El dolor de vivir

Cuando una persona padece una depresión, el hecho mismo de vivir puede llegar a ocasionarle un profundo dolor o sufrimiento en los momentos más difíciles o duros de esta grave enfermedad, de ahí que en ocasiones haya personas que consideren que no hay motivos para seguir viviendo y se planteen una salida que, sin ninguna duda, es la peor de todas las posibles salidas, porque es la única en verdad irremediable, la única que no permite ninguna vuelta atrás. A veces, un pequeño o gran milagro en forma de hecho en apariencia casual es lo que finalmente consigue mantener atadas a la vida a esas personas, quizás una llamada hecha en un momento de desesperación absoluta que ha encontrado un interlocutor al otro lado del hilo telefónico, o tal vez la observación de un rayo de sol que ha salido de una forma imprevista e inesperada en medio de una mañana o de un cielo gris, o el canto de un pájaro, o la sonrisa de un niño, o un recuerdo dulce o hermoso que en ese instante ha acudido a la mente. El sentimiento de culpabilidad, el miedo, padecer malos tratos, la baja autoestima, pertenecer a una familia desestructurada, las críticas excesivas o despiadadas de los demás, la sensación de soledad, unas condiciones laborales cada vez más inhumanas y opresivas, encontrarse sin trabajo o sin recursos, o la tristeza provocada por una situación de desamor, pueden contribuir a agravar aún más cualquier cuadro depresivo previo, por su misma esencia ya de por sí casi siempre especialmente grave. Y resulta muy difícil poder encontrar hoy en nuestra sociedad estímulos positivos o favorables capaces de revertir o de hacer menos duras todas esas sensaciones o realidades, sobre todo en los casos, por desgracia hoy tan frecuentes, en que podemos encontrarnos con jefes despóticos y sin alma o con compañeros de trabajo claramente insolidarios, en un marco de competitividad cada vez más brutal. Nunca he visto o conocido a ninguna mala persona que haya padecido una depresión, y he conocido a bastantes malas personas a lo largo de mi vida, sobre todo entre la clase política y entre la clase periodística, y, en cambio, muchas de las buenas personas o de las personas buenas que también he conocido han padecido o padecen aún precisamente esta enfermedad, lo que supone una muestra más de lo injusto que suele ser tantas veces el mundo. Por todo ello, llega un momento en que cuando por ese motivo, por padecer una depresión, vemos a alguien sufrir de verdad a nuestro lado, nos parece banal o absurdo o sin sentido ya casi todo, las cotidianas disputas políticas o mediáticas, la práctica totalidad de la programación televisiva y lo que en ella se nos cuenta, la burbuja de hipocresía y de frivolidad en la que vive la parte económicamente más afortunada de nuestra sociedad. En esos momentos, sólo parece tener sentido aportar luz y esperanza a esa persona que implícita o explícitamente nos está pidiendo ayuda, ayuda para poder dejar atrás, algún día, el dolor de vivir.

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10 2010

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  1. Malén #
    1

    Gracias por recordar a las millones de personas, en todo el mundo, que estamos sufriendo esta enfermedad, tan dolorosa, tal y como describes, llamada depresión. Gracias de corazón.

  2. Tu Admiradora incondicional #
    2

    Como siempre, dices las palabras justas para definir un mal muy extendido y poco comprendido, sólo lo aceptan y entienden los que lo han sufrido en su persona. Ànimo para todos ellos, parece dfícil pero las ganas de vivir vuelven algún día. Es vergonzosa la ligereza que con la que se tratan estos temas en los medios, en los que los famosos de pacotilla se curan a golpe de cheques.