Dos ofertas que sí pude rechazar

En estos tiempos de crisis y de incertidumbre, de tristeza casi generalizada y de depresión, creo que una de las cosas que más agradecemos es tener los mínimos contratiempos diarios posibles. Es como si en lo más profundo de nuestra mente, casi todos pensáramos, incluidos también agnósticos y ateos, “¡Virgencita, que me quede como estoy!”. Uno de los factores que más pueden contribuir a nuestra estabilidad anímica y emocional o, en cambio, a alterarnos el ánimo de manera más o menos significativa, son las llamadas telefónicas que recibimos a lo largo del día. Si cuando suena el teléfono, al otro lado del hilo telefónico o de las ondas electromagnéticas escuchamos la voz de una persona amiga, de un familiar que nos quiere o de la persona de nuestros sueños, solemos sentir entonces una alegría casi indescriptible, como si más que una llamada hubiéramos recibido en realidad un regalo, un regalo inesperado y profundamente deseado al mismo tiempo. Por desgracia, llamadas de ese tipo solemos recibir hoy en día muy pocas, y en algunos casos es posible que directamente ninguna, mientras que hay otro tipo de llamadas, las de carácter comercial, que, también por desgracia, se han ido generalizando de manera progresiva en nuestro país, hasta llegar a agobiarnos casi por completo en algunos casos. Raro es el día o el mediodía es que no nos llama alguien para intentar convencernos, a veces rayando ya en la agresividad verbal, de que cambiemos de compañía telefónica o de que sigamos con la misma de siempre. El objetivo básico y esencial de cada una de esas llamadas se podría resumir con la frase más célebre de Vito Corleone (el gran Marlon Brando) en El padrino: “Le haré una oferta que no podrá rechazar”. Pero lo cierto es que aunque rechacemos dicha oferta desde el primer instante, nuestro interlocutor o interlocutora no suele darse nunca por aludido o aludida, e insiste una y otra vez, hasta que, muy amablemente, nosotros anunciamos que vamos a colgar. Ayer mismo, ante mi negativa radical a cambiar de operador telefónico, la persona que me llamó me dijo, textualmente: “Entonces, ¿prefiere vivir usted instalado en la mediocridad?”. Eso me dijo. Increíble, pero cierto. Instantes después, y tras despedirme, colgué. Unos minutos más tarde, me llamó una persona de un club de lectura y de coleccionismo que no tenía el gusto de conocer para decirme que me iban a obsequiar con tres regalos “completamente gratuitos”, por los que, no obstante, tendría que pagar diez euros. Muy amablemente, decliné su ofrecimiento y me quedé sin esos “regalos”. Con todo, procuro no disgustarme nunca con este tipo de llamadas, porque siempre pienso que las personas que las hacen suelen estar, salvo excepciones, muy mal pagadas, además de trabajar en unas condiciones laborales impropias del siglo XXI. A veces, he llegado a pensar que incluso es posible que la misma persona que por la mañana alaba y defiende las excelencias tarifarias de la compañía telefónica “A”, por la tarde se vea obligada a hacer lo mismo con las de la compañía telefónica “B”, para intentar poder llegar así a fin de mes. Todo ello, mientras, tal vez, lo único que en verdad anhele sea poder hablar algún día por teléfono tranquilamente con una persona amiga, con un familiar que le quiera o con la persona de sus sueños. De todos sus sueños.

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12 2010

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  1. focus #
    1

    Pués mira José Maria, yo estoy igual que tú, raro es el día que no me llaman desde alguna parte del mundo un teleoperador/a de Jazztel para ofrecerme siempre las mismas ofertas,parecen robots y no humanos,siempre la misma historia el caso es que un día me pondré en serio a grabarlos y cuando lleve bastantes minutos le pondré una denuncia a esa compañía por acoso,porque el caso es que llega un momento que uno deja de ser tan tolerante y compresivo con el prójimo se termina la paciencia y se cruzan los cables con el consiguiente resultado.
    un saludo

  2. Marian #
    2

    Intentamos tener paciencia porque pensamos que al fin y al cabo son personas que están trabajando para ganarse el sustento, pero qué pasa con la tranquilidad que todos merecemos tener en nuestro hogar?