Archivo de septiembre, 2010

Un país cansado y casi sin esperanza

Si no hubiera sido por la actuación de los llamados piquetes informativos, pienso sinceramente que la huelga general de hoy habría sido, salvo puntuales excepciones, un absoluto y rotundo fracaso en prácticamente toda España, algo que creo que al menos debería dar que pensar a los máximos responsables sindicales de nuestro país y de nuestra propia comunidad. Sin embargo, para que ello fuera así, previamente sería necesario que dichos responsables poseyeran un mínimo sentido de la autocrítica, sentido del que, por desgracia, creo que la mayor parte de ellos carece en estos momentos. Un observador que intente ser mínimamente neutral con respecto a nuestra triste realidad social y laboral del día a día, se habrá podido dar cuenta hoy mismo, por si aún no era plenamente consciente de ello, de que un país con una crisis económica gravísima -de una magnitud desconocida desde hace décadas- y con una tasa de paro literalmente insostenible, ha decidido no sólo no echarse a la calle, sino mayoritariamente trabajar y al mismo tiempo expresar públicamente el distanciamiento cada vez mayor que va sintiendo hacia sus representantes sindicales, a quienes muchos trabajadores ven en la actualidad tan alejados de sus propios problemas cotidianos como creen que pueden estarlo también hoy buena parte de los representantes políticos o de los medios de comunicación. Desde hace dos años, España es, económica y socialmente hablando, un país cansado, muy cansado, al borde de la desesperación y prácticamente sin esperanza. Durante esos mismos dos años, Gobierno, patronal y sindicatos tuvieron la oportunidad de intentar pactar una reforma laboral, pero no lo hicieron, por lo que cada parte debería de asumir ahora su responsabilidad ante ese fracaso. Por otra parte, cada vez que en nuestro país se convoca un paro general, parece que no queda más remedio que recordarle a los sindicatos que la huelga es o debería de ser siempre únicamente un derecho, nunca una obligación, pues una parte de los piquetes informativos se empeñan, huelga tras huelga, en tener un comportamiento profundamente antidemocrático, con personas que gritan, insultan, amenazan, obligan a cerrar comercios, cortan carreteras o impiden el paso, personas que, en definitiva, coartan nuestra libertad. ¡Ojalá fueran de verdad piquetes informativos! Cada vez que hay una huelga como la de hoy, sentimos que son las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad los que defienden realmente nuestros derechos como ciudadanos, no las centrales sindicales. Pero lo que resulta de verdad triste y absolutamente descorazonador, es que la actitud de esos piquetes más coactivos que informativos no desentona en absoluto con la que podemos observar día tras día en buena parte de los representantes políticos actuales, en muchos programas de radio o de televisión, en los comentarios anónimos que podemos leer en los medios digitales o incluso en los periodistas que son considerados como verdaderos creadores de opinión. En nuestro país faltan hoy más que nunca en décadas, es cierto, trabajo y condiciones laborales dignas en la mayor parte de empleos, pero al mismo tiempo faltan también, y yo diría que casi en el mismo grado de importancia, respeto, tolerancia, civismo y educación.

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09 2010

Huérfanos de la Nouvelle Vague

En mi personal e imaginario ‘Olimpo’ de los directores cinematográficos, reservé siempre un lugar muy destacado y especial para los integrantes de aquel gran movimiento que fue conocido en todo el mundo como la Nouvelle Vague, pues entre mis autores favoritos se encontraban -en algunos casos ya desde niño- François Truffaut, Éric Rohmer, Alain Resnais, el primer Jean-Luc Godard o Claude Chabrol, y también Jean Pierre-Melville o Louis Malle, aunque en sentido estricto no pertenecieran a dicho movimiento. A lo largo de este año, han desaparecido tristemente dos de ellos, Rohmer y Chabrol, así que quienes en su momento nos sentimos -por parte de madre- como hijos de la Nouvelle Vague, ahora, poco a poco, vamos sintiéndonos también cada vez más huérfanos, sobre todo tras ambas pérdidas irreparables, a las que hay que sumar la temprana desaparición, años atrás, de Melville, de Truffaut y luego de Malle. Cuando pienso ahora en la Nouvelle Vague, sigo experimentando el mismo sentimiento de gran admiración que sentía años atrás hacia todos esos realizadores, sentimiento al que ahora se han añadido de manera irremediable los de nostalgia y también de melancolía, al pensar en determinadas películas en blanco y negro o en color vistas en mi primera juventud en los Chaplin Multicines, en versión original y con subtítulos, o también en la Sala Born o en la Augusta en el caso del último Truffaut. En la memoria permanece aún el impacto provocado por películas como Jules et Jim, Al final de la escapada o El año pasado en Marienbad. Cuando pienso hoy en la Nouvelle Vague, pienso también en la revista Cahiers du Cinéma y en su impulsor, André Bazin, y en la canción Cine, cine del gran Luis Eduardo Aute, que recuerda aquellos años. Cuando pienso en la Nouvelle Vague, pienso en las historias profundamente románticas de Truffaut, o en el conciso cine negro de Melville, o en las comedias bellamente cotidianas de Rohmer, o en los dramas de crítica social de Chabrol, o en la fascinación que provocaban las imágenes de los primeros filmes de Resnais o de Godard. El movimiento de la Nouvelle Vague cumplió el pasado año su primer medio siglo de existencia, aunque quizás fueron los años sesenta su década más importante y decisiva, por la influencia que en ese momento tuvo sobre nosotros esa manera tan peculiar de entender el cine y la vida por parte de una generación de cineastas irrepetible. Además, musical y políticamente fueron aquellos unos años realmente también muy interesantes, y también por lo que respecta a la estética. Creo que a muchos de nosotros aún nos sigue encantando la manera de vestir o de peinarse de la gente en la llamada década prodigiosa, o el aspecto de las ciudades, los locales o los cafés que en ese momento estaban de moda, con Nueva York, Londres o París como ciudades punteras. Cuatro décadas después, seguramente París se encuentra también ahora, como las personas que tanto admiramos a los cineastas de la Nouvelle Vague, un poco más melancólica, un poco más triste, un poco más huérfana.

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09 2010

Ets el meu secret

“Floten les paraules que amaguen els secrets,/ tu i jo podem llegir-los, sabem com s’ha de fer./ Me’ls dius a cau d’orella, que no els escolti el vent./ No passis pena, saps que te’ls guardaré”. Así empieza la preciosa canción de Menaix a Truà Secrets, que nos habla de la vertiente secreta que tiene siempre toda gran historia de amor, incluso la que aparentemente pueda parecernos más conocida, porque las personas o las parejas que se aman, que se aman de verdad, reservan siempre para sí mismas un ámbito propio y exclusivo en el que nunca dejan que entre nadie, bajo ninguna circunstancia. Todos guardamos secretos de amor que nunca contaremos a nadie fuera de ese ámbito y que, por tanto, desaparecerán cuando un día también nosotros finalmente lo hagamos. “Han caigut les fulles, s’acosta l’hivern./ Molt lluny l’un de l’altre es nota molt el fred./ Vull trencar les normes del que s’ha de fer/ i que ningú em digui si això està o no està bé”. Sólo al amor deberíamos de aplicar, en sentido estricto, el calificativo de revolucionario, porque nos hace ser rebeldes contra determinadas normas que consideramos injustas y porque literalmente nos cambia la vida por completo y la hace infinitamente mejor. Otro elemento valioso del amor es que cada revolución que provoca acaba resultando siempre incruenta, a diferencia de todas las demás, ideológicas o políticas, que ha habido a lo largo de la historia. “Tu i jo abraçats, amagats al mirall./ El temps es para i ens és tot igual”. En el amor entre dos personas, dos seres están unidos por las palabras, por las caricias, por la ternura, por los abrazos, por el deseo. O a veces también por la distancia y por el silencio. Y además se encuentran voluntariamente aislados del mundo exterior, en el que solemos encontrar demasiado a menudo incomprensiones de todo tipo, todo lo contrario de lo que ocurre en el amor, que por su misma esencia es, entre otras cosas, también comprensión y empatía. “Els teus ulls amaguen l’espurna dels estels;/ ets una obra mestra, ets el meu secret./ Guarden els teus llavis un munt de secrets:/ Deixa’m descrobir-los, deixa’m ser el primer”. La mirada del ser que amamos nos dice cómo es el alma de la persona que tenemos ante sí y qué siente por nosotros, y sus labios nos transmiten los secretos que su alma ha querido guardar o esconder hasta entonces o los que quiere repetirnos una y otra vez, pero únicamente a nosotros mismos. “Eres mi secreto”, nos dice cada beso o cada posible gesto suyo, mientras cada uno de nosotros siente también, al mismo tiempo, ese profundo y maravilloso sentimiento: “Ets el meu secret”.

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09 2010

Las perspectivas de la lluvia

Desde el comedor de casa, mientras estoy escribiendo ahora en el ordenador, oigo cómo cae la lluvia, una lluvia suave y tranquila. Es ya de noche. Las pequeñas gotas que caen del cielo -siempre caen del cielo- resbalan por las hojas del platanero que hay justo enfrente de casa. Yo creía, no sé muy bien por qué, que cuando llovía los grillos no cantaban, pero ahora mismo les oigo cantar, como cada noche, así que quizás hoy también canten porque en realidad también les gusta la lluvia. Como a mí. Aunque yo no cante como ellos. Ni de noche, ni de día. Por la ventana, entra una brisa muy leve y agradable, y me asomo. Quienes llevan paraguas andan sin prisas, sabiéndose bien protegidos, pero quienes han salido de casa o del trabajo sin protección aceleran el paso al mismo tiempo que, mientras andan, intentan guarecerse debajo de las cornisas. Ya dicen, y es verdad, que nunca llueve a gusto de todos. Que la lluvia nos guste o no depende, seguramente, de muchas cosas, como ocurre también con el desarrollo de nuestra propia vida. Depende, por ejemplo, de su intensidad, o de si nos estamos mojando o no, o de si provoca algún tipo de efecto sobre el campo o la ciudad, o de si en ese momento nos encontramos esperando a alguien, y de si ese alguien es o no la persona amada, esa persona amada a quien en ocasiones -a lo mejor- podemos querer besar de forma apasionada, precisamente, bajo la lluvia. El sentimiento que más solemos asociar a la lluvia, sobre todo si es otoñal o próxima al invierno, es el de la tristeza o el de la melancolía, aunque no siempre nos entristezca su observación. Algunos paisajes, si no todos, parecen hechos para la lluvia, pero yo creo que también el mar o las ciudades, sobre todo las grandes ciudades. Venecia, Nueva York, París, Londres o Madrid. En una reciente entrevista, le preguntaron a la gran actriz Ana Fernández qué es lo que más le gustaba de Madrid. Y ella respondió que el cielo y la lluvia: “Me gusta mucho la lluvia en Madrid… y ya cuando hace buen tiempo y puedes mojarte, y el asfalto está mojado y brillante, me encanta”. Desde el comedor de mi casa, escucho cómo sigue lloviendo aún, suavemente. Dentro de unos instantes, veré de nuevo Historia de un beso, de José Luis Garci, protagonizada, precisamente, por Ana Fernández y por Alfredo Landa. La lluvia tendrá un papel decisivo a lo largo de toda la película, sobre todo en el nacimiento y desarrollo de su hermosa y melancólica historia de amor. A veces hay días grises que nos iluminan el alma o nos cambian el corazón, días en que sentimos que nuestra vida es más vida y también mucho mejor. Misterios de los sentimientos. Perspectivas de la lluvia.

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09 2010

La melancolía de José Luis Garci

Hace ya más o menos unos veinticinco años, escribí una carta a José Luis Garci en la que entonces le decía que quería ser director de cine en un futuro y en la que también le preguntaba si habría alguna manera de poder colaborar con él como meritorio en algún proyecto suyo. Naturalmente, Garci nunca me respondió. Y no haría falta decir que yo tampoco llegué a ser nunca director de cine. Pero tanto entonces como ahora, ha sido siempre y por supuesto aún es uno de mis directores preferidos. En aquella época yo había visto ya películas suyas como Las verdes praderas, El crack y El crack II, que me habían gustado realmente mucho, o como Solos en la madrugada, Volver a empezar o Sesión continua, que sin encontrarse entre mis favoritas consideré que también había valido la pena ver. En todas esas películas primeras Garci mostraba, de una u otra forma, cómo era la España entonces contemporánea, la de los años setenta y ochenta, y cómo éramos nosotros mismos en ese momento tan decisivo de nuestra historia reciente. Asimismo, el ganador de nuestro primer Oscar solía mostrar también entonces lo que ha acabado siendo una de las principales señas de identidad de todo su cine: la melancolía. Una melancolía normalmente tranquila y dulce, acompañada en ocasiones de una tristeza seguramente inevitable y en ocasiones también algo dolorosa. Una melancolía que está siempre presente, aunque sea de una forma implícita, y que lo acaba impregnando casi todo de una extraña y misteriosa belleza, ya sean las calles de Madrid o los paisajes de Asturias que Garci tanto quiere, o la vida de los personajes que con tanto respeto y cariño nos es mostrada, o las miradas llenas de amor o de desamor de las personas que aman, o los lejanos días de la escuela, las lecturas juveniles de Pío Baroja o la llegada y la marcha del otoño, de la lluvia, del frío, de la nieve. Una melancolía aún más presente si cabe en sus últimas películas, como You’re the one -acaso mi favorita entre todas las suyas-, Historia de un beso, Tiovivo c. 1950 o Luz de domingo. De alguna manera, gracias a estas películas de su segunda etapa yo creo que hemos podido entender un poco mejor por qué los españoles somos ahora como somos y por qué éramos como éramos en los difíciles años de la Transición. Al igual que otros grandes directores y escritores, Garci nos ha enseñado a valorar y a respetar como deberíamos de haber hecho quizás siempre a quienes nos antecedieron, a quienes vivieron los duros y oscuros años de la Posguerra, del silencio y del miedo, a quienes ayudaron a traer la democracia y la libertad a nuestro país, aunque fuera de una forma anónima y callada, con su esfuerzo, su honestidad y su trabajo diarios. La melancolía de José Luis Garci es también, de algún modo, la misma de todos aquellos compatriotas que creyeron entonces en la posibilidad de la reconciliación y de la convivencia, hermoso deseo que gracias a ellos ha podido acabar siendo, al fin, la concreción de un sueño.

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09 2010

Mariano Rajoy, como agua de mayo

En la historia reciente de nuestra democracia, es innegable que ha habido distintos líderes de uno u otro partido que han despertado verdaderas pasiones en el mejor momento de su carrera política, desde Adolfo Suárez hasta Felipe González, desde Julio Anguita hasta José María Aznar. En este sentido, algo parece haber cambiado en nuestro país en estos últimos años. Si José Luis Rodríguez Zapatero despertó alguna pasión en algún momento determinado, yo creo que no llegó a ser nunca excesiva, y además uno tiene la impresión de que dicha pasión debe de haberse extinguido ya más o menos por completo, más que la de Belén Esteban por Jesulín o la de Julián Muñoz por Isabel Pantoja. En cuanto a Mariano Rajoy, hasta ahora no ha sido, para qué vamos a negarlo, un ejemplo de lo que podríamos considerar como un candidato especialmente persuasivo y seductor. Sin embargo, yo creo que esto último puede empezar a cambiar desde ya mismo, a tenor de lo visto el pasado viernes por la tarde en el mitin que Rajoy dio en Palma. Mientras el líder popular estaba interviniendo desde la tribuna, una asistente al acto mostró públicamente y de improviso un gran entusiasmo hacia él, al mismo tiempo que expresaba su esperanza de que vuelva a Mallorca en la próxima campaña electoral, previa a un posible triunfo de los populares en el Archipiélago. “¡Te esperamos Mariano, como agua de mayo!”, dijo esa mujer con un gran chorro de voz, sin duda llena además de fe y de ilusión, para añadir justo a continuación y todavía con mayor ímpetu: “¡Como agua de mayo!”. El feliz y dichoso interpelado, mientras tanto, le respondió con una sonrisa de agradecimiento, diciéndole, en ese tono de voz amable y bonachón tan característico suyo: “Ya te digo que vendré, ya verás como vendré”. Es cierto que ese fue prácticamente el único gesto de admiración incondicional hacia Rajoy que se pudo escuchar a lo largo de las casi dos horas que duró el mitin, pero bueno, todo es empezar. Si Mariano es como el agua de mayo para esa buena mujer, debe de ser porque cuando ella piensa en Zapatero y en las próximas elecciones seguramente debe de pensar aquello de que, ay, “hasta el 40 de mayo no te quites el sayo”. En el fondo, estoy casi seguro de que Mariano Rajoy debió de sentirse muy bien el pasado viernes con el apoyo de esa admiradora fiel e incondicional, porque en política y en la vida en general, más que despertar pasiones, yo creo que lo que nos gustaría a casi todos es poder encontrar un amor tranquilo y constante, es decir, el amor verdadero, el que nunca nos falla, el que siempre está a nuestro lado. A uno mismo, sin ir más lejos, lo que de verdad le gustaría es que los lectores de los ‘duendes’ esperasen siempre este blog como esa señora esperará siempre al bueno de Mariano, o al menos hasta 2011, como la luz de la aurora, como el sol del otoño, como el agua de mayo.

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09 2010

Un país en la mochila

Seguramente, todos hemos soñado en alguna ocasión con llevar una vida un poco o un mucho diferente a la que quizás llevamos ahora, o a la que llevamos en el pasado, o a la que muy posiblemente llevaremos en el futuro, una vida tal vez más aventurera, o a lo mejor más sedentaria, o quizás más plena a todos los niveles, o en algunos casos incluso un poco más solitaria. Para mí, una de esas hipotéticas vidas futuras deseables hubiera consistido en poder recorrer a pie, paso a paso, las distintas tierras que conforman España. Por eso me gustan tanto los ensayos literarios de Miguel de Unamuno, Azorín o José Ortega y Gasset que abordan esa temática, o los libros de viajes de Josep Maria Espinàs. Y por eso me gustaba también mucho el programa de Televisión Española Un país en la mochila, que conducía con maestría José Antonio Labordeta. Siempe me cayó muy bien este polifacético artista y escritor aragonés, así que cuando ayer tuve noticia de su fallecimiento, sentí esa pena y esa tristeza que sentimos siempre por las personas que no hemos conocido personalmente pero que admiramos por su manera de ser, por su honestidad, por su trabajo y por su defensa de las ideas y los principios en los que creen. En los diversos episodios de Un país en la mochila que a lo largo de varios años pude verrecuerdo que Labordeta escuchaba más que hablaba, lo cual siempre me ha parecido un signo de tolerancia, de respeto y de inteligencia. “No me pertenece el paisaje,/ voy sin equipaje por la noche larga,/ quiero ser peregrino por los caminos de España”, decía una de las canciones más hermosas de otra persona que también admiro muy profundamente, la cantautora Cecilia. Y así era José Antonio Labordeta en aquel programa, un peregrino que, con su mochila siempre a cuestas, nos hablaba de un país que normalmente no suele salir en televisión, un país aún mayoritariamente rural en muchas zonas, un país de gente humilde y trabajadora, un país de personas que con su esfuerzo callado y anónimo contribuyen a que no todo nos parezca entre regular y malo cuando hoy en día miramos a nuestro alrededor. Es posible que hoy haya quien recuerde a Labordeta únicamente por un enfrentamiento verbal muy puntual que tuvo hace unos años con unos pocos diputados del Partido Popular, cuando estaba hablando desde la tribuna del Parlamento en representación de la Chunta Aragonesista. Mi recuerdo de él va mucho más allá de esta pequeña anécdota, como ya he señalado, y abarca también con admiración su vertiente como cantautor y como poeta. En mi país ideal, en ese en el que sueño desde que era un niño, en ese país en el que sería posible poder vivir y convivir armoniosamente y en paz sean cuales sean nuestras ideas y nuestras creencias, estaría y estará siempre José Antonio Labordeta.

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09 2010

Ya no conozco a nadie

En los antiguos programas televisivos del género llamado del corazón, solían ser habituales las entrevistas a artistas reconocidos, a personajes populares y a jóvenes que querían llegar a ser más o menos famosos contando una posible relación sentimental mantenida con los primeros o con los segundos. Años más tarde, se añadieron a todos ellos los participantes en diferentes concursos televisivos de gran audiencia. Y ahora mismo, en lo que podríamos considerar ya como los programas del género ‘rosa’ de tercera generación, suelen aparecer en la pequeña pantalla personas que, muy posiblemente, la mayor parte de nosotros no conoce de nada, o casi, salvo, precisamente, de salir sólo en esos mismos programas del corazón. A veces, haciendo zapping, me doy cuenta al sintonizar tal o cual canal de que ya no conozco a nadie, literalmente a nadie, ni a los invitados ni a los periodistas que les hacen preguntas. Manteniendo cualquiera de esos canales en pantalla únicamente un par de minutos, podemos ver, de forma casi invariable, a alguien que dice que ha grabado una cinta o unas imágenes que pueden llegar a ser muy comprometedoras para alguien al parecer muy famoso, mientras invitados y periodistas gritan, se insultan, se amenazan, mienten y desmienten, se levantan, se van del plató, regresan, se vuelven a levantar, se vuelven a ir, y así una y otra vez hasta que termina el programa. Yo creo que todos los que participan ahora en esos pequeños aquelarres del corazón deben de ser plenamente conscientes de que están siendo partícipes de un espectáculo realmente muy triste y penoso, pero parece darles igual. Es como si pensasen que mientras sigan cobrando más o menos mucho dinero por asistir a ellos, todo vale, preocupante criterio que seguramente deben de compartir también los productores ejecutivos de esos espacios. Es como si a ninguno de ellos les importase ya nada, salvo poder ganar o arañar un punto de audiencia a los otros canales, aunque pueda llegar a ser casi a cualquier precio. Pero aun así, se hace difícil recriminarles con dureza nada, sobre todo cuando uno ve cómo transcurren hoy en día algunos debates políticos en las instituciones o en los espacios televisivos considerados serios. Parece como si todo fuese ya como una especie de gran ‘Gran Hermano’ gigantesco o de castizo corralón decimonónico, en los que no parecen importar ya nada ni el respeto, ni la inteligencia, ni la educación. Y encima, ponga uno el canal que ponga, acaban apareciendo siempre los mismos “concursantes” o “actores” apocalípticos, políticos y periodistas, por lo que uno no tiene la más mínima posibilidad de poder abogar muy cortés y educadamente por su nominación, a la que podría suceder luego una posible salida airosa, aunque fuera sólo a los programas ‘rosa’ de tercera generación.

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09 2010

Ya se rebota hasta Antich

Lo dijo esta mañana nuestro querido presidente del Govern: “Estamos rebotados, sí, rebelados”. Francesc Antich hizo esta afirmación en referencia a la posibilidad de que el ministro de Fomento, José Blanco, acabe retirando las subvenciones del 50 por cien en el transporte aéreo para los residentes de Balears. Sabido es que a nuestro tranquilo y bienhumorado president le cuesta mucho, pero que mucho, enfadarse, rebotarse o rebelarse, así que si ahora se siente así, yo, en el caso de que fuera el propio Blanco, empezaría a preocuparme de verdad, porque no es nada habitual que Antich se ponga de esta manera. Recordemos, por ejemplo, cuando a finales del año pasado Francina Armengol o Aina Calvo llevaban ya muchos meses rebotadas con UM, mientras Antich aún defendía la conveniencia de seguir manteniendo el tripartito hasta el final de legislatura. Su paciencia fue tanta, que lo cierto es que creo que luego nos sorprendió a casi todos cuando en febrero anunció la ruptura, sin vuelta atrás, con el partido nacionalista. Esa fue, seguramente, la primera vez que Antich se rebotó en mucho tiempo, porque desde que Rosa Estaràs se fue a Bruselas, no recuerdo haberle visto rebotado ni una sola vez en el Parlament, sino más bien todo lo contrario, aguantando estoicamente cada martes las arremetidas y críticas del popular Francesc Fiol, proponiéndole incluso, y además con una cierta frecuencia, llegar a no pocos pactos y acuerdos. Claro que ahora el portavoz popular es Antoni Pastor, lo cual muy posiblemente significará que a partir de la semana que viene veremos al bueno de Antich fuera de sus casillas más de una vez, y de dos, y de tres. En cualquier caso, todos teníamos en nuestra memoria un antecedente de enfado muy reciente, de hace apenas una semana, cuando vimos a Antich algo rebotado contra el proyecto inicial de la reforma de la Platja de Palma, aunque quienes parecen haberse rebelado de verdad son los vecinos y comerciantes de la zona, o al menos una parte de ellos, según pudimos observar en el pleno municipal celebrado hoy en Cort. El próximo lunes, Antich viajará a Madrid para expresar su rebote y su rebelión a la secretaria de Estado de Transportes, Concepción Gutiérrez, quien seguramente se los trasladará de inmediato a Blanco, no vaya a ser que entre una cosa y otra, y sabiendo ya todos cómo funciona el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, nos encontremos con que cuando Antich vuelva a la isla, lo haga en un vuelo no ya sólo sin zumo de naranja ni merienda, sino también sin una sola bonificación ni descuento.

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09 2010

Bienvenido, míster Rajoy

Cada vez que el bueno de Mariano Rajoy viene a la isla yo me alegro, aunque no sé si él debe de alegrarse también tanto cuando nos visita, sobre todo pensando en lo que han sido los tres últimos años, en los que prácticamente todo han sido siempre problemas, y además de casi todos los tipos y colores posibles e imaginables, en el PP balear. Si a estos problemas sumamos los que en estos momentos hay también en su partido en Asturias, en Madrid o en la Comunidad Valenciana, yo creo que tendremos una explicación bastante plausible y aproximada de por qué la barba de Mariano Rajoy se va volviendo sin remedio cada vez más y más blanca. Aún me acuerdo, con una cierta nostalgia, de cuando su barba era completamente negra, en una época en la que además Mariano estaba casi siempre de buen humor y en la que se fumaba también sus buenos puros. Claro que entonces gobernaba José María Aznar, y, según repetía el propio presidente una y otra vez, España iba bien. Ahora todo ha cambiado, pues España -quién nos lo iba a decir entonces- va mal, realmente mal, unos dicen que por culpa de la crisis y otros que por culpa de José Luis Rodríguez Zapatero, aunque muy posiblemente sea por ambas cosas a la vez. Así que a Zapatero le han acabado saliendo canas también, aunque hasta ahora no tantas como al líder de la oposición, que mañana viernes viene de nuevo a Palma, en este caso concreto para dar un mitin y para ratificar al bueno de José Ramón Bauzá como candidato popular a la Comunidad autónoma. Espero y deseo que mañana todo salga bien, y que la presencia de Rajoy sirva además para dar algo así como una especie de inyección de ánimo y de moral a un partido que ahora la necesita quizás más que nunca. Tal vez, quién sabe, incluso es posible que Rajoy y Carlos Delgado se acaben dando esta vez la mano, o tal vez hasta un sonoro abrazo, olvidando viejas diferencias y antiguas disputas por alguna que otra carta pidiendo la dimisión. Lo importante es que Mariano se vaya esta vez de Palma, como seguramente hizo hoy de Melilla, sin una sola cana más, algo que sería sin duda una muy buena señal, como también creo que sería igualmente muy importante que a José Ramón Bauzá no le empiecen justo ahora a salir. Aunque siempre pueda acabar recurriendo, si al final las cosas no se arreglasen del todo con Jaume Font, al photoshop, a cambiar de look o a Grecian 2000.

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09 2010