Huérfanos de la Nouvelle Vague

En mi personal e imaginario ‘Olimpo’ de los directores cinematográficos, reservé siempre un lugar muy destacado y especial para los integrantes de aquel gran movimiento que fue conocido en todo el mundo como la Nouvelle Vague, pues entre mis autores favoritos se encontraban -en algunos casos ya desde niño- François Truffaut, Éric Rohmer, Alain Resnais, el primer Jean-Luc Godard o Claude Chabrol, y también Jean Pierre-Melville o Louis Malle, aunque en sentido estricto no pertenecieran a dicho movimiento. A lo largo de este año, han desaparecido tristemente dos de ellos, Rohmer y Chabrol, así que quienes en su momento nos sentimos -por parte de madre- como hijos de la Nouvelle Vague, ahora, poco a poco, vamos sintiéndonos también cada vez más huérfanos, sobre todo tras ambas pérdidas irreparables, a las que hay que sumar la temprana desaparición, años atrás, de Melville, de Truffaut y luego de Malle. Cuando pienso ahora en la Nouvelle Vague, sigo experimentando el mismo sentimiento de gran admiración que sentía años atrás hacia todos esos realizadores, sentimiento al que ahora se han añadido de manera irremediable los de nostalgia y también de melancolía, al pensar en determinadas películas en blanco y negro o en color vistas en mi primera juventud en los Chaplin Multicines, en versión original y con subtítulos, o también en la Sala Born o en la Augusta en el caso del último Truffaut. En la memoria permanece aún el impacto provocado por películas como Jules et Jim, Al final de la escapada o El año pasado en Marienbad. Cuando pienso hoy en la Nouvelle Vague, pienso también en la revista Cahiers du Cinéma y en su impulsor, André Bazin, y en la canción Cine, cine del gran Luis Eduardo Aute, que recuerda aquellos años. Cuando pienso en la Nouvelle Vague, pienso en las historias profundamente románticas de Truffaut, o en el conciso cine negro de Melville, o en las comedias bellamente cotidianas de Rohmer, o en los dramas de crítica social de Chabrol, o en la fascinación que provocaban las imágenes de los primeros filmes de Resnais o de Godard. El movimiento de la Nouvelle Vague cumplió el pasado año su primer medio siglo de existencia, aunque quizás fueron los años sesenta su década más importante y decisiva, por la influencia que en ese momento tuvo sobre nosotros esa manera tan peculiar de entender el cine y la vida por parte de una generación de cineastas irrepetible. Además, musical y políticamente fueron aquellos unos años realmente también muy interesantes, y también por lo que respecta a la estética. Creo que a muchos de nosotros aún nos sigue encantando la manera de vestir o de peinarse de la gente en la llamada década prodigiosa, o el aspecto de las ciudades, los locales o los cafés que en ese momento estaban de moda, con Nueva York, Londres o París como ciudades punteras. Cuatro décadas después, seguramente París se encuentra también ahora, como las personas que tanto admiramos a los cineastas de la Nouvelle Vague, un poco más melancólica, un poco más triste, un poco más huérfana.

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09 2010

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