‘Plácido’ y Berlanga, o lo mejor de lo mejor

Si a lo largo de su vida Luis García Berlanga hubiera rodado únicamente esa obra maestra absoluta que sin duda es Plácido, merecería ya sólo por ello formar parte de la historia del cine, pero no sólo del cine español, sino también mundial, al mismo nivel que los más grandes maestros del séptimo arte. Pero por fortuna para nosotros y para el cine, rodó muchas películas más, antes y después, como Esa pareja feliz -junto a Juan Antonio Bardem-, Bienvenido, míster Marshall, El verdugo, La escopeta nacional o La vaquilla, entre otras películas igualmente maravillosas. La clara predilección que la mayor parte de ‘berlanguianos’ -como es mi caso- y de ‘no berlanguianos’ sentimos por Plácido, nace de la maestría con que está escrita, rodada e interpretada, con un reparto en estado de gracia al completo, así como de la profunda melancolía que emana de una historia que nos es presentada en forma de comedia, y de la ternura y la compasión que el director muestra por los personajes más desvalidos de la misma. Pero hay algo más. Si con cada nueva visión de Plácido podemos seguir disfrutando igual que la primera vez que la vimos, es no sólo por todas esas grandes virtudes ya citadas, sino seguramente también porque todavía hoy sigue siendo aún de una vigencia absoluta, porque pese a los grandes cambios políticos, económicos y sociales habidos en nuestro país desde 1961, quizás en el fondo nunca hemos dejado de ser del todo ese país en blanco y negro, abonado a la picaresca y a las falsas apariencias, que Berlanga retratara tan prodigiosamente hace ya casi medio siglo. De alguna forma, tantos años después, cada Nochebuena hay en cada ciudad española uno o más Plácidos que tienen que pagar sin falta una letra para que no les quiten su motocarro, su único medio de vida, aunque hoy no haya ya ni motocarros ni letras que pagar, sino empresas familiares que apenas pueden salir adelante y deudas que se tienen que abonar lo antes posible a Hacienda. De alguna forma, tantos años después, cada Navidad hay en cada ciudad española una o varias campañas muy semejantes a aquella de ‘Siente un pobre a su mesa’, sólo que con otros patrocinadores y apoyadas ahora al mismo tiempo por las antiguas y por las nuevas clases pudientes. Y además, todavía ahora muchos de nosotros nos seguimos quedando, como le ocurría al desdichado Cassen y a su familia, sin una pequeña cesta de Navidad. Hace unas pocas semanas moría Manuel Alexandre y ahora lo acaba de hacer Luis García Berlanga, dos de los mejores y más grandes representantes de una época irrepetible del cine español, no porque ahora no haya grandes talentos en el campo de la interpretación o de la dirección cinematográfica, sino porque talentos como los suyos florecieron y arraigaron en un país que entonces, y no sé sí quizás aun todavía ahora, tenía una cierta tendencia a despreciar, o a no reconocer, o a poner todo tipo de trabas a lo mejor. O, como en el caso de Berlanga y de Plácido, a lo mejor de lo mejor.

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11 2010

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