Matar a un ruiseñor

Esta misma tarde he leído en la edición digital del periódico ABC que mañana domingo, 11 de julio, se cumplen cincuenta años de la publicación de la maravillosa novela de la escritora norteamericana Harper Lee Matar a un ruiseñor, que en 1962 sería adaptada al cine de manera admirable por el guionista Horton Foote y el director Robert Mulligan, con el gran Gregory Peck como principal e inolvidable protagonista del filme en el papel del abogado Atticus Finch. “Si existen historias con capacidad para hacernos mejores, Matar a un ruiseñor tiene que ser una de ellas”, escribe hoy el corresponsal de ABC en Washington, Pedro Rodríguez, al hacer referencia al citado aniversario de la edición de la novela. Y creo que es absolutamente cierto lo que afirma, porque se trata de una obra en la que, sin subrayado alguno y al mismo tiempo con una gran profundidad y belleza, se hace un impresionante alegato en favor de la justicia y en contra de la intolerancia, en favor de la integridad y la igualdad, y en contra de los prejuicios y la discriminación de cualquier clase. “Nunca llegarás a comprender a una persona hasta que no veas las cosas desde su punto de vista”, le dirá Atticus a su hija Scout en uno de los momentos más hermosos del filme. Siempre he admirado a los héroes tranquilos, a los héroes que no saben que lo son, a todas aquellas personas que en cada momento de sus vidas, pero sobre todo en los momentos de verdad difíciles y complicados, intentan actuar siempre movidas por un único afán, el de intentar ser esencialmente honestas, compasivas y justas, tanto con los demás como también consigo mismas, aunque ello pueda llegar a suponer, en los casos extremos, incluso poner en peligro sus propias vidas. Así le ocurrirá a Atticus Finch al decidir defender en un juicio, en la Alabama de los años treinta del pasado siglo, a una persona de color acusada de un delito que no cometió. Muchos serán los sinsabores y las presiones que deberá de soportar Atticus a partir de ese momento, pero él decidirá seguir adelante pese a todo, porque su conciencia y su sentido de la justicia así se lo pedían. En cada época, en cada país, en cada lugar, ha habido, hay o puede haber aún momentos en que todo parece ir en contra del respeto a los derechos humanos y a la inalienable dignidad que a todos nos corresponde por el hecho mismo de ser personas, pero incluso en esas épocas terribles, en esos países o en esos lugares hay siempre personas que con su actitud y con su ejemplo nos permiten seguir creyendo en la bondad y en la existencia de todos aquellos valores que deberían de definirnos siempre como seres humanos. En cada época, en cada país, en cada lugar, hay siempre al menos un Atticus Finch dispuesto a intentar preservar el canto y la vida de un ruiseñor, como metáfora de lo que nunca debería de sufrir ningún daño. En cada época, en cada país, en cada lugar, hay siempre al menos un Atticus Finch dispuesto a intentar siempre comprendernos, protegernos y ayudarnos.

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07 2010

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