La imposible tranquilidad posible

En nuestra vida cotidiana, casi todo parece conjurarse a veces para que no podamos tener un mínimo de silencio y de tranquilidad, ni siquiera en los pequeños templos budistas que a menudo quisiéramos que fueran nuestras propias casas. Las molestias y los ruidos de casi cualquier clase y condición, que a veces parecen ser infinitos -como los universos posibles o nuestros propios problemas económicos-, no sólo se producen en verano, época bulliciosa por excelencia, sino también en muchos otros momentos del año, aunque es en la estación estival cuando esa conjura contra nuestra paz interior parece tener siempre más éxito. Nuestros dos mayores enemigos en estos meses veraniegos suelen ser las llamadas telefónicas de carácter comercial y la presencia casi constante de la música a un volumen excesivo. Por lo que respecta a las campañas de publicidad a través del teléfono, son cada vez más numerosas y más agresivas, y aunque nosotros digamos ya desde el primer momento que tal o cual oferta no nos interesa o que no disponemos en ese instante del tiempo necesario para poder seguir charlando, la persona que se encuentra al otro lado del teléfono no suele darse por aludida y nos sigue hablando como si nada de las virtudes de la oferta que su empresa ha puesto en marcha. El monólogo de la persona que está al otro lado del teléfono suele concluir cuando nosotros, muy amablemente, le comunicamos a esa persona que nos disculpe pero que vamos a colgar de inmediato. A veces, en lugar de una llamada, recibimos una visita en casa. Alguien toca al timbre, abrimos confiadamente, y la persona que tenemos ante nosotros nos pregunta si ha habido algún cambio en la facturación del recibo de nuestro teléfono recientemente. Apenas unos instantes después, y sin que nos demos cuenta, ya nos está suscribiendo un contrato con otra compañía telefónica, que nosotros acabamos rechazando con la misma cortesía con la que antes rechazamos una oferta semejante a través del teléfono. En cuanto a la música puesta a todo volumen, rara es la persona que no sufre o padece este problema, que suele darse en la mayor parte de barriadas e incluso de fincas de cada ciudad. Las dos variantes posibles son la del vecino que nos demuestra la gran calidad y potencia de su nuevo equipo de música, y nos da a conocer además todos los últimos grandes éxitos de la música rap o house durante buena parte del día, y la del conductor que estaciona su coche justo debajo de casa y nos demuestra la gran calidad y potencia del equipo de música de su vehículo, al mismo tiempo que escucha exactamente esos mismos grandes éxitos a un volumen absolutamente brutal y demencial, mientras espera a alguien, quizás a ese mismo vecino, que por desgracia casi siempre suele tardar un poco en bajar. En situaciones así, de nada sirve pedir muy amablemente a esas personas, al vecino o al conductor -o a ambos a la vez-, que, por favor, bajen el nivel sonoro de su equipo, para que nuestros tímpanos o nuestros nervios no acaben saltando en mil pedazos, porque o bien no nos harán ningún caso o bien se molestarán tanto con nosotros que podrían acabar agrediéndonos físicamente, lo cual no es de extrañar si tenemos en cuenta que alguien que no se da cuenta de lo mucho que está molestando o que si se da cuenta, no le importa en absoluto, suele tener comportamientos y reacciones que podríamos encuadrar en el amplio, misterioso y casi inacabable campo de las psicopatías. Por estas y otras razones, a veces es durante el verano cuando más pueden llegar a acentuarse nuestras tristezas y melancolías, y también nuestros problemas auditivos, incluso aun en el caso de que uno practique en casa y fuera de casa la religión budista.

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07 2010

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