Los canapés

A raíz de nuestra ilusionada e ilusionante entrada en la Unión Europea a mediados de los años ochenta, se dijo entonces que habíamos ingresado por fin en la modernidad, aunque yo siempre creí que cuando de verdad empezamos a formar parte de Europa, y más en concreto del selecto grupo de los llamados países ricos, fue cuando en todos nuestros actos sociales se generalizó la presencia de los bocaditos, las delicatessen y los canapés, pues las bandejas de bombones de marca en las mejores fiestas, incluidas las recepciones del señor embajador, no llegarían a nuestro país hasta algún tiempo después. A partir de un determinado momento, no hubo en España fiesta de alto copete, presentación de libro, inauguración de exposición o celebración de algún evento, que no contasen siempre con un elegante y variado surtido de bocaditos, delicatessen y canapés, que sin duda eran y deben de ser todavía hoy exquisitos y de una calidad excelente, como lo demuestra el hecho de que las existencias de comida y de bebida en ese tipo de actos solían y suelen agotarse por completo de una forma casi inmediata. Como algunos de esos actos eran organizados en ocasiones por una o incluso por varias administraciones públicas, no sé si ahora, con los distintos recortes económicos anunciados, se suprimirán únicamente áreas, departamentos y altos cargos, o también los actos sociales que hasta ahora incluían un desayuno, o un aperitivo, o incluso una posible merienda-cena, para disgusto gastronómico de la mayor parte de nuestra querida gente guapa y también de la mayoría de nuestros queridos intelectuales, nuestros queridos periodistas, nuestros queridos políticos y nuestros queridos artistas en general, con independencia de que unos y otros puedan ser de derechas, de centro o de izquierdas, estatalistas, nacionalistas o independentistas, reconocidos, famosos o rebeldes, o incluso no adscritos, pues ante un canapé pagado con dinero público -o ante una subvención- es ante lo único que a veces parecen diluirse en España todas las posibles diferencias ideológicas, culturales o de modelo de estado que haya habido, hay o pueda haber en un futuro. Desde que era niño siempre oí hablar de la existencia de “las dos Españas”, algo que me entristecía mucho, y que creo que por fortuna hemos dejado ya para siempre atrás. Pero es posible que ahora existan, en otro sentido, de nuevo dos Españas, no a nivel ideológico o de clase, como ocurría hace tres cuartos de siglo, sino más bien a nivel social y económico. Esas dos Españas podrían ser quizás hoy la España de los nueve millones de pobres, denunciada por Cáritas esta misma semana, y la España de una cierta inconsciencia, la de quienes pese a todo lo que está pasando ahora siguen pensando casi sólo en las fiestas y en los canapés.

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05

06 2010

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