Sólo el amor nos salva

“Lo que veo en el mundo es soledad, y me asusta”. Eso -la soledad- es lo único que veía la señorita Kenton (Emma Thompson) fuera de la mansión en la que trabajaba como ama de llaves en la Inglaterra de los años treinta, y así se lo explicaba al mayordomo de dicha mansión, el señor Stevens (Anthony Hopkins), en la magistral película del director norteamericano James Ivory Lo que queda del día. En este maravilloso filme se nos narra, esencialmente, una tristísima y desolada historia de amor… entre dos personas que no se atreven a amar a pesar de amarse muy profundamente. Muchas veces, desde la primera vez que escuché aquella frase, me he acordado de esas palabras concretas de la señorita Kenton, seguramente porque, no sé si equivocadamente o no, yo también he visto o he percibido esa misma soledad, una soledad radical y absoluta, en muchas ocasiones y en muchos ámbitos, sobre todo, aunque parezca paradójico, en aquellos lugares o en aquellos espacios en donde parecía reinar una gran complicidad y camaradería, o en donde en apariencia se sonreía o se reía mucho. Estoy pensando ahora, por ejemplo, en redacciones periodísticas, lugares de trabajo, mítines electorales, locales de ocio, congresos de partidos, programas de televisión o fiestas de lujo y de postín. En la primera década de este nuevo siglo, lo que veo yo también en el mundo es soledad, sobre todo soledad, una soledad no querida ni deseada, una soledad que en este sentido, como decía la gran Emma Thompson en Lo que queda del día, efectivamente incomoda o asusta. Por eso, las contadas ocasiones en que seguramente podemos ver o percibir lo verdaderamente contrario de la soledad, que es el amor, el amor en todas sus formas y expresiones posibles, deberíamos de sentirnos de verdad felices y dichosos, tanto si nosotros mismos somos los protagonistas o los destinatarios de ese amor como si sólo somos meros espectadores del mismo. El amor, lo sabemos bien, puede expresarse no sólo entre dos personas concretas que forman una pareja, sino también en el seno de una familia, o a través de una obra de arte, o en el modo en que alguien educa, cuida o protege a alguien que lo necesita, o en el respeto con que puede transmitirse una idea o una creencia, o en la forma de actuar de una persona honesta y justa, y por tanto también buena. En los momentos de mayor plenitud de nuestras vidas, el amor siempre está o acaba estando de uno u otro modo presente. Y es también el amor el sentimiento que más nos ayuda a superar los momentos realmente difíciles, porque el amor es quizás el único sentimiento, junto con la compasión o la piedad, que tiene un carácter redentor, porque nos redime de nuestra soledad esencial, y nos hace ir más allá de nosotros mismos, y consigue ir haciendo desaparecer poco a poco nuestro miedo, y nos ilumina el corazón, y nos da esperanza, y nos salva.

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06

07 2010

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