Felicidad y dolor

Hace unas pocas semanas, mientras estaba haciendo zapping, tuve la suerte de poder encontrar -y de ver- un muy buen debate en el programa Millennium, del Canal 33, bajo el epígrafe de ‘Felicidad y dolor’. Una vez más, ver este programa fue para mí una delicia, y representó, de nuevo, un ejemplo de cómo deberían de ser siempre los debates en televisión: interesantes y respetuosos al mismo tiempo. En esta ocasión, los invitados fueron los profesores Josep Maria Terricabras, Begoña Román y Teresa Guardans, y el doctor Rogeli Armengol, moderados todos ellos, con su habitual maestría, por Ramon Colom. Durante el transcurso del debate, los contertulios estuvieron en desacuerdo en distintas ocasiones, pero ello no supuso ningún obstáculo para que el programa estuviera marcado desde el inicio hasta su conclusión por la cordialidad e incluso por una cierta complementariedad entre varias de las distintas opiniones expresadas. Teresa Guardans defendió la necesidad de mirar hacia nuestro propio interior para intentar ser felices. En este sentido, señaló que deberíamos de maravillarnos con mayor frecuencia del hecho mismo de estar aquí, de vivir, de la circunstancia de nuestra propia existencia, si bien también reconoció que hay situaciones de dolor -sobre todo las más extremas- en que es muy difícil poder hacer pie, en que cualquier ser humano se puede sentir desbordado y sobrepasado por completo. Por otra parte, Guardans consideró esencial que intentemos salir de la “rueda” de falsas necesidades y de continuos deseos, de expectativas excesivas, que tan habituales son hoy en día en nuestra sociedad, porque únicamente pueden conducirnos a un estado de angustia constante.  Por su parte, Josep Maria Terricabras indicó que podemos llegar a tener la percepción de que hemos sido felices si al hacer una valoración sobre un periodo concreto de nuestra vida, en el cual puede haber habido dolor, hacemos un juicio positivo de ese periodo. Aun así, Begoña Román afirmó que, de una u otra forma, un cierto grado de infelicidad está siempre asegurado en nuestras propias vidas, aunque sólo sea porque nunca solemos estar a la altura de las metas que nos hemos fijado o de la imagen idealizada que quizás tenemos de nosotros mismos. Con todo, cuando el hecho mismo de vivir nos gusta, esa circunstancia puede constatarse en un deseo continuado de seguir queriendo estar aquí. Finalmente, Rogeli Armengol señaló que el dolor nunca vale la pena, si bien reconoció que cada uno de nosotros no tiene más remedio que soportarlo en algún momento de su vida. Al mismo tiempo, defendió la sencillez a la hora de vivir, que se podría sintentizar en la expresión “estar en el mundo, pero no estar pendiente del mundo”, es decir, no pedir demasiado a la vida ni tampoco pedir ser amados. Para Armengol, es necesario que aprendamos a amarnos, pues la pretensión de ser admirados o apreciados nos conduce de forma inevitable a la amargura. Todas estas opiniones me parecieron merecedoras de ser tenidas muy en cuenta, y en especial una del propio Armengol, cuando dijo que la felicidad es no tener dolor y que la moralidad es no causarlo. O, dicho de otro modo, la felicidad sería así no sufrir demasiado.

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11 2010

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