Archivo de enero, 2011

La caída del imperio duendiano

El pasado 5 de enero por la mañana, mientras paseaba algo aceleradamente por nuestra querida ciudad, tropecé y caí en medio de la calle, con tan mala fortuna que me fracturé el codo izquierdo. Yo no sé en cuántos trozos puede llegar a fracturarse un codo, pero deben de ser, trozo más, trozo menos, los mismos que yo tenía acumulados desordenada y caóticamente en el interior de mi pobre y maltrecho codo. Dos días después, me operaron, pero los resultados no fueron los esperados, por lo que se me comentó que muy posiblemente sería necesaria una segunda intervención, como finalmente así fue. Por decisión mía personal, tras la pérdida de confianza en la primera persona que me operó, opté por buscar el apoyo y la ayuda de otro equipo médico, que fue el que finalmente me operó el lunes de la pasada semana. En esta ocasión, los resultados sí fueron satisfactorios, a pesar de que se trataba de una intervención con varios riesgos añadidos con respecto a la primera. Siempre estaré en deuda con esas personas que me ayudaron en uno de los momentos más difíciles y complicados de mi vida, con Marina, con Miquel, con Javier, siempre estaré en deuda con ellos. De más está decir que, además, me trataron de una forma excepcional a todos los niveles. De todas las sensaciones experimentadas durante esas dos semanas, quizás la más emotiva fue la que paso a detallar a continuación. Minutos antes de ser trasladado al quirófano para el inicio de la segunda intervención, miré durante unos instantes cómo amanecía desde la ventana de la habitación que me había sido asignada. Era un amanecer bellísimo, de esos que seguramente casi nunca llegamos a valorar como debiéramos. Mil ideas pasaron en ese momento por mi cabeza -algunas sin duda un poco tristes-, pero de nuevo pedí ayuda a Dios, como había hecho ya en otras circunstancias complejas o difíciles de mi vida, y Dios me ayudó de nuevo, al igual que, estoy seguro de ello, también mi ángel de la guarda, que conmigo hace desde siempre horas extraordinarias. Hace muchos años, en una crónica navideña, escribí acerca de algunos de los regalos inmateriales que recibimos o que podemos recibir, como por ejemplo, entre otros, “unas palabras de ánimo, una ráfaga de aire frío, un gesto de ternura, un rayo de sol a través de un cielo nublado, un mensaje en el contestador, el instante en que por primera vez presentimos que el amor que sentíamos por alguien era correspondido”. O nuestra propia vida. “El regalo más hermoso. El más inexplicable. Y el más frágil”. Ojalá fuéramos todos siempre plenamente conscientes de que efectivamente es así. O al menos yo lo sentí así horas después de la segunda operación, mientras Palma amanecía de nuevo y yo seguía formando parte de esa belleza, de ese misterio, de ese hermoso sueño.

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01 2011