La magia de Blake Edwards

La mayor parte de nosotros ha visto a lo largo de su vida decenas y decenas y decenas de películas, seguramente miles en realidad, pero el número o el nombre de las que guardamos o podemos guardar en nuestra memoria suele ser siempre relativamente limitado. Si nos preguntasen a cada uno de nosotros cuáles son nuestras películas favoritas y también algunas de las que recordamos con mayor cariño, saldrían, muy posiblemente, nombres muy dispares, pero estoy casi seguro de que entre todos esos nombres saldrían siempre, como mínimo, dos, tres, cuatro o más títulos de Blake Edwards, aun en el caso de que la persona interpelada no recordase en ese instante el nombre exacto del director de aquella película que tanto le entusiasmó, ya fuera Desayuno con diamantes, o Días de vino y rosas, o La pantera rosa, o El guateque, o ¿Víctor o Victoria?, u otros filmes menos conocidos como Chantaje contra una mujer o Dos hombres contra el Oeste. Así que junto a otros grandes directores, seguramente mucho más reconocidos públicamente, Blake Edwards ha sido, en no pocos casos, una de las presencias más constantes y más agradables de nuestro pequeño universo sentimental cinematográfico. Pienso que muy pocos directores más podrían decir lo mismo. Quizás le faltó, es cierto, algo de la genialidad de maestros como Billy Wilder, Howard Hawks o Alfred Hitchcock, entre otros, de ahí que, salvo quizás en El guateque, que es una auténtica obra maestra, seguramente no llegase a filmar ninguna película realmente redonda al 100 por cien. Pero todas y cada una de las películas que rodó hasta principios de los años ochenta tenían siempre magia, es decir, momentos que se quedan ya para siempre guardados en la memoria de cada persona que ha tenido la suerte de poder observarlos. Por eso, aunque haga mucho tiempo que no hayamos podido volver a ver tal o cual película suya, nos resulta siempre tan fácil poder recordar muchos instantes de Desayuno con diamantes, incluidos sus bellísimos inicio y final, o el progresivo desenfreno cómico de El guateque, o el nacimiento de la historia de amor entre Jack Lemmon y Lee Remick en Días de vino y rosas, o las continuas tribulaciones de Julie Andrews en ¿Víctor o Victoria?. Otra circunstancia que podríamos quizás también destacar es que la mayor parte de los protagonistas de sus películas de los años sesenta y setenta tenían, normalmente, un cierto halo de “perdedores”, ya fuera en sus comedias más sofisticadas o en las más surrealistas, y también en los melodramas que rodó con gran convicción o en los filmes policiacos que también hizo suyos. Para reforzar esa sensación última de profunda melancolía, Blake Edwards contó de forma habitual con la colaboración del maestro de maestros Henry Mancini, autor de temas que ya formarán parte para siempre de la historia del cine y también de nuestras propias vidas como Moon river, Days of wine and roses, Nothing to lose Crazy world . Mancini y Edwards ya no están, pero siempre nos quedarán su magia, su música y sus películas.

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12 2010

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