Las calles mojadas

Quizás porque solemos identificar casi siempre la lluvia con la tristeza o con la soledad, en muchas películas policiacas clásicas de los años cuarenta y cincuenta la acción suele transcurrir, al menos en parte, en escenarios urbanos nocturnos en donde la presencia de la lluvia o de las calles mojadas se acaba convirtiendo en un elemento más del relato o de la historia que se nos está contando, contribuyendo a darle ese tono entre sombrío y melancólico que buscaban grandes directores como Nicholas Ray, John Huston o Fritz Lang cuando rodaron películas encuadradas en el género denominado “cine negro”. La lluvia y las calles mojadas solían acompañar la tristeza y la soledad de los personajes protagonistas de esos filmes, agentes de policía o detectives privados solitarios, íntegros y honestos, que solían moverse casi siempre en un entorno más bien algo hostil, ya fuera el de los bajos fondos, el de las altas esferas sociales, políticas y mediáticas o el de los propios compañeros de profesión, tres ámbitos en apariencia completamente distintos que, a ciertos niveles y en determinados casos, solían coincidir y tener en común la presencia de una corrupción prácticamente institucionalizada, la absoluta falta de escrúpulos de cualquier tipo y la permanente estrategia de la simulación, poco más o menos como sigue ocurriendo también hoy en día, sin que además sea ahora ya necesario recurrir al cine o a la ficción para mostrar esa triste realidad, ni tampoco situar los hechos o los acontecimientos delictivos en un país diferente o muy lejano al nuestro. Seguramente, en algún momento de nuestras vidas todos -o casi todos- hemos querido ser como esos policías o esos detectives solitarios que descubrimos en las películas de nuestra infancia, personas capaces de ser como una especie de isla desconocida y misteriosa a la que no dejaban que se acercase nadie, salvo, quizás, algún amigo o algún compañero, o, en algunos casos muy especiales, alguna persona posiblemente tan solitaria y escéptica como ellos, únicamente para dar una oportunidad o una mínima esperanza a la posibilidad de poder encontrar también, pese a todo, un poco de afecto y algo de amor. Ya sea en las películas o en nuestra vida cotidiana, en las calles mojadas por la lluvia se reflejan siempre durante las horas nocturnas, con una imagen bella pero inevitablemente un poco triste y desolada, la luz pálida y frágil, y solitaria, de las farolas o de los neones, que es también a veces un fiel reflejo de la luz pálida y frágil, y a la vez solitaria, de nuestras propias almas, de nuestras propias vidas.

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10 2010

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