La alegría en casa del pobre

Apenas unos pocos minutos después de que la selección española hubiera ganado el Mundial de fútbol ante Holanda, ya era posible leer en las ediciones digitales de todos los periódicos comentarios de los lectores en los que se atribuía el mérito del triunfo exclusivamente a los jugadores de tal o cual equipo, o de tal o cual autonomía, todo ello acompañado en algunos casos de insultos, descalificaciones y menosprecios hacia quienes en aquel momento eran considerados como contrarios, a pesar de formar parte todos juntos del mismo país. Yo creo que resulta del todo inimaginable pensar que comentarios de este tipo u otros semejantes se hubieran podido producir en los periódicos de los Países Bajos en caso de que quien hubiera ganado el título hubiese sido la selección holandesa. Ser o sentirse español debería de ser igual de bonito o de hermoso que ser o sentirse de cualquier otro país, pero no sé muy bien por qué, muy pocas veces ocurre así. Aquí, en España, parecemos estar preparados casi continuamente para la bronca y el enfrentamiento, incluso en el caso de aquellas celebraciones que en teoría deberían de unirnos más. Aquí, salvo maravillosas excepciones, no se da una opinión, sino que se intenta imponerla, no se expresa un parecer, sino que se nos quiere hacer creer que estamos ante una verdad absoluta. Por eso resulta a veces tan cansado ser español, porque en demasiadas ocasiones nos encontramos en medio de un fuego cruzado -no siempre en sentido metafórico- entre dos sectores extremos, que quieren conducirnos cueste lo que cueste hacia su propia posición, por mucho que nosotros no queramos. Es posible que esos dos sectores extremos sean minoritarios, pero a veces resulta muy difícil poder saberlo con certeza, dado el eco y el respaldo que sus opiniones encuentran siempre en los diversos medios de comunicación que tan generosamente les acogen. En nuestro país, parece que no sirve para poder sentir que de verdad formamos parte de un proyecto conjunto e ilusionante ni siquiera el hecho de haber ganado por vez primera un Mundial de fútbol. Así que si eso pasa con el fútbol cuando nuestra selección nos está dando más y mejores alegrías que nunca, me temo que resulta cuando menos un poco difícil esperar que pueda haber un debate sereno y tranquilo sobre el Estatut de Catalunya, o sobre los resultados del Debate sobre el estado de la nación, o sobre cómo intentar salir de la crisis, o ya casi sobre cualquier otra cuestión, polémica o cosa. Todo esto vendría a demostrar cuánta razón tiene nuestro querido refranero cuando, muy melancólica y descorazonadamente, nos dice: ¡Qué poco dura la alegría en casa del pobre! O sea, ay, en nuestra casa.

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07 2010

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