Archivo de diciembre, 2010

¿Mariano Rajoy? Yes, he can

Hemos de reconocer que nuestro querido líder de la oposición, Mariano Rajoy, normalmente suele hablar más bien poco, sobre todo si lo comparamos con determinados dirigentes del PSOE o de su propio partido, pero eso es algo que, lejos de molestarnos a sus admiradores sinceros, yo creo que mayoritariamente agradecemos mucho. No hay nada como los ya famosos silencios de Rajoy para al menos descansar un poco de la ira furiosa y del tono apocalíptico que utilizan diariamente determinados tertulianos, columnistas y políticos, que, por cierto, no acabo de entender por qué están siempre tan malhumorados, sobre todo teniendo en cuenta que hace ya muchos años que no tienen el más mínimo problema para llegar muy holgadamente a fin de mes, a diferencia de lo que le suele ocurrir a la inmensa mayoría de españoles, sea cual sea su ideología. Pero volvamos de nuevo al principio. Mariano Rajoy muy rara vez suele pronunciarse con rotundidad cuando se le interpela sobre determinados asuntos, pero cuando por fin se decide a hablar, no suele dejar nunca ninguna duda sobre lo que realmente quiere o piensa. Desde que hace unas pocas semanas empezaron las especulaciones sobre si nuestro querido presidente, José Luis Rodríguez Zapatero, volverá a presentarse o no como candidato en 2012, se habían venido haciendo diversos análisis sobre qué sería mejor para el PP y para Rajoy, sin que hasta ahora se hubiera llegado a ninguna conclusión definitiva. Pues bien, el bueno de Mariano dijo ayer que se ve perfectamente capaz de ganar las próximas elecciones con independencia de cuál sea finalmente el candidato socialista, ya sea Zapatero, Alfredo Pérez Rubalcaba, José Blanco o Carme Chacón. Esa seguridad en uno mismo solo puede mostrarla quien antes ha tenido que hacer frente a todo tipo de conspiraciones y de adversidades, y la verdad es que Rajoy ha tenido que hacer frente a muchas, empezando por las críticas despiadadas de los medios “amigos” contra él y continuando por los problemas habidos en su propio partido, porque cuando los suyos no le han dado disgustos en Madrid, se los han dado en la Comunidad Valenciana, o en Baleares, o en Asturias, o en Castilla y León. Decía Camilo José Cela que en nuestro país “quien resiste gana”. En la misma línea de este lenguaje metafórico de supervivencia, hay en castellano una expresión muy popular que a mí me gusta mucho por lo que supone de confianza y de motivación: “Tú puedes”. Vendría a ser, en cierto modo, como la versión española del famosísimo “Yes, we can” (“Sí, podemos”) de nuestro querido presidente norteamericano, Barack Obama. Así que si alguien me preguntase ahora si confío en Mariano Rajoy como candidato y también como hipotético futuro presidente del Gobierno, le diría que por supuesto que confío. Yes, he can.

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12 2010

El Año Nuevo

Entre las distintas celebraciones de estos días, me quedaría siempre con la Nochebuena y la Navidad, y también con la noche de Reyes. En cambio, debo de reconocer que mi relación con la Nochevieja ha sido desde siempre un poco conflictiva y extraña. De todas las celebraciones del año, es quizás esta última la que me produce desde niño una mayor sensación de melancolía, sensación que estoy seguro de que comparten muchísimas personas más, y no sólo en nuestro país. Pienso ahora en todas aquellas personas que en Gran Bretaña o en Estados Unidos cantan cada Nochevieja Auld Lang Syne, por ejemplo en Times Square de Nueva York, mientras miles de fuegos artificiales iluminan la ciudad. En esa hermosísima canción se brinda, en realidad, por los viejos tiempos, por los tiempos ya vividos, no por los que en breve vendrán, aunque en el fondo haya también implícito en ese tema un mensaje de solidaridad y de esperanza. En Auld Lang Syne se brinda sobre todo por los tiempos en que fuimos jóvenes, en que quizás amamos o tal vez no, por los tiempos en que tuvimos amigos y en que fuimos descubriendo poco a poco las alegrías o los sinsabores de la vida, de nuestras propias vidas. La letra me parece no sólo muy bella, sino también muy oportuna para ser cantada en la última noche del año, porque, en realidad, nunca sabemos cómo serán los 365 -o 366- días que en principio tenemos siempre ante sí, aunque momentos antes de la llegada del nuevo año hayamos expresado de corazón nuestros deseos de que sea el mejor año posible. Para algunas personas, 2011 sin duda sí lo será, y seguro que también lo serán muchos de los años que vendrán a continuación, pero es imposible no recordar ahora a todas aquellas personas que celebraron la llegada de 2010 o de los años anteriores y que no se encuentran ya entre nosotros, o a aquellas otras personas que han vivido unos últimos años realmente muy, muy malos, a todos los niveles. En realidad, más que celebrar únicamente la llegada del Año Nuevo, que también, deberíamos de celebrar siempre la llegada de cada nuevo día que vivimos, de cada día que estamos en el mundo, aunque sea simplemente para soñar un futuro algo menos incierto, para recordar o para brindar por los buenos viejos tiempos.

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12 2010

Navidad, es Navidad

Esta noche, he entrado en Youtube y he escuchado varias veces uno de los temas que más me gusta escuchar siempre durante estas fechas -aunque no sólo en ellas-, Canción para la Navidad, una de las composiciones más hermosas y más profundamente melancólicas de José Luis Perales, uno de mis cantautores favoritos. Desde hace algunos años, cada Nochebuena me gusta escuchar todas aquellas canciones que, de alguna forma, nos recuerdan qué celebramos: la llegada al mundo de quien un día, con su sacrificio, nos rescataría de nosotros mismos, o quizás sería mejor decir de lo peor de nosotros mismos. El nacimiento de Jesús supondría, con el tiempo, el nacimiento y la consolidación de un nuevo tipo de esperanza. La esperanza en la perduración de todas aquellas cosas que valen la pena, de todas aquellas cosas que valieron la pena ser vividas. La Nochebuena es la fecha simbólica del inicio de todo ello y también de mucho más, pero es también una noche muy especial para todas las personas de mi generación, porque cada año suelen volver, casi siempre sin darnos cuenta, viejos recuerdos en blanco y negro de la infancia, como los villancicos, las canciones de Raphael o de José Luis Perales, las canciones de Navidad de otros países y de otras latitudes, el frío intenso, los paisajes nevados, las calles de Palma o de otras ciudades completamente iluminadas, las compras, los especiales de fin de año que veíamos en Televisión Española, el chocolate y las ensaimadas que comía con mi familia cada Nochebuena y cada Nochevieja, las bellas postales manuscritas que enviábamos y que recibíamos, y que nos llenaban de felicidad, las cartas a los Reyes Magos, los regalos, el scalextric que no llegué nunca a conseguir… Hasta que un día, de una forma casi imperceptible, la Navidad pasó a ser ya en color, y yo creo que fue justo en ese momento cuando, seguramente, empezamos a darnos cuenta de una manera muy clara y diáfana de lo que de verdad significaba el paso del tiempo y de los años, y de nosotros con ellos. De este modo, poco a poco y luego cada vez más y más rápido, empezaron a quedar ya atrás los años de juventud, aunque debo de reconocer que fueron unos años en que cuando salí en Nochebuena o en Nochevieja acabé aburriéndome siempre muchísimo. Cosas del carácter. Pero hoy, esta noche, lo que importa es otra cosa. “Navidad, es Navidad./ Toda la Tierra se alegra./ Y se entristece la mar./ Marinero, ¿a dónde vas?/ Deja tus redes y reza./ Mira la estrella pasar./ Marinero, marinero,/ haz en tu barca un altar./ Marinero, marinero,/ porque llegó Navidad”.

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12 2010

El primer amor

Cerca de la entrada de un instituto de enseñanza secundaria de Ciutat, dos adolescentes de unos 14 años -una chica y un chico- mantenían hoy una muy interesante conversación acerca de los sentimientos amorosos de una persona que en esos momentos no se encontraba presente. “A Laura tú le gustas”, afirmaba la chica citada con convicción y rotundidad, mientras que el chico replicaba, algo desanimado, “no, no le gusto”. Tras un breve silencio, la joven volvió a insistir, “que sí, que sí le gustas, de verdad”, mientras el joven siguió con su melancólico escepticismo, “que no, que no le gusto”. Seguramente, la conversación debió de continuar todavía un rato más, pero no pude llegar a averiguar si, finalmente, el chico había acabado convenciéndose de la sinceridad de los sentimientos de Laura hacia él. En principio, no parecía que fuera a ser el suyo un amor tan desgraciado y triste como el de los dos adolescentes más famosos de la historia de la literatura universal, Romeo y Julieta, pero se veía que el chico no lo estaba pasando demasiado bien. Seguro que además debía de pesar en él un poco de ansiedad añadida por la proximidad de las vacaciones de Navidad, por la incertidumbre de no saber si podrá quedar o no con su amada Laura para poder verse algún día durante estas fiestas, o por la preocupación de que quizás pueda conocer a alguien en las celebraciones de Nochevieja y de Año Nuevo. En la adolescencia, suele haber casi siempre una gran urgencia para intentar resolver cuanto antes los enigmas afectivos y amorosos que puedan estar preocupándole a uno en ese momento, como si el tiempo o el mundo se fuesen a acabar de un momento a otro. Esos enigmas son los que hacen que uno duerma mal, o no preste mucha atención en clase, o esté algo más ensimismado que de costumbre cuando se encuentra con su grupo de amigos. En esos instantes, suele agradecerse de una manera muy especial la intervención de algún mediador o de alguna mediadora, como por ejemplo la amiga de Laura ayer, intentando que ese amor adolescente pueda llegar finalmente a buen puerto. A veces suele decirse que nunca se vuelve a estar tan enamorado, con la misma ilusión y la misma fe, que cuando uno siente nacer dentro de sí ese primer amor, y sin duda hay ocasiones en que ocurre así, pero en otras creo que hay personas adultas que se enamoran con la misma ilusión de la adolescencia, ya sea con treinta, cuarenta, cincuenta o más años. Porque cuando nos enamoramos de verdad, yo creo que sentimos muy parecidas emociones, o incluso quizás exactamente las mismas, que las experimentadas en la caótica adolescencia, en ese primer amor.

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12 2010

La magia de Blake Edwards

La mayor parte de nosotros ha visto a lo largo de su vida decenas y decenas y decenas de películas, seguramente miles en realidad, pero el número o el nombre de las que guardamos o podemos guardar en nuestra memoria suele ser siempre relativamente limitado. Si nos preguntasen a cada uno de nosotros cuáles son nuestras películas favoritas y también algunas de las que recordamos con mayor cariño, saldrían, muy posiblemente, nombres muy dispares, pero estoy casi seguro de que entre todos esos nombres saldrían siempre, como mínimo, dos, tres, cuatro o más títulos de Blake Edwards, aun en el caso de que la persona interpelada no recordase en ese instante el nombre exacto del director de aquella película que tanto le entusiasmó, ya fuera Desayuno con diamantes, o Días de vino y rosas, o La pantera rosa, o El guateque, o ¿Víctor o Victoria?, u otros filmes menos conocidos como Chantaje contra una mujer o Dos hombres contra el Oeste. Así que junto a otros grandes directores, seguramente mucho más reconocidos públicamente, Blake Edwards ha sido, en no pocos casos, una de las presencias más constantes y más agradables de nuestro pequeño universo sentimental cinematográfico. Pienso que muy pocos directores más podrían decir lo mismo. Quizás le faltó, es cierto, algo de la genialidad de maestros como Billy Wilder, Howard Hawks o Alfred Hitchcock, entre otros, de ahí que, salvo quizás en El guateque, que es una auténtica obra maestra, seguramente no llegase a filmar ninguna película realmente redonda al 100 por cien. Pero todas y cada una de las películas que rodó hasta principios de los años ochenta tenían siempre magia, es decir, momentos que se quedan ya para siempre guardados en la memoria de cada persona que ha tenido la suerte de poder observarlos. Por eso, aunque haga mucho tiempo que no hayamos podido volver a ver tal o cual película suya, nos resulta siempre tan fácil poder recordar muchos instantes de Desayuno con diamantes, incluidos sus bellísimos inicio y final, o el progresivo desenfreno cómico de El guateque, o el nacimiento de la historia de amor entre Jack Lemmon y Lee Remick en Días de vino y rosas, o las continuas tribulaciones de Julie Andrews en ¿Víctor o Victoria?. Otra circunstancia que podríamos quizás también destacar es que la mayor parte de los protagonistas de sus películas de los años sesenta y setenta tenían, normalmente, un cierto halo de “perdedores”, ya fuera en sus comedias más sofisticadas o en las más surrealistas, y también en los melodramas que rodó con gran convicción o en los filmes policiacos que también hizo suyos. Para reforzar esa sensación última de profunda melancolía, Blake Edwards contó de forma habitual con la colaboración del maestro de maestros Henry Mancini, autor de temas que ya formarán parte para siempre de la historia del cine y también de nuestras propias vidas como Moon river, Days of wine and roses, Nothing to lose Crazy world . Mancini y Edwards ya no están, pero siempre nos quedarán su magia, su música y sus películas.

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12 2010

Que nieve, que nieve

Cuando éramos niños, solíamos cantar una canción muy divertida para reclamar la aparición y presencia de la lluvia, sobre todo si así podíamos evitar ir al colegio o presentarnos a un examen, normalmente de Matemáticas. La letra de esa canción variaba un poco dependiendo de la versión que nos hubieran enseñado. La que yo aprendí decía: “Que llueva, que llueva,/ la Virgen de la Cueva./ Los pajaritos cantan,/ las nubes se levantan./ ¡Que sí, que no,/ que caiga un chaparrón,/ y rompa los cristales/ de la estación!”. El final de la canción tenía, como puede observarse, un punto un poquito gamberrete, aunque estoy casi seguro de que era más por cuestiones de métrica y de rima que no por querer crear realmente un pequeño estropicio en la abstracta estación a la que se hacía referencia. Esa curiosa querencia por la lluvia, yo creo que en muchos casos no llega a desaparecer nunca del todo, ni siquiera al llegar a la edad adulta, sobre todo si nuestro carácter es marcada o esencialmente reservado y melancólico. Estamos hablando de una lluvia sosegada y tranquila aun en forma de chaparrón, la que percibimos a veces al despertarnos, la que no nos impide poder pasear aunque no llevemos chubasquero o paraguas, la que al ser contemplada a través de un cristal contribuye a que pueda aflorar con mayor facilidad ese pequeño filósofo metafísico que casi todos llevamos dentro. Hay otras canciones infantiles en las que también aparece la lluvia, como por ejemplo El patio de mi casa. En cambio, canciones infantiles específicas referidas a la nieve creo que, en principio, no debe de haber muchas, al menos en nuestro país, aunque sí es verdad que hay villancicos que nos hablan con cariño y afecto de ella, como Blanca Navidad. Una Navidad así es la que casi todos alguna vez hemos soñado. Por eso, cada vez que en diciembre nos anuncian por la televisión o en los diarios que en Palma podría nevar al menos un poco, sentimos una alegría muy especial. ¿Por qué nos gusta la nieve? Hace unos meses, en febrero, en uno de los primeros ‘duendes’ escritos y publicados en este blog, La nieve silenciosa, expuse los posibles motivos:  “Yo creo que la nieve, cuando nos gusta, nos gusta por muchas razones, porque es silenciosa, y porque tiene también algo de misterio, y porque es blanca, y porque nos recuerda a la vez el paso de las estaciones y del tiempo. La nieve nos gusta porque nos suele recordar la Navidad, una Navidad blanca que quizás nunca vivimos y que tal vez sólo conocimos a través de nuestro belén o del cine y la televisión. Nos gusta la nieve porque sabemos que gusta igualmente a los niños y las niñas, porque nos gustaba también a nosotros cuando éramos unos chiquillos. Nos gusta la nieve porque mientras la vemos caer, a veces nos sentimos casi igual como si en ese preciso instante estuviéramos escuchando una hermosa melodía romántica en un piano, en un “chelo” o en un violín, pensando quizás en nuestras propias vidas, y en las cosas que pasan y en las que quedan, y en las cosas que tienen un principio y en las que tienen también un fin”. Por eso nos gusta poder ver nevar, y a ser posible, ay, en diciembre. Por eso, en nuestro interior llevamos ya casi dos días pensando, o pidiendo quizás de forma silenciosa, “por favor, que nieve, que nieve”.

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12 2010

Dos ofertas que sí pude rechazar

En estos tiempos de crisis y de incertidumbre, de tristeza casi generalizada y de depresión, creo que una de las cosas que más agradecemos es tener los mínimos contratiempos diarios posibles. Es como si en lo más profundo de nuestra mente, casi todos pensáramos, incluidos también agnósticos y ateos, “¡Virgencita, que me quede como estoy!”. Uno de los factores que más pueden contribuir a nuestra estabilidad anímica y emocional o, en cambio, a alterarnos el ánimo de manera más o menos significativa, son las llamadas telefónicas que recibimos a lo largo del día. Si cuando suena el teléfono, al otro lado del hilo telefónico o de las ondas electromagnéticas escuchamos la voz de una persona amiga, de un familiar que nos quiere o de la persona de nuestros sueños, solemos sentir entonces una alegría casi indescriptible, como si más que una llamada hubiéramos recibido en realidad un regalo, un regalo inesperado y profundamente deseado al mismo tiempo. Por desgracia, llamadas de ese tipo solemos recibir hoy en día muy pocas, y en algunos casos es posible que directamente ninguna, mientras que hay otro tipo de llamadas, las de carácter comercial, que, también por desgracia, se han ido generalizando de manera progresiva en nuestro país, hasta llegar a agobiarnos casi por completo en algunos casos. Raro es el día o el mediodía es que no nos llama alguien para intentar convencernos, a veces rayando ya en la agresividad verbal, de que cambiemos de compañía telefónica o de que sigamos con la misma de siempre. El objetivo básico y esencial de cada una de esas llamadas se podría resumir con la frase más célebre de Vito Corleone (el gran Marlon Brando) en El padrino: “Le haré una oferta que no podrá rechazar”. Pero lo cierto es que aunque rechacemos dicha oferta desde el primer instante, nuestro interlocutor o interlocutora no suele darse nunca por aludido o aludida, e insiste una y otra vez, hasta que, muy amablemente, nosotros anunciamos que vamos a colgar. Ayer mismo, ante mi negativa radical a cambiar de operador telefónico, la persona que me llamó me dijo, textualmente: “Entonces, ¿prefiere vivir usted instalado en la mediocridad?”. Eso me dijo. Increíble, pero cierto. Instantes después, y tras despedirme, colgué. Unos minutos más tarde, me llamó una persona de un club de lectura y de coleccionismo que no tenía el gusto de conocer para decirme que me iban a obsequiar con tres regalos “completamente gratuitos”, por los que, no obstante, tendría que pagar diez euros. Muy amablemente, decliné su ofrecimiento y me quedé sin esos “regalos”. Con todo, procuro no disgustarme nunca con este tipo de llamadas, porque siempre pienso que las personas que las hacen suelen estar, salvo excepciones, muy mal pagadas, además de trabajar en unas condiciones laborales impropias del siglo XXI. A veces, he llegado a pensar que incluso es posible que la misma persona que por la mañana alaba y defiende las excelencias tarifarias de la compañía telefónica “A”, por la tarde se vea obligada a hacer lo mismo con las de la compañía telefónica “B”, para intentar poder llegar así a fin de mes. Todo ello, mientras, tal vez, lo único que en verdad anhele sea poder hablar algún día por teléfono tranquilamente con una persona amiga, con un familiar que le quiera o con la persona de sus sueños. De todos sus sueños.

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12 2010

La luz del amanecer

La luz del amanecer suele ser a veces la señal que indica a los amantes de la noche, a los bohemios, a los trasnochadores, a los jóvenes que unas horas antes salieron con la intención de divertirse o de enamorarse, que quizás haya llegado ya el momento, por el momento, de retirarse a dormir y a descansar. Para otras personas, la luz del amanecer suele coincidir casi siempre, en cambio, con el instante en que se despiertan o en que deberían de despertarse para poder llegar a tiempo a su lugar de trabajo o para poder llevar a cabo todas las actividades que tienen programadas a lo largo de la jornada que acaba de iniciarse. Todas las ciudades del mundo parecen despertarse y desperezarse también con la luz del amanecer. ¡Quién no ha soñado alguna vez con poder estar en esa hora mágica del día en la ciudad mágica con la que siempre ha soñado! Es esa misma luz, la del amanecer, la que desean compartir juntos algunos amantes, mientras se besan, o se acarician, o se abrazan, o se dan mutuo calor. Aunque no siempre es así. La luz del amanecer resulta a veces molesta para quienes han pasado una nueva noche en blanco, porque les recuerda que un día más tampoco han podido dormir, por la soledad, por la angustia o por el dolor, y resulta también molesta para quienes tienen una excesiva sensibilidad hacia la luz, hacia cualquier tipo de luz, o para quienes necesitan que el espacio en donde se hallan se encuentre completamente a oscuras. Otras veces, por fortuna, quien ve llegar la luz del amanecer siente una alegría muy profunda y muy especial, porque mientras observa o siente esa luz sobre su rostro y sobre su cuerpo, es consciente de que ha podido derrotar de nuevo, una vez más, a todos sus demonios interiores, hechos casi siempre de miedos, de obsesiones, de culpabilidades que carecen de un fundamento real, de sinsentidos. Y aunque sea en completo silencio o sin mover apenas los labios, no pocas personas dan entonces gracias a Dios, o lloran por la profunda emoción que sienten, mientras ven cómo va amaneciendo poco a poco y cómo su ciudad se va llenando, a veces casi imperceptiblemente, de la luz, de la vida y de la esperanza del amanecer. De cada amanecer.

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12 2010