La concisión de la lluvia

Siempre resulta un poco extraño poder contemplar un día de lluvia -aunque sea muy suave- en el mes de junio. Y así ha ocurrido también hoy. Las pocas personas que de verdad me conocen, que en su mayor parte yo diría que son casi las mismas que leen los ‘duendes’, o que de algún modo se identifican conmigo y con mi melancólica manera de ser, saben que desde niño me gustan los días de lluvia, pero sólo los días de lluvia suave, serena, tranquila, no los de excesos climatológicos, tempestades y tormentas. Del mismo modo, me gustan los poemas y las canciones que hablan de la lluvia, o las fotografías, las pinturas o las películas en que podemos contemplarla. Sobre el misterio de la lluvia, existe un precioso poema en prosa de uno de nuestros mejores autores en lengua castellana y reciente Premio Cervantes, el mexicano José Emilio Pacheco, que hoy he vuelto a leer, poco después de que las gotas de lluvia hubieran caído muy suavemente, casi como sin querer, sobre las calles de nuestra ciudad. Ese poema se titula Concisión, y dice así: “Concisión de la lluvia, soberanía del agua al caer en los árboles. Cuando todo se ha vuelto un poco añil, la lluvia obliga al amanecer a prolongar su grisura. Es grato mirar el mundo cubierto por un velo que afirma su continuidad, la perduración de una vida en la que ya no estaremos”. Mientras contemplamos la lluvia, yo creo que solemos sentirnos normalmente más en comunión con el mundo y mucho más cerca de todos los elementos de la naturaleza, como si nuestra sensación de soledad esencial, casi inevitable por nuestra misma condición de seres humanos, resultase en esos momentos un poco menos soledad o un poco menos dolorosa. La lluvia garantiza, como observa muy bien José Emilio Pacheco, la continuidad del mundo, la perduración de la vida, y seguramente es esa constatación interiorizada por nosotros mismos la que nos sirve de consuelo ante la conciencia de nuestra propia provisionalidad y fragilidad, ante la evidencia de la fugacidad de casi todo y de la marcha inalterable del tiempo. La concisión de la lluvia puede ayudarnos, si somos unos buenos y detenidos observadores, a vivir de otro modo, a dar el máximo valor a lo que realmente lo tiene, a darnos cuenta con mayor claridad de que la vida es siempre un obsequio inesperado, a no sentirnos tan mal cuando nos sabemos extraños en este mundo o incomprendidos por casi todas las personas que conocemos. La concisión de la lluvia garantiza la perduración de la vida más allá de nuestra propia vida, más allá de nuestro propio sueño.

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06 2010

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