Remedios económicos contra el calor

En tiempos de bonanza, los dos remedios principales contra el calor suelen ser el aire acondicionado y los ventiladores, sobre todo en los días más sofocantes del verano, pero me temo que este año, debido a la crisis, tendremos que intentar volver a los remedios considerados como tradicionales, a los de toda la vida, a los que existían incluso antes de que existieran Gesa-Endesa, Thomas Alva Edison o Alexander Graham Bell. Tendremos que volver, por tanto, al abanico, al pai-pai, a tener las ventanas abiertas en los dos extremos de la oficina o de la casa, o incluso a esos pequeños ventiladores a pilas que se pusieron de moda hace unos pocos años, si no queremos que nos dé un soponcio o un yuyu al ver el recibo de la luz de los meses de julio y de agosto. El abanico es no sólo un remedio contra el calor especialmente económico, sino también un adorno o complemento con un cierto halo romántico, ya que gracias a él algunos de nuestros más lejanos tatarabuelos pudieron ir enamorándose poco a poco mientras se comunicaban por signos y en secreto, casi como se hace hoy en día con los mensajes por sms de nuestro querido teléfono móvil. Por su parte, el pai-pai resulta, sin duda, algo más exótico, aunque yo creo que igualmente eficaz, como eficaz suele resultar también abrir las ventanas de par en par para dejar entrar un poco de brisa o de aire, aunque a veces entren también algunos insectos un poco molestos o salgan volando algunos de los papeles que teníamos sobre nuestra mesa de trabajo. En cuanto a los pequeños ventiladores a pilas, no estoy del todo seguro de que acaben cumpliendo siempre con éxito la función para la que fueron diseñados, pero al menos nos tienen un poco entretenidos en los instantes en que hacemos uso de ellos. Si por las razones que sea tenemos que pasar mucho tiempo en la calle, hasta ahora un buen remedio contra el calor era buscar refugio en la terraza de una cafetería, de una heladería o de un bar, y bebernos uno o dos refrescos, o tomarnos uno o dos helados, pero si en estos momentos no nos queda más remedio que intentar ahorrar de verdad al máximo, siempre nos puede quedar la opción de pasar cerca de una fuente y refrescarnos un poquito la cara. Y si ello no fuera tampoco posible, la imaginación puede acabar resultando también en estos casos un muy buen remedio, sobre todo si nos imaginamos que estamos, dependiendo de los gustos de cada uno, bien en el Polo Norte o bien en una playa tropical, en el primer caso solos y en el segundo acompañados, o bien en un día soleado de otoño, que es lo que a mí casi siempre me gusta imaginar.

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02

07 2010

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  1. loli #
    1

    Pep me hicistes recordar como pasaba los veranos junto a mis padres en la infancia,recuerdo cómo mi madre sacaba una manta y la tendia en medio del comedor,pues viviamos en una casa grande,alli dormiamos la siesta.Por la noche saliamos a la calle al ver la televisión desde fuera con las puertas abiertas y los vecinos de al lado jugando con nosotros,compartiendo risas.Eramos pobres con pocos lujos pero era feliz,el estar en la calle de noche viéndo aparecer alguna salamandra en la farola era todo un acontecimiento,como ves nos hemos habituado demasiado a ciertas cosas que deberiamos replantearnos si en verdad valen tanto la pena.En cuánto a los abanicos tengo bastantes,pues siempre que viajo por Andalucia me suelo traer alguno porque allí los hay muy bonitos…hasta pronto amigo.