Con la Constitución

Las reacciones políticas tras conocerse el fallo del Tribunal Constitucional sobre el Estatut de Catalunya me parecieron, salvo alguna excepción, tan exageradas y tan fuera de lugar, que pensé que sólo se explican -aunque en ningún caso se justifican- por la inminencia de las próximas elecciones autonómicas en Catalunya y por el hecho, creo sinceramente que cada vez más constatable, de que el nivel de la mayor parte de nuestra actual clase política se encuentra, por desgracia, absolutamente bajo mínimos, punto este último en el que yo diría que existe una cierta coincidencia con el nivel actual de buena parte de la profesión periodística. Creo que sería bueno recordar ahora que en el referéndum sobre el nuevo Estatut, celebrado en 2006, la participación ciudadana no llegó al 50 por cien, así que quizás ese asunto no era entonces y tal vez tampoco lo sea ahora la máxima preocupación de los catalanes, que estoy casi seguro de que en su mayoría deben de sentir en estos momentos como más acuciantes otras cuestiones, como la actual situación de profunda crisis económica o la elevadísima tasa de desempleo. Al escuchar ayer tanto la valoración del presidente de la Generalitat, José Montilla, como las de CiU, ERC, Iniciativa per Catalunya y el PSOE, no pude sino pensar “¡Qué exageración!” y al mismo tiempo también resoplar -“¡Ufff!”-, que, por lo demás, es lo mismo que suelo hacer también cuando oigo las insensateces -llamarlas declaraciones sería en este caso demasiado benévolo- con las que casi cada día nos castigan buena parte de los dirigentes del PSOE y del PP, y del resto de partidos, ya sea en España, en Catalunya, en Balears o en Palma, palabras todas ellas tristemente amplificadas luego por los medios de comunicación y por muchos comentarios anónimos en las ediciones digitales. Parece como si hubiera una especie de terrorífica competición para ver quién dice la frase más extrema, la que puede socavar con mayor profundidad nuestra convivencia, la que contiene más odio y más intolerancia, la que puede provocar más daño y causar más dolor, no sólo al adversario político, sino también a buena parte de la ciudadanía. Lo decía muy bien el maestro Antonio Muñoz Molina en una reciente entrevista publicada en ABC: “A mí me ha obsesionado el modo en que las palabras, en los periódicos, en los mítines, en los discursos, intoxican, y uno ve cómo, con excepciones muy honrosas, la gente se dedica a echar leña al fuego. Se busca la discordia en vez de la concordia”. Las afirmaciones maximalistas de los líderes políticos del tipo “nosotros lo hacemos o lo haríamos todo bien, y los otros lo hacen o lo harían todo mal” no sólo ofenden hasta el límite nuestra inteligencia, sino que empobrecen una y otra vez, constantemente, nuestra democracia, porque la crítica y la discrepancia se pretenden sustituir cada vez más por la falta de respeto y la descalificación. A veces me pregunto si esto ocurrirá sólo en España, pues si fuera finalmente así, no cabe sino pensar que tenemos muchísima mala suerte. Aun así, hasta ahora había creído y sigo creyendo aún que, aun siendo mejorable -como todo en esta vida-, sólo la Constitución nos garantiza a quienes creemos de verdad en la democracia una convivencia en paz y en libertad.

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06 2010

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  1. Luis #
    1

    Un comentario lleno de sentido común y de responsabilidad Josep Maria, bienes ambos muy escasos en los tiempos que corren, un saludo a todos.