Elegidos para la gloria

Durante unos pocos minutos del encuentro entre España y Paraguay, parecía que nuestra vieja amiga la fatalidad había venido a hacernos una nueva visita de cortesía -“hola, qué tal, aquí estoy, como en cada Mundial”-, pero quizás fue sólo una impresión equivocada, o a lo mejor sí fue cierto que la fatalidad había venido, aunque esta vez, a diferencia de lo que ocurrió en el partido contra Suiza, no le habríamos dejado que se quedase el tiempo suficiente como para provocar ese gran estropicio anímico al que nos había acostumbrado en los ocho mundiales de fútbol anteriores. Es cierto que Paraguay, que jugó muy bien durante gran parte del partido, se podría haber adelantado en el marcador, primero con un gol en posición dudosa y luego de penalti, pero Íker Casillas volvió a ser el Íker Casillas de toda la vida, el que también evitó que nos empatasen el encuentro a pocos minutos del final con dos extraordinarias paradas. Es cierto que nos hicieron repetir un penalti de manera injusta, y que Xabi Alonso falló en el segundo intento, y que no nos pitaron luego una nueva falta máxima cometida sobre Cesc que era más clara que el agua de manantial proveniente de las montañas de los Pirineos, como también es cierto que Pedro remató al palo y que el balón no quiso entrar, pero, por suerte, el rebote fue recogido entonces por Villa, ¡que también remató al palo!, aunque el Jabulani esta segunda vez sí quiso acabar en la red, aunque la verdad es que con muchísimo suspense y casi, casi llorando. Entre tantas certezas, la mayor de todas fue que, una vez que el árbitro pitó el final del partido, por primera vez en nuestra historia habíamos conseguido acceder a las semifinales de un Mundial. Y justo en ese momento, me puse a llorar de emoción. Fue la primera vez en toda mi vida que me sucedía algo así con un triunfo de la ‘roja’, y estoy casi seguro de que a miles de compatriotas de mi misma generación les pasó poco más o menos lo mismo, incluso no gustándoles el fútbol especialmente. Esas lágrimas tranquilas y serenas no eran, estoy seguro de ello, por un vano sentimiento de patrioterismo o de soberbia, algo que a mí nunca me ha gustado y que además me desagrada profundamente, sino porque estábamos viviendo un momento que la mala suerte nos había impedido poder vivir una y otra vez desde que éramos niños, y porque la victoria de ayer era también, en cierto modo, una especie de homenaje y de reconocimiento a los jugadores de nuestra selección que habían participado en el Mundial de Argentina, y en el de México, y en el de Estados Unidos, y en el de Corea, y en tantos otros, que siempre se quedaron a las puertas de la gloria, una gloria que por vez primera está, con permiso de nuestra vieja amiga la fatalidad, ay, más cerca que nunca.

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04

07 2010

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