El futbolín

El peculiar y seco sonido que provoca el movimiento de las barras metálicas de un futbolín es siempre inconfundible, como lo es también el sonido que provoca el golpeo mismo de la bola por parte de los invariablemente hieráticos y al mismo tiempo muy dinámicos jugadores de cualquier futbolín. A veces echo de menos ese sonido y el que hacían también las antiguas máquinas recreativas, quizás, aunque no sólo, porque es un sonido que me traslada -que nos traslada a muchos de nosotros- a la infancia. Ese sonido ha sido sustituido hoy en día, en no pocas ocasiones, por el silencio o el casi silencio del ordenador, que normalmente utilizamos ahora no sólo para trabajar, sino también para jugar o para otras actividades de ocio, algo que sin darnos cuenta puede aislarnos a veces de manera excesiva de los demás. Esa es una de las razones por las que en la actualidad me gusta ver a chicos y a chicas jóvenes jugando sin tener necesariamente un ordenador o un iPad al lado, disfrutando por ejemplo de una partida de parchís o de otros juegos de mesa en compañía de sus amistades o quizás de algún posible familiar. Por mucho que hoy adelanten las ciencias -que es una barbaridad-, como dirían en la zarzuela La verbena de la Paloma, yo creo que siempre tendremos la necesidad de jugar con otras personas directamente, tal vez porque nos gusta la extraña mezcla de habilidad, de suerte y de inteligencia que se necesita para jugar cuando nuestro rival no es un programa informático sino otra persona concreta como nosotros. El reto de ganar a una máquina o a un ser humano es siempre completamente distinto. En este último caso, creo que suele existir un aliciente añadido, el de saber que tenemos ante nosotros a alguien que seguramente experimentará idénticos o muy parecidos sentimientos a los que podríamos experimentar también nosotros al ganar o al perder una partida o un partido. Ese posible sentimiento de complicidad y de empatía es el que podemos percibir también en nosotros mismos, si bien de un modo algo distinto, cuando nos encontramos en una sala de cine, en un teatro o en un restaurante en medio quizás de mucha otra gente. Por todas esas razones y seguramente por alguna otra razón más, cuando pasamos junto a un café o a un local para jóvenes de nuestra barriada o de alguna otra zona de nuestra querida Palma, estoy seguro de que a muchos de nosotros nos gusta poder escuchar aún el sonido metálico previo a un buen remate con los pies -rara vez con la cabeza-, y cómo alguien grita “¡gooool!” con una gran alegría, tras haber marcado un tanto, quizás del todo decisivo, con el entrañable juego del futbolín.

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06 2010

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