Archivo de noviembre, 2010

Hablar del tiempo

Durante décadas, yo diría que incluso durante siglos, hablar del tiempo fue un recurso ideal para poder hablar de algo, bien con un desconocido o bien con alguien con quien no se tuviera excesiva confianza, cuando en realidad no se quería hablar de nada en concreto. Esa época la llegamos a vivir también las personas de mi propia generación hasta hace apenas unos pocos años, cuando coincidíamos con alguien en un ascensor, cuando esperábamos en la consulta del médico o cuando nos topábamos con algún vecino de forma inesperada. La breve conversación, entre meteorológica y climatológica, solía ser mucho más fácil si en ese momento nos encontrábamos en el verano o en el invierno, pues siempre se podía decir que hacía bastante más calor o más frío, o mucho menos, que el año anterior, reflexiones sobre las que, además, solía existir casi siempre unanimidad entre las distintas personas reunidas en el ascensor, en la consulta o en la escalera de casa. Hablar del tiempo en primavera o en otoño era, en cambio, normalmente algo más comprometido, por su propia indefinición, pero casi siempre se podía salir del paso de forma más o menos airosa y digna diciendo que se notaba que pronto llegaría ya el verano o el invierno. En cualquier caso, todo esto cambió cuando, a partir de un determinado momento, los científicos empezaron a hablar de la existencia de un gran agujero en la capa de ozono. A partir de entonces, y cada vez más, ya nada volvió a ser igual. Ahora, cuando tenemos ganas de hablar de algo durante un buen rato, incluso con las personas con las que tenemos mayor confianza, podemos hacerlo durante horas y horas charlando tranquilamente del tiempo, por ejemplo del cambio climático, o de que la temperatura del agua va subiendo “x” grados cada año, o de que hay gigantescos trozos de hielo que se separan de otros aún mayores y empiezan a navegar solos, o del efecto invernadero, o del incremento de las catástrofes naturales -huracanes, inundaciones, desertización- por culpa del daño causado a la naturaleza por los propios seres humanos. Es cierto que en nuestro querido país continuamos hablando mayoritariamente, aún hoy, sólo de fútbol y de política, pero teniendo en cuenta que ello suele provocar o favorecer que nos sigamos tirando los trastos a la cabeza, de momento sólo en sentido metafórico, yo creo que sería bueno, e incluso quizás necesario, hablar cada vez más de nosotros mismos, de nuestras vidas, de lo que nos preocupa, de sentimientos, y, por supuesto también, de cómo ha cambiado y seguramente cambiará el tiempo.

25

11 2010

‘Te amaré mejor’

A veces, el reflejo de lo que sentimos o de cómo nos sentimos, o la esencia de cómo deberíamos quizás de actuar, podemos encontrarlos en unas pocas palabras, en una frase que hemos leído o que hemos escuchado decir a alguien, en un aforismo, en un verso de un poema, en la estrofa de una canción. Hará unos dos años, el cantautor Tontxu consiguió uno de sus mayores y a la vez merecidos éxitos con el tema Te amaré mejor,  que en su estribillo principal afirmaba: “Te amaré mejor, porque mucho y demasiado es un error”. En esa sencilla frase creo que se esconde, de alguna forma, el secreto de por qué algunas relaciones no acaban de consolidarse nunca y al final se rompen, mientras que otras, en cambio, consiguen mantenerse sin cambios o incluso reforzarse, por mucho que pueda ser el tiempo pasado desde su inicio. Si hacemos caso a Tontxu, lo verdaderamente esencial para el mantenimiento de una historia de amor no sería, por tanto, amar mucho o a lo mejor incluso tal vez demasiado, sino, sobre todo, amar y querer mejor, propósito este último que no debe de ser tan fácil como pudiera parecer en un principio, en especial si miramos en nuestro entorno más cercano o si repasamos las estadísticas de divorcios y separaciones. Desde la adolescencia o la primera juventud, todos empezamos a buscar, salvo quizás los ermitaños y los misántropos, y aun en estos dos casos concretos tendría mis dudas, a alguien que nos dé afecto y calor, que nos acaricie con sus palabras, con su mirada y con sus manos, porque seguramente ya casi desde la infancia intuimos que el único refugio seguro y verdadero contra la soledad, la tristeza, la pobreza, las guerras, el dolor, la muerte o incluso la propia vida, es sólo el amor. La palabra “amor” acaso sea la que ha sido pronunciada o escrita en más ocasiones a lo largo de la historia de la humanidad, aunque me temo que no siempre dotada de verdadero contenido y sentido. Cuando decimos a alguien que le amamos, esa expresión debería de significar siempre, entre otras cosas, que hemos dejado de sentirnos solos en el mundo. Si alguien que está a nuestro lado y dice querernos nos juzga, no hay amor. Si ese alguien no nos entiende o no se esfuerza por intentar entendernos o ponerse en nuestro lugar, no hay amor. Si ese alguien no nos respeta o no nos valora, no hay amor. Si ese alguien no se preocupa por saber cómo nos encontramos o no nos añora cuando no estamos a su lado, no hay amor. Si ese alguien no nos ama o no nos quiere, no hay amor. Antes de empezar a amar, deberíamos de pensar, quizás, en todas esas cosas, y también en palabras o en versos como los de la hermosa canción de Tontxu. Sí, deberíamos de intentar amar mejor, porque mucho y demasiado acaba resultando casi siempre un error.

23

11 2010

Lo que nos quita la vida

De algún modo, creo que todos tenemos ya más o menos asumido que nuestros médicos de cabecera tienen razón, que para tener la opción de poder vivir muchos años y además en buenas condiciones físicas es necesario combinar una buena alimentación, un poco de ejercicio físico, algo menos de sedentarismo y no acumular demasiadas tensiones ni estrés. Si a ello le añadimos el no fumar o el no consumir alcohol en exceso, parece abrirse entonces ante nosotros un futuro verdaderamente esplendoroso, marcado por la longevidad, la dicha y un bienestar casi absoluto. Por otra parte, he de reconocer que no estoy en condiciones de discutir que una tensión arterial alta o un exceso de peso, o de colesterol, son hechos perjudiciales o nocivos para nuestra salud, entre otras razones porque yo mismo los sufro. Pero pese a ello, en el fondo creo que los factores decisivos que de verdad nos acaban quitando o acortando la vida, o que poco a poco van minando de forma irreversible nuestro sistema inmunitario, son otros distintos. Tanto o más que las grasas saturadas, la bollería industrial o la contaminación medioambiental, creo que pueden llegar a afectar muy negativamente a nuestra salud la intransigencia y los prejuicios -los propios o los de los demás-, la intolerancia, la cicatería, el sentimiento de culpabilidad, el miedo continuado, la falta de afecto, la ausencia de compañerismo o de solidaridad, la hipocresía o la doblez, y quizás sobre todo esta última, es decir la posibilidad de tener ante sí a la maldad más absoluta disimulada bajo la apariencia de una dulce sonrisa. La mayor parte de malvados, de maltratadores de cualquier tipo, tienen siempre dos caras, la inmaculada, que es la que ofrecen a la mayor parte de personas, y la brutal, que es la que padecen los seres más próximos a ellos, cuando no hay luces ni taquígrafos para poder dar cuenta de su iniquidad. En este grupo tan especial de personas manipuladoras y verdaderamente temibles podríamos incluir a los padres que destrozan la vida de sus hijos o la de las posibles parejas de sus hijos, y a los hijos que destrozan la vida de sus padres, así como a algunas personas de nuestro posible entorno laboral, político o personal más próximo e inmediato. Creo que todos o casi todos hemos conocido a personas así, e incluso es posible que en algunos casos alguno de nosotros se haya llegado a enamorar o incluso haya llegado a amar a una persona de la que, en el mejor de los casos, ahora sólo podríamos decir que, como mínimo, nos parece cruel y desalmada. A veces, cuando echamos la vista atrás, no deja de sorprendernos cómo dichas personas pudieron llegar a engañarnos de tal modo o a producirnos en algún caso un daño psicológico o incluso físico casi extremo. Por todo ello, creo que si bien podemos afirmar que todo lo que no sea intentar llevar una vida más o menos sana perjudica nuestra salud, también es posible que lo que al final o en último término nos acabe acortando o arrebatando la vida sea el sentirnos solos o desamparados o la existencia de las malas personas que nunca se presentan como tales, que son como las meigas, que se crea o no en ellas haberlas haylas.

21

11 2010

Felicidad y dolor

Hace unas pocas semanas, mientras estaba haciendo zapping, tuve la suerte de poder encontrar -y de ver- un muy buen debate en el programa Millennium, del Canal 33, bajo el epígrafe de ‘Felicidad y dolor’. Una vez más, ver este programa fue para mí una delicia, y representó, de nuevo, un ejemplo de cómo deberían de ser siempre los debates en televisión: interesantes y respetuosos al mismo tiempo. En esta ocasión, los invitados fueron los profesores Josep Maria Terricabras, Begoña Román y Teresa Guardans, y el doctor Rogeli Armengol, moderados todos ellos, con su habitual maestría, por Ramon Colom. Durante el transcurso del debate, los contertulios estuvieron en desacuerdo en distintas ocasiones, pero ello no supuso ningún obstáculo para que el programa estuviera marcado desde el inicio hasta su conclusión por la cordialidad e incluso por una cierta complementariedad entre varias de las distintas opiniones expresadas. Teresa Guardans defendió la necesidad de mirar hacia nuestro propio interior para intentar ser felices. En este sentido, señaló que deberíamos de maravillarnos con mayor frecuencia del hecho mismo de estar aquí, de vivir, de la circunstancia de nuestra propia existencia, si bien también reconoció que hay situaciones de dolor -sobre todo las más extremas- en que es muy difícil poder hacer pie, en que cualquier ser humano se puede sentir desbordado y sobrepasado por completo. Por otra parte, Guardans consideró esencial que intentemos salir de la “rueda” de falsas necesidades y de continuos deseos, de expectativas excesivas, que tan habituales son hoy en día en nuestra sociedad, porque únicamente pueden conducirnos a un estado de angustia constante.  Por su parte, Josep Maria Terricabras indicó que podemos llegar a tener la percepción de que hemos sido felices si al hacer una valoración sobre un periodo concreto de nuestra vida, en el cual puede haber habido dolor, hacemos un juicio positivo de ese periodo. Aun así, Begoña Román afirmó que, de una u otra forma, un cierto grado de infelicidad está siempre asegurado en nuestras propias vidas, aunque sólo sea porque nunca solemos estar a la altura de las metas que nos hemos fijado o de la imagen idealizada que quizás tenemos de nosotros mismos. Con todo, cuando el hecho mismo de vivir nos gusta, esa circunstancia puede constatarse en un deseo continuado de seguir queriendo estar aquí. Finalmente, Rogeli Armengol señaló que el dolor nunca vale la pena, si bien reconoció que cada uno de nosotros no tiene más remedio que soportarlo en algún momento de su vida. Al mismo tiempo, defendió la sencillez a la hora de vivir, que se podría sintentizar en la expresión “estar en el mundo, pero no estar pendiente del mundo”, es decir, no pedir demasiado a la vida ni tampoco pedir ser amados. Para Armengol, es necesario que aprendamos a amarnos, pues la pretensión de ser admirados o apreciados nos conduce de forma inevitable a la amargura. Todas estas opiniones me parecieron merecedoras de ser tenidas muy en cuenta, y en especial una del propio Armengol, cuando dijo que la felicidad es no tener dolor y que la moralidad es no causarlo. O, dicho de otro modo, la felicidad sería así no sufrir demasiado.

19

11 2010

Yo también veo Teledeporte

Mi admirado Mariano Rajoy hizo ayer mismo, de forma implícita, una apasionada defensa de la televisión pública en un acto celebrado en Guadalajara con deportistas y militantes de su partido, así que aún tengo fundadas esperanzas de que cuando gobierne de nuevo el PP en España no todo vaya a ser privatización. “Si veo la televisión, lo que hay que ver es Teledeporte, porque, ¿cómo se queda uno más a gusto y feliz?, ¿cuando se ve Teledeporte o según qué servicios informativos?”, dijo Rajoy. A mí me ocurre un poco igual. Me gusta mucho más ver Teledeporte, sobre todo las retransmisiones de trofeos de tenis, que según qué programas informativos y debates, tanto los de algunos canales que se definen como progresistas como los de otros canales que se definen como conservadores, siendo estos últimos, curiosamente, los que normalmente más duros suelen ser con Rajoy, mucho más incluso que con José Luis Rodríguez Zapatero, que ya es ser duro con alguien. Como yo no soy de hacer mucho deporte, la verdad es que me relaja ver cómo lo practican con maestría otras personas al más alto nivel, muchas de ellas nacidas además en nuestro país, que en estos últimos años ha sido especialmente pródigo en el logro de imborrables éxitos deportivos. Cuando veo en Teledeporte un partido de tenis o de baloncesto, o una prueba ciclista o de atletismo, yo creo que mejora mi estado de salud en general, tanto a nivel físico como psicológico, como si yo mismo hiciera también algo de deporte en esos momentos. De ese modo, yo también me quedo entonces más a gusto y feliz, como el bueno de Mariano. En cambio, cuando veo según qué programas en los que únicamente se habla de política, y en donde algunos contertulios se dedican sistemática y metódicamente a mentir y a machacar, a machacar y a mentir, estoy seguro de que en esos instantes me suben, al mismo tiempo, la presión arterial, la bilirrubina y el nivel de glucemia en sangre, hasta unos límites que estoy seguro de que deben de ser bastante perjudiciales para mi salud. Ese mismo y profundo malestar físico y psicológico, acompañado de un profundo cansancio y aburrimiento, suelo experimentarlo también ahora cuando escucho a los portavoces de los distintos partidos en cada una de las instituciones de nuestra Comunidad, estén en el gobierno o estén en la oposición, quizás porque resulta ya prácticamente imposible llegar a creer mínimamente lo que día tras día repiten de forma machacona cada uno de ellos. Yo no soy mucho de dar consejos, pero creo que antes de leer o de escuchar según qué cosas, a más de uno de nuestros políticos le haría mucho bien ver de vez en cuando Teledeporte, como hacemos Rajoy y yo y millones de españoles.

17

11 2010

‘Plácido’ y Berlanga, o lo mejor de lo mejor

Si a lo largo de su vida Luis García Berlanga hubiera rodado únicamente esa obra maestra absoluta que sin duda es Plácido, merecería ya sólo por ello formar parte de la historia del cine, pero no sólo del cine español, sino también mundial, al mismo nivel que los más grandes maestros del séptimo arte. Pero por fortuna para nosotros y para el cine, rodó muchas películas más, antes y después, como Esa pareja feliz -junto a Juan Antonio Bardem-, Bienvenido, míster Marshall, El verdugo, La escopeta nacional o La vaquilla, entre otras películas igualmente maravillosas. La clara predilección que la mayor parte de ‘berlanguianos’ -como es mi caso- y de ‘no berlanguianos’ sentimos por Plácido, nace de la maestría con que está escrita, rodada e interpretada, con un reparto en estado de gracia al completo, así como de la profunda melancolía que emana de una historia que nos es presentada en forma de comedia, y de la ternura y la compasión que el director muestra por los personajes más desvalidos de la misma. Pero hay algo más. Si con cada nueva visión de Plácido podemos seguir disfrutando igual que la primera vez que la vimos, es no sólo por todas esas grandes virtudes ya citadas, sino seguramente también porque todavía hoy sigue siendo aún de una vigencia absoluta, porque pese a los grandes cambios políticos, económicos y sociales habidos en nuestro país desde 1961, quizás en el fondo nunca hemos dejado de ser del todo ese país en blanco y negro, abonado a la picaresca y a las falsas apariencias, que Berlanga retratara tan prodigiosamente hace ya casi medio siglo. De alguna forma, tantos años después, cada Nochebuena hay en cada ciudad española uno o más Plácidos que tienen que pagar sin falta una letra para que no les quiten su motocarro, su único medio de vida, aunque hoy no haya ya ni motocarros ni letras que pagar, sino empresas familiares que apenas pueden salir adelante y deudas que se tienen que abonar lo antes posible a Hacienda. De alguna forma, tantos años después, cada Navidad hay en cada ciudad española una o varias campañas muy semejantes a aquella de ‘Siente un pobre a su mesa’, sólo que con otros patrocinadores y apoyadas ahora al mismo tiempo por las antiguas y por las nuevas clases pudientes. Y además, todavía ahora muchos de nosotros nos seguimos quedando, como le ocurría al desdichado Cassen y a su familia, sin una pequeña cesta de Navidad. Hace unas pocas semanas moría Manuel Alexandre y ahora lo acaba de hacer Luis García Berlanga, dos de los mejores y más grandes representantes de una época irrepetible del cine español, no porque ahora no haya grandes talentos en el campo de la interpretación o de la dirección cinematográfica, sino porque talentos como los suyos florecieron y arraigaron en un país que entonces, y no sé sí quizás aun todavía ahora, tenía una cierta tendencia a despreciar, o a no reconocer, o a poner todo tipo de trabas a lo mejor. O, como en el caso de Berlanga y de Plácido, a lo mejor de lo mejor.

14

11 2010

Un cuadro misterioso

De vez en cuando, justo al lado de los contenedores que hay ubicados frente a la puerta de casa, aparecen algunos trastos viejos que algún vecino ha optado por depositar allí, no sabemos muy bien si por comodidad o porque duda de la eficiencia del servicio específico de retirada que puso en marcha Emaya hace ya algunos años. A veces aparece algún somier, otras aparecen colchones, butacas, cortinas, cómodas, e incluso también algún televisor o alguna lavadora. Hoy ha sido uno de esos días, en el que lo que de verdad ha llamado mi atención entre diversos objetos abandonados junto a los contenedores ha sido un cuadro de mediano tamaño en el que aparecía el retrato de una niña pequeña que lloraba, con dos lágrimas que le caían de la mejilla izquierda y una de la mejilla derecha. La niña, de unos tres o cuatro años, miraba directamente a los ojos del retratista, y, por tanto, dirigía también su mirada hacia cualquier posible observador de ese extraño y misterioso cuadro. He estado contemplando ese oleo durante unos segundos, como estoy seguro de que le habrá ocurrido también a lo largo del día de hoy a cualquier otra persona que haya pasado por el lugar y lo haya visto igualmente. Mientras lo estaba mirando, y después, me he estado preguntando quién debió de ser la persona que inmortalizó la tristeza de esa niña, tal vez su padre o su madre, o algún otro familiar, o a lo mejor un ser por completo desconocido para ella, aunque luego he pensado que ni siquiera podía estar seguro de que ese retrato se hubiera inspirado efectivamente en un modelo real. Aun así, también he sentido curiosidad por saber qué podría haber movido al autor o a la autora a pintar una obra de estas características, porque creo que hasta ahora nunca había visto el retrato de alguien llorando, y al mismo tiempo me he preguntado qué debió de ser lo que provocó las lágrimas de la pequeña, que de existir realmente quizás sea ya hoy una mujer adulta, y a lo mejor más o menos dichosa y feliz, que no se acuerde ya de ese cuadro o de qué fue lo que lo motivó, aunque tampoco de esto podamos estar seguros. Para ninguna de esas preguntas he encontrado una respuesta que pudiera ser considerada por mí como satisfactoria, ni siquiera para el hecho de que ese cuadro haya sido abandonado junto a un contenedor justo esta misma mañana, en un domingo soleado de este mes de noviembre. El misterio que esconde ese cuadro y los interrogantes que ha suscitado en mí seguramente quedarán ya sin respuesta para siempre. Nunca sabremos por qué alguien decidió pintar un día un cuadro de una niña pequeña que lloraba, de una niña triste que todavía hoy, tanto tiempo después, aún llora.

07

11 2010

Los miedos que nos atenazan

Es posible que incluso la persona más valiente pueda llegar a vivir atenazada en algún momento de su vida por algún tipo de miedo, por alguno de los miedos que suelen afectarnos a la mayor parte de seres humanos, y quizás hoy más que nunca, en una situación de crisis e incertidumbre económica desconocida desde hacía décadas en prácticamente todo el mundo. Miedo a sufrir, al dolor, a la enfermedad, al sentimiento de culpa, a perder el trabajo, a no poder encontrar uno, a nuestra propia pobreza, miedo a la soledad, al desamor, a envejecer, a no ser aceptados por los demás, a la posible pérdida de los seres queridos, miedo a amar, miedo a vivir, miedo a morir, miedo al propio miedo. Cuanto más tenemos o más creemos tener, más suelen ser los miedos que hacen acto de presencia en el interior de nuestra mente, siempre tan misteriosa e indescifrable, aunque sólo sea para recordarnos lo frágiles, lo extremadamente frágiles, que somos o que podemos llegar a ser en muchas ocasiones. Sin embargo, pese a esa evidencia, rara vez solemos reconocer ante los demás que, efectivamente, tenemos tal o cual miedo, tal o cual inquietud, por el temor -otra vez el miedo- a no ser entendidos, a ser marginados, a ser olvidados. Vivimos en una sociedad por regla general tan competitiva y despiadada, es decir, tan inhumana y desquiciada, que, paradójicamente, cualquier posible gesto de duda, de reflexión, de rebeldía, de compasión hacia los demás o de simple honestidad por nuestra parte, puede ser entendido como un gesto de debilidad, de flaqueza, lo que puede suponer de forma casi automática algún tipo de sanción o de castigo por no haber sabido estar a la altura de lo que buena parte de la sociedad exige hoy de nosotros. Hay que sonreír, siempre sonreír, hay que fingir y disimular, que de esto último se sabe además mucho en ciertos estratos sociales, políticos y mediáticos de nuestro país y de nuestra isla, y seguramente también de otros países. Hay que sonreír, siempre sonreír, como en las fotografías de personas famosas que salen en las revistas de papel couché. Hay que sonreír, siempre sonreír, y, sobre todo, emulando a las grandes estrellas de Hollywood, enseñar la dentadura. Pero si no queremos sonreír de esa forma, si sólo queremos hacerlo en privado, ante las personas que de verdad significan algo para nosotros, también podemos hacerlo. En última instancia, tenemos la libertad de rechazar todo aquello en lo que no creemos, y de intentar luchar siempre, siempre, contra nuestros propios miedos.

04

11 2010