La melancolía de José Luis Garci

Hace ya más o menos unos veinticinco años, escribí una carta a José Luis Garci en la que entonces le decía que quería ser director de cine en un futuro y en la que también le preguntaba si habría alguna manera de poder colaborar con él como meritorio en algún proyecto suyo. Naturalmente, Garci nunca me respondió. Y no haría falta decir que yo tampoco llegué a ser nunca director de cine. Pero tanto entonces como ahora, ha sido siempre y por supuesto aún es uno de mis directores preferidos. En aquella época yo había visto ya películas suyas como Las verdes praderas, El crack y El crack II, que me habían gustado realmente mucho, o como Solos en la madrugada, Volver a empezar o Sesión continua, que sin encontrarse entre mis favoritas consideré que también había valido la pena ver. En todas esas películas primeras Garci mostraba, de una u otra forma, cómo era la España entonces contemporánea, la de los años setenta y ochenta, y cómo éramos nosotros mismos en ese momento tan decisivo de nuestra historia reciente. Asimismo, el ganador de nuestro primer Oscar solía mostrar también entonces lo que ha acabado siendo una de las principales señas de identidad de todo su cine: la melancolía. Una melancolía normalmente tranquila y dulce, acompañada en ocasiones de una tristeza seguramente inevitable y en ocasiones también algo dolorosa. Una melancolía que está siempre presente, aunque sea de una forma implícita, y que lo acaba impregnando casi todo de una extraña y misteriosa belleza, ya sean las calles de Madrid o los paisajes de Asturias que Garci tanto quiere, o la vida de los personajes que con tanto respeto y cariño nos es mostrada, o las miradas llenas de amor o de desamor de las personas que aman, o los lejanos días de la escuela, las lecturas juveniles de Pío Baroja o la llegada y la marcha del otoño, de la lluvia, del frío, de la nieve. Una melancolía aún más presente si cabe en sus últimas películas, como You’re the one -acaso mi favorita entre todas las suyas-, Historia de un beso, Tiovivo c. 1950 o Luz de domingo. De alguna manera, gracias a estas películas de su segunda etapa yo creo que hemos podido entender un poco mejor por qué los españoles somos ahora como somos y por qué éramos como éramos en los difíciles años de la Transición. Al igual que otros grandes directores y escritores, Garci nos ha enseñado a valorar y a respetar como deberíamos de haber hecho quizás siempre a quienes nos antecedieron, a quienes vivieron los duros y oscuros años de la Posguerra, del silencio y del miedo, a quienes ayudaron a traer la democracia y la libertad a nuestro país, aunque fuera de una forma anónima y callada, con su esfuerzo, su honestidad y su trabajo diarios. La melancolía de José Luis Garci es también, de algún modo, la misma de todos aquellos compatriotas que creyeron entonces en la posibilidad de la reconciliación y de la convivencia, hermoso deseo que gracias a ellos ha podido acabar siendo, al fin, la concreción de un sueño.

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09 2010

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  1. Maria Paredes Alou #
    1

    Hola Pep,hasta hoy no he podido comentarte lo mucho que me ha gustado tu articulo sobre Garci.Para empezar soy una admiradora de Garci,he visto todas sus peliculas y al igual que el,pienso que el cine es terapeutico.Francisco Umbral comentaba em su dia que ver los coloquios de cine en las noches de los lunes,nos hacia profundizar en pasajes de peliculas ya vistas y que junto con sus contertulios despertaba amor por el cine.Los temas que toca en sus peliculas son siempre profundos,los dias perdidos y a la vez recuperados en Volver a empezar,los momentos de tristeza y esperanza de Your and the one-siempre he dicho que Garci me la escribio para mi,la luz de Asturias en El abuelo,la introduccion sobre la ciudad de Madrid en Sangre de Mayo,su soberbia direccion de actores en Tio Vivo o la cruda belleza de Luz del domingo,siempre perduraran en mi recuerdo,pero por encima de todo siempre nos quedara ……Casablanca,cuantas veces la vio,la analizo y nos la supo transmitir a traves de aquella mirada me3lancolica,como si el fuera Rick.