Lo que la política española esconde

Para intentar conocer un poco mejor cuál es la verdadera realidad política de nuestras propias instituciones en cada momento, pocas cosas suelen resultar tan esclarecedoras y positivas como hablar con una cierta regularidad no con nuestros máximos líderes políticos -del gobierno o de la oposición-, sino con los cargos medios que nunca o casi nunca salen en la prensa, un asesor, un director de área, un gerente de una empresa pública. Salvo contadas excepciones, suelen ser personas que aceptaron formar parte de un proyecto político concreto por verdadera y noble vocación de servicio, porque creen -sin dogmatismos- en las ideas que defienden y porque quieren contribuir en la medida de lo posible a mejorar un poco la vida de los ciudadanos, de cada uno de nosotros. Por regla general, suelen ser también personas capaces de reconocer los aciertos de las propuestas de otras formaciones, así como los posibles errores o carencias de quienes forman parte de su propio partido. Su presencia en la actividad política de primera línea suele ser, además, por un tiempo muy limitado, normalmente por cuatro o a lo sumo ocho años, siguiendo en este sentido la regla no escrita según la cual, en nuestro país, las personas más válidas suelen permanecer muy poco en política, sobre todo cuando son ya plenamente conscientes del funcionamiento endogámico y clientelar de todos los partidos en España. Y cuando esas personas dejan sus cargos, lo hacen de la misma forma callada y tranquila que cuando llegaron, para regresar luego con la misma vocación de servicio a sus trabajos de enseñantes, o de funcionarios, o de científicos, o de técnicos, o de abogados. Un rasgo que he podido comprobar que ha sido y es común a la mayoría de esas personas, tanto en la pasada legislatura como en la presente, es el de un profundo y doloroso desencanto, el de un evidente y palpable desánimo, sea cual sea el partido del que formen parte o con el que como independientes colaboren. “Si yo te contara…”, nos dicen, con una sorda tristeza, y luego nos lo suelen acabar contando todo, normalmente pequeños o grandes enfrentamientos con sus inmediatos superiores jerárquicos, que no suelen darse a conocer nunca públicamente. Así, por ejemplo, ese conseller o esa consellera -o ese regidor o esa regidora- que tan amables suelen mostrarse siempre ante la prensa, en un mitin electoral, en una fiesta o en una inauguración, resulta que pueden llegar a comportarse en el trabajo del día a día de una forma absolutamente autoritaria y despótica con sus distintos asesores y compañeros de partido. Y como este ejemplo concreto podrían citarse algunos más en la misma línea, con secretarios generales o presidentes de los comités o juntas locales y territoriales de los distintos partidos que pueden llegar a infundir verdadero terror o miedo. A poco que conozcamos cuál es la esencia de la condición humana, sabemos que situaciones así pueden darse y de hecho se dan también en muchas profesiones. Es sólo que cuando uno ve a los actuales líderes políticos y a sus hooligans mediáticos dando mandobles aquí y allá o defendiendo la honestidad y unidad de su propio partido, es difícil no tener -como aquellas buenas personas de las que he hablado- una propensión cada vez mayor a no creerse ya realmente nada.

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04

09 2010

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  1. postulante a hada #
    1

    Quiero romper una lanza en pos de aquellos políticos que, no estando primera línea,bien, por decisión personal y/o porque residan en sitios tan pequeños de la geografía española que a nadie, ni prácticamente a los lugareños les interese, por hacer su trabajo con honestidad y ahínco. Que buscan que se haga la mejor de las gestiones y que hacen su trabajo incluso en las condiciones menos adecuadas. Por todos aquellos que a pesar de amenazas, agresiones e injurias están ahí luchando. Por todos esos desconocidos, gracias por devolvernos la fe en los políticos.