Ya no conozco a nadie

En los antiguos programas televisivos del género llamado del corazón, solían ser habituales las entrevistas a artistas reconocidos, a personajes populares y a jóvenes que querían llegar a ser más o menos famosos contando una posible relación sentimental mantenida con los primeros o con los segundos. Años más tarde, se añadieron a todos ellos los participantes en diferentes concursos televisivos de gran audiencia. Y ahora mismo, en lo que podríamos considerar ya como los programas del género ‘rosa’ de tercera generación, suelen aparecer en la pequeña pantalla personas que, muy posiblemente, la mayor parte de nosotros no conoce de nada, o casi, salvo, precisamente, de salir sólo en esos mismos programas del corazón. A veces, haciendo zapping, me doy cuenta al sintonizar tal o cual canal de que ya no conozco a nadie, literalmente a nadie, ni a los invitados ni a los periodistas que les hacen preguntas. Manteniendo cualquiera de esos canales en pantalla únicamente un par de minutos, podemos ver, de forma casi invariable, a alguien que dice que ha grabado una cinta o unas imágenes que pueden llegar a ser muy comprometedoras para alguien al parecer muy famoso, mientras invitados y periodistas gritan, se insultan, se amenazan, mienten y desmienten, se levantan, se van del plató, regresan, se vuelven a levantar, se vuelven a ir, y así una y otra vez hasta que termina el programa. Yo creo que todos los que participan ahora en esos pequeños aquelarres del corazón deben de ser plenamente conscientes de que están siendo partícipes de un espectáculo realmente muy triste y penoso, pero parece darles igual. Es como si pensasen que mientras sigan cobrando más o menos mucho dinero por asistir a ellos, todo vale, preocupante criterio que seguramente deben de compartir también los productores ejecutivos de esos espacios. Es como si a ninguno de ellos les importase ya nada, salvo poder ganar o arañar un punto de audiencia a los otros canales, aunque pueda llegar a ser casi a cualquier precio. Pero aun así, se hace difícil recriminarles con dureza nada, sobre todo cuando uno ve cómo transcurren hoy en día algunos debates políticos en las instituciones o en los espacios televisivos considerados serios. Parece como si todo fuese ya como una especie de gran ‘Gran Hermano’ gigantesco o de castizo corralón decimonónico, en los que no parecen importar ya nada ni el respeto, ni la inteligencia, ni la educación. Y encima, ponga uno el canal que ponga, acaban apareciendo siempre los mismos “concursantes” o “actores” apocalípticos, políticos y periodistas, por lo que uno no tiene la más mínima posibilidad de poder abogar muy cortés y educadamente por su nominación, a la que podría suceder luego una posible salida airosa, aunque fuera sólo a los programas ‘rosa’ de tercera generación.

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09 2010

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  1. postulante a hada #
    1

    Nadie conoce a nadie…
    En “Ciudad y campo” escribía Unamuno: “Muchas veces me he parado a reflexionar en lo terrible que es para la vida del espíritu la profesión de periodista, obligado a componer su artículo diario, y ese nefando culto a la actualidad que del periodismo ha surgido”. Si ya a principios del siglo pasado Unamuno se expresaba de esa manera, qué pensaría si levantara la cabeza en estos tiempos en que proliferan los medios de comunicación hasta un punto rayando en lo delirante; no sólo los escritos, sino las cadenas de T.V, las emisoras…por no hablar de internet. En los medios radiofónicos y televisivos proliferan las tertulias que necesitan asuntos mañana, tarde y noche que les sirvan de arranque para conversaciones que se extienden mucho más allá de su natural importancia. Pero el periodismo es un efímero monumento a la actualidad; una especie de boca hambrienta que necesita cada día, incluso, cada hora, su carnaza. Constantemente se queda vieja la información. Eso propicia ese “culto” nocivo que olvida enseguida el pasado y carece de perspectiva de futuro. Quizá contribuyen a ello quienes se ven obligados a opinar para proseguir esta tarea diaria de la información, pero no cabe duda que también el televidente lo promueve sin darse cuanta de que está contaminado ya de este `culto a la actualidad´. Ya se sabe que las miserias compartidas, son menos míseras. Y que conste que soy consumidora de ese tipo de programas pero prefiero conocer a mis vecinos. Saber que mi vecina de 84 años, paciente oncológico ha abierto hoy la ventana y me saludará, como le recuerdo cuando dice que está muy mal, unos años más porque aún tiene que ver cosas.