Las fotos familiares

“Las fotos familiares suelen mostrar rostros sonrientes. Nacimientos, bodas, vacaciones, fiestas de cumpleaños de niños. La gente hace fotos de los momentos felices de su vida. Cualquiera que mirara nuestras fotos concluiría que hemos tenido una existencia dichosa y de ocio, libre de tragedias. Nadie hace fotografías de las cosas que quiere olvidar”, afirmaba Robin Williams en la muy interesante y notable película Retratos de una obsesión, dirigida por Mark Romanek. A pesar de la generalización en el uso del vídeo habida a lo largo de la última década, yo creo que todavía hoy la cámara fotográfica sigue teniendo aún un papel muy relevante en muchos hogares cuando se quieren inmortalizar algunos de aquellos momentos en apariencia felices de los que hablaba Robin Williams en la citada película. Ese era al menos el sentido último de las antiguas fotos familiares, aquellas que guardadas luego en hermosos álbumes nos iban mostrando cómo íbamos creciendo, poco a poco, año a año, página a página, desde nuestra lejanísima estancia en la cuna hasta llegar finalmente a la edad adulta. Así, de este modo, cuando lo deseábamos, podíamos volver en cierto modo a nuestro pasado, y recordar, mirando todas esas imágenes familiares, cómo fuimos o cómo éramos en nuestra infancia o en nuestra adolescencia, o cómo eran quienes eran ya mayores entonces, o, también, cómo decorábamos nuestras casas, o cómo íbamos vestidos, o cómo eran algunas calles o zonas verdes de Palma hace treinta o cuarenta años. Es verdad, como decía Robin Williams, que la mayor parte de fotos familiares suelen mostrar siempre rostros sonrientes, pero también creo que cuando en alguna ocasión, por el motivo que fuera, nos hemos fijado un poco más en tal o cual imagen, seguramente hemos podido descubrir en nosotros mismos o en algún familiar un fondo de tristeza o de melancolía en algunas de esas miradas captadas por el objetivo fotográfico, pese a que esas imágenes concretas pudieran estar aparentemente presididas, como tantas otras, por gestos de felicidad y por numerosas sonrisas. Seguramente, es cierto que la cámara puede atrapar de algún modo el espíritu o el alma de las personas, como creen o temen algunas culturas antiguas. Por ello, aunque es igualmente cierto que en el seno de cada familia nadie hace fotografías de las cosas que quiere olvidar, repasando a veces nuestros respectivos álbumes familiares -o las fotografías de los diferentes eventos sociales que aparecen en las revistas- podemos llegar a encontrar la clave de en qué momento nosotros mismos u otros seres humanos dejamos de ser quizás dichosos o felices, o incluso la clave de por qué, tal vez, no llegamos a serlo nunca en realidad.

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06

06 2010

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