Paul, el pulpo futbolero y pitoniso

Cuando empecé a ver el partido entre Alemania y España del pasado miércoles, estaba un poco más tranquilo de lo que en principio creía que iba a estar, y no era porque me hubiera tomado previamente un helado de chocolate, una manzanilla, un Tranquimazin o un Orfidal, sino porque unas pocas horas antes del inicio del encuentro había visto cómo el pulpo sin duda más famoso de Alemania y casi ya del mundo entero, de nombre Paul, había vaticinado la victoria de nuestra selección sobre el equipo germano, y lo hizo como lo hace siempre, de manera serena y pausada, moviéndose poco a poco y situándose finalmente sobre una de las dos urnas de cristal, cada una con la bandera de un país, que con anterioridad se han colocado bajo sus pies, o, mejor dicho, bajo sus tentáculos. En estos últimos años, Paul se ha limitado hasta ahora únicamente a hacer pronósticos de los partidos en los que jugaba la selección alemana, y lo hacía desde su propia casa, que es el acuario Sea Life, de Oberhausen, pero yo creo que, de seguir con su elevadísimo porcentaje de aciertos actual, nuestro querido pulpo tiene ante sí un gran futuro como pitoniso lejos del mundo del fútbol e incluso lejos de su propio país, por ejemplo en España. Así, por ejemplo, en lugar de gastarnos cada año un dineral en encuestas para saber quién ganará las elecciones, si el PP o el PSOE, bastaría con utilizar el citado sistema de económica predicción binaria, con los anagramas de cada partido político visibles en la parte frontal de las respectivas urnas, y dejar que Paul hiciera tranquilamente su trabajo. Y lo que podría valer para la política, podría valer también para conocer el futuro en otros ámbitos seguramente algo más próximos a nuestra vida cotidiana, como el laboral, el económico o el personal. En este sentido, podríamos preguntarle por ejemplo a Paul por nuestro posible o hipotético futuro sentimental, planteándole, sin ir más lejos, la disyuntiva de a quién cree que elegiría nuestra amada secreta o nuestro amado secreto de tener esa opción, si a la persona más maravillosa y más fantástica del mundo, o sea, a nosotros mismos, o, en cambio, a esa otra persona que sin duda no tiene nuestras innumerables virtudes y que además no la haría feliz, aunque se llame, por dar dos nombres así al azar, George Clooney o Cameron Diaz. En el peor de los casos, siempre podríamos consolarnos pensando que quizás Paul ha errado esta vez en su pronóstico, porque como le decía Joe E. Brown a Jack Lemmon en la escena final de Con faldas y a lo loco, “nadie es perfecto”, ni siquiera los mejores pulpos futboleros y pitonisos.

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08

07 2010

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