Castelldefels

La muerte, la muerte trágica e inesperada, acaba dejando siempre en un segundo plano cualquier otra cosa que no sea la evidencia misma de que, una vez más, esa muerte se ha hecho dolorosamente presente en nuestras vidas, como ocurrió ayer por la noche en la estación de Castelldefels, con doce víctimas mortales y varias personas heridas al ser arrolladas por un tren mientras cruzaban las vías por un lugar indebido. Todas ellas, junto con varias decenas de personas más, se dirigían hacia la playa de la localidad para disfrutar de la noche de San Juan, al igual que estaban haciendo ya o que iban a hacer miles de otras personas en otras ciudades costeras de nuestro país, unidas todas ellas por el mismo propósito, el de intentar vivir, con pequeñas velas encendidas y junto al mar, una noche que siempre ha sido considerada como especial y mágica, una noche que ayer, sin embargo, se tiñó de luto de la forma más inesperada y trágica posible en Castelldefels. Todos aquellos asuntos que tan importantes nos parecían quizás sólo unos instantes antes de recibir las primeras noticias de este suceso, muy posiblemente dejaron de tener importancia en ese mismo instante, o quizás pasaron a tener la importancia real que deberían de tener siempre, seguramente mucho menor y más relativa de la que a menudo solemos darle. De repente, pasaron a un segundo plano las eternas disputas políticas en nuestro país, en nuestra autonomía o en nuestra ciudad, o algunos de nuestros propios problemas personales o cotidianos, o los posibles disgustos o malentendidos existentes tal vez ahora entre amigos, o parejas, o familias por cuestiones que muy probablemente podrían ser consideradas como menores o secundarias si hiciéramos de verdad un análisis racional y objetivo. La mayoría de personas fallecidas en el siniestro de ayer en Castelldefels eran muy jóvenes. Habían llegado a la estación en un tren de cercanías y no resulta difícil imaginar que muchas de ellas debían de estar bromeando, charlando o pensando no sólo en la noche de San Juan, sino también en la llegada del verano y en sus planes más inmediatos de futuro, un futuro que la muerte se llevó de forma trágica ya para siempre consigo. Nunca deberían de haber cruzado a pie por las vías, nunca, pero no sé bien por qué, si por imprudencia o por temeridad, finalmente lo hicieron. No hubo noche de San Juan en Castelldefels, no hubo noche misteriosa y mágica, porque la vida fue derrotada, de forma trágica, inesperada y cruel, por la muerte.

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06 2010

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