonta por las venas/ hasta abrirse en la piel,/ surtidores de sueño/ hechos carne en interrogación vuelta a las nubes”. Buscamos, desde la adolescencia buscamos, sin saber quizás exactamente qué, quizás sólo sentirnos deseados por unos instantes e imaginar, por ello, que ya no estamos solos, aunque luego, si no amamos y a la vez somos amados, quizás estemos más solos y perdidos que nunca. “Un roce al paso,/ una mirada fugaz entre las sombras,/ bastan para que el cuerpo se abra en dos,/ ávido de recibir en sí mismo/ otro cuerpo que sueñe;/ mitad y mitad, sueño y sueño, carne y carne,/ iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo”. ¿A quién deseamos? ¿A quién amamos? ¿A la persona que intuimos igual, próxima o complementaria a nosotros? ¿A la persona que consideramos por completo diferente? ¿Deseamos o amamos tal vez más en la distancia o cuando sabemos que el destinatario de nuestro afecto es imposible o inalcanzable? Pero es que incluso cuando todo parece ir bien, incluso en el mejor de los casos, la persona que deseamos o que amamos ayer, ya no es la misma que amamos hoy o que amaremos mañana, como nosotros no somos tampoco siempre los mismos y vamos igualmente cambiando. Pero aun así, seguimos buscando a ese ser igual a nosotros, igual en figura, igual en amor, igual en deseo. Le buscamos, como hacía el excelente poeta Luis Cernuda, y a veces le encontramos. “Aunque sólo sea una esperanza/ porque el deseo es una pregunta cuya respuesta nadie sabe”.

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02 2011

El placer

Como casi todos somos en el fondo un poco pillines, es posible que si vemos que un artículo o una columna en un diario o en un blog se titula precisamente así, El placer, empecemos la lectura de dicho texto pensando que, muy posiblemente, se hablará de un único tipo de placer, el que algunas personas consideran además que es el placer por antonomasia, el placer sexual, quizás -aunque no sólo- porque ese es el tipo de placer del que, sin duda, más parece hablarse o escribirse desde hace ya algunos años en la mayor parte de medios de comunicación. A veces parece, efectivamente, como si no hubiera otro tipo de placeres, o que, de haberlos, serían en el fondo menos intensos o menos importantes que aquél, algo con lo que seguro que no estarán de acuerdo quienes defienden que existen también, entre otros, el placer de la lectura, el de reflexionar, el de aprender, el que provoca ver una buena película, el placer de la comida -no digamos ya el del chocolate-, el placer de hacer deporte, el de viajar, el de pasear, el de bailar o el de escuchar música, el de descansar, el placer de poder dormir, el de estar en la grata compañía de unos familiares o de unos amigos, el de practicar nuestra afición favorita, el de poder estar tranquilos y en paz con nosotros mismos, o el placer de acariciar y de ser acariciados en una relación en donde hay verdadero amor. La buena salud o la ausencia de dolor pueden ser además -y de hecho son- dos situaciones que contribuyen a que puedan ser realmente efectivos todos los placeres ya citados, a los que podríamos añadir aquellos otros que genéricamente suelen ser denominados como los pequeños placeres de la vida, que yo creo que de hecho podrían llegar a ser considerados como prácticamente infinitos. O casi. Hasta no hace mucho, incluso fumar era un placer, y además “genial” y “sensual”, según nos cantaba nuestra querida Sara Montiel hace ya algunos años, aunque me temo que nuestro querido Gobierno dejó de estar convencido de ello hace ya algún tiempo. Aun así, supongo que nuestro bien amado Ejecutivo sí estará al menos de acuerdo en que un elemento común a casi todos los tipos de placer ya mencionados es el del decisivo papel que juega en la mayor parte de ellos la imaginación, incluido en este caso también el placer sexual, porque es en el reino de la imaginación en donde siempre se pueden hacer realidad todos nuestros sueños, desde nuestras fantasías más secretas hasta nuestros deseos más ocultos, sin que además no haya nada de malo en que en ese reino tan peculiar una persona se sienta atraída por un determinado tipo de belleza, ya sea masculina o femenina, exterior o interior, o en que le fascinen los uniformes que se utilizan en ciertos trabajos, o en que sienta verdadera adoración por unos hermosos pies femeninos y por los tacones de aguja, o en que encuentre a otra persona con la que poder compartir libremente algunas de esas fantasías u otras. Pese a todo lo dicho, el término placer y la búsqueda del mismo han sido, históricamente, dos cuestiones que muy a menudo han estado bajo sospecha o que incluso han sido consideradas directamente como perniciosas o ligadas al pecado. Y sin embargo, el placer, el verdadero placer, creo que sólo es posible encontrarlo en donde estén siempre presentes la inteligencia, la emoción, la creatividad, el equilibrio y el respeto.

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02 2011

Enamorados del mundo, uníos

Nuestra propia experiencia personal suele decirnos que a lo largo de nuestra vida podemos llegar a aguantarlo prácticamente todo o casi todo, desde las mayores adversidades a los más grandes contratiempos, si pensamos que en algún momento de nuestra vida podemos ser recompensados con la presencia del amor muy, muy cerca de nosotros, o directamente ya a nuestro lado. Con el tiempo, nos damos cuenta de que podemos llegar a prescindir de casi todo, incluidas la mayor parte de cosas más o menos materiales, sin que nuestra existencia se resienta lo más mínimo por ello, pero, en cambio, percibimos que no podemos prescindir de ningún modo de los sentimientos ni del amor. En este sentido, podríamos decir que una vez que hemos dejado de dar importancia a todas las cosas materiales de verdad superfluas, yo creo que nos sentimos mucho mejor y más equilibrados, tanto mental como incluso físicamente. Si un día, por ejemplo mañana mismo, nos levantamos, nos mentalizamos a fondo, nos animamos y nos atrevemos a dar ese paso tantas veces postergado de resituar nuestras prioridades, nos daremos cuenta de que podemos alejar de nuestra vida, sin el menor menoscabo de la misma, muchas cosas que ahora nos parecen poco menos que imprescindibles, como los periódicos y los columnistas agrios, los debates políticos del mismo tono, o los familiares o los amigos que son muy, muy pesados o que no nos valoran. Y si además aprendemos a relativizar la mayor parte de nuestros pequeños problemas cotidianos, nuestra vida puede llegar a ser todavía mucho mejor. ¿Que José Luis Rodríguez Zapatero no nos gusta o no nos convence? Pues, nada, paciencia, que en 2012 seguramente llegará Mariano Rajoy, y, a poco que se esfuerce, seguro que nos dará más de una alegría, o incluso a lo mejor más de dos. Siempre deberíamos de confiar en que hay muchas cosas que aunque ahora no vayan bien, dentro de poco tiempo, con el esfuerzo de la mayor parte de nosotros, pueden mejorar. Huyan, por favor, de las personas que siempre parecen estar en contra de todo y de todos o en continua guerra con el mundo. Huyan, por favor, de quienes detrás de su risa o de su sonrisa tienen siempre un rictus de amargura en sus labios, de quienes son incapaces de ver nada bueno ni en nadie, ni en nada, ni en ningún sitio. Y piensen que si ustedes mismos tienen la suerte de estar enamorados y de ser correspondidos, qué quieren que les diga, estoy casi seguro de que incluso mirarán a nuestro querido presidente y pensarán: “Oye, pues podría ser peor”.

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02 2011

En recuerdo del gran John Barry

La magia del cine, la magia de las grandes películas, suele ser siempre el resultado de la suma o la combinación de otras magias, la de la interpretación, la de la dirección, la del guión y el argumento, la de la fotografía, la de la luz de un decorado o de un paisaje, y por supuesto también la de la música, que a veces es capaz de llegar a conseguir tener una vida propia e independiente más allá de la gran pantalla, sobre todo en el caso de las composiciones musicales creadas por los grandes maestros. Uno de ellos fue, sin ninguna duda, el gran John Barry, recientemente desaparecido. Parte de su dilatada y prolífica carrera en el cine estuvo ligada, como es bien sabido, a las películas de James Bond. A Barry le debemos, además, el conocidísimo tema principal, que se ha ido manteniendo, con pequeñas variaciones, a lo largo de los años. De ahí que sea muy difícil pensar en el intrépido agente 007 sin hacerlo también en el autor de temas como ‘Goldfinger’ o ‘Diamantes para la eternidad’. Pero Barry es también, y sobre todo, el autor de algunas de las más bellas y románticas bandas sonoras de toda la historia del cine. De todas las que compuso, la que a mí personalmente más me gusta es la que creó para La calle del adiós, que es quizás también la mejor película del casi siempre interesante aunque a veces algo irregular director Peter Hyams. En La calle del adiós, la música de Barry se adapta de manera perfecta a la historia que se nos va a contar, la de un amor imposible en plena Segunda Guerra Mundial. El romanticismo extremo del tema principal de la película es capaz de transmitirnos, con delicadeza y melancolía, diversas sensaciones y sentimientos ya casi desde su inicio, relacionados todos ellos con la fugacidad y la fragilidad de la vida, el poder del amor, la tristeza que provoca la separación y la distancia, la desolación absoluta, el dolor y la muerte que causa cualquier guerra, la valentía y el heroísmo de los seres anónimos frente al miedo y el terror. Admiro muchísimo otras creaciones suyas como Nacida libre, Cowboy de medianoche, Memorias de Àfrica o Bailando con lobos, pero para mí La calle del adiós sintetiza y compendia de algún modo todas las virtudes de John Barry como compositor, las mismas que le han convertido en uno de los autores más queridos y valorados, y no sólo por quienes aman o amamos la música y el cine.

11

02 2011

Por amor

Las mejores cosas que hacemos en la vida, las que de verdad valen la pena, las hacemos siempre por amor. Las características esenciales del amor no siempre son las mismas, porque no es lo mismo amar a la persona de nuestra vida que a un familiar, o a un amigo, o a alguien desconocido que sufre, o a Dios. Pero para ser verdaderamente amor, este sentimiento debe de incluir siempre, dependiendo de cada caso, al menos alguna o varias de estas condiciones: afecto, ternura, pasión, piedad, dulzura, compasión, empatía, ilusión, esperanza, confianza, sensualidad, tolerancia, vocación, fe, solidaridad, perspicacia, perdón, cariño, comprensión. Así es o debería de ser siempre en la vida real y también en el maravilloso mundo del arte y de la creación. Y aunque seguramente a casi todos nos gustan, qué le vamos a hacer, las canciones, las películas o las poesías tristes o melancólicas, es decir las que hablan sobre todo de desamor, de recuerdos pasados y de nostalgia, hay también momentos o instantes en que seguramente las obras que nos gustan más que nada en este mundo son las que hablan de los amores posibles, de los amores reales, de los amores plenos, de los amores correspondidos. A veces, al sonar los primeros acordes de una canción o al leer los primeros versos de una poesía, nos damos cuenta enseguida de que la persona que la ha compuesto o que la interpreta está enamorada y es dichosa, de que por ese motivo su mundo está lleno de luz y de que su alma se ensancha. Y al escuchar esa misma canción o al recitar esa misma poesía a nosotros nos pasa entonces también un poco igual, porque todos los seres humanos, sin excepción, amamos, o lo hicimos en el pasado o lo haremos en un futuro. Ello no significa que a poco críticos y lúcidos que seamos, no seamos casi todos conscientes de nuestras imperfecciones, de nuestros errores, de nuestras rarezas, de nuestros defectos, de nuestras carencias, de nuestros miedos y temores. Pero creo que a la vez también somos conscientes de que si existe una mínima posibilidad de redención o de salvación en cada uno de nosotros, sólo la puede hacer posible el amor que damos, el que sentimos, el que recibimos, el que vivimos. Sólo el amor que está presente en tantos rincones, en tantas cosas y seres. Sólo el amor incondicional y absoluto. Sólo el amor.

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02 2011

Lo que nos queda por vivir

El título de la última novela de la gran escritora Elvira Lindo, Lo que me queda por vivir, es el que ha inspirado el título de estos ‘duendes’. Lindo se inspiró, a su vez, en un precioso bolero de Omara Portuondo de igual nombre. “Lo que me queda por vivir será en sonrisas,/ porque el dolor ya de mi vida lo he borrado./ Lo que me queda por vivir será entre dichas,/ porque el sufrir que me tocaba lo he agotado”. De este modo tan claro y llamativo empieza esta canción llena de amor, de fe y de esperanza. Y también de un profundo sentido existencial. Salvo contadas y trágicas excepciones, los seres humanos nunca sabemos a ciencia cierta cuánto es el tiempo que nos queda por vivir, ni tampoco cómo será ese tiempo, si bueno o malo, si lleno de plenitud o de soledad, si alegre o triste, aunque a veces podamos tener algunas intuiciones y otras veces recurramos a una vidente o a un futurólogo para poder conocer algo de nuestro mañana o de nuestro destino. “Lo que me queda por vivir será en tus brazos,/ bajo la tibia sensación de tu mirada,/ entre palabras que yo sé que ya se han dicho,/ que tú al decirlas me parecen renovadas”. Este bello bolero y la hermosa novela de Elvira Lindo nos vienen a decir también que por muchos que hayan sido o hayan podido ser nuestros fracasos o nuestros errores, o por muchas que puedan ser en ocasiones nuestras dudas e incertezas, si hay amor en nuestras vidas, todo acaba resultando siempre mucho más fácil y mejor, aunque a veces podamos encontrarnos más o menos condicionados por determinadas circunstancias personales ajenas a ese amor. “Cuánto me queda, yo no sé/ ni me interesa descubrirlo./ Si es mucho o poco, no lo sé,/ sólo me importa que ahora hallé/ lo que era todo mi delirio”. Para las personas que aman y son amadas, cada día compartido es siempre el mejor día del mundo, del mismo modo que para alguien que ha estado enfermo o incluso tal vez a punto de perder la vida no puede haber casi nada mejor que ver de nuevo salir el sol a través del horizonte, y respirar profundamente, y contemplar la belleza del mundo, y saberse y sentirse vivo. “Lo que me queda por vivir está en tus manos,/ está en tu ser, está en tu fe, en tu sonrisa./ Lo que me queda por vivir es sólo el tiempo/ que tú le puedas dedicar a nuestra dicha”. Lo que nos queda por vivir deberían de llenarlo siempre el amor y una dulce mirada compartida.

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02 2011