Al llegar junio

Lo mejor del mes de junio cuando aún estábamos en edad escolar era que entonces se acababan ya por fin las clases y el curso, a no ser que no lo hubiéramos aprobado todo, en cuyo caso el verano solía ser un poco raro y triste, como si en realidad no fuera verano, a la espera de ver cómo irían luego los exámenes de recuperación en septiembre. Con tantos cambios educativos como ha habido desde nuestra infancia para quienes nacimos en los años sesenta, no sé si las cosas deben de seguir siendo ahora del todo igual en junio o en septiembre, aunque supongo que en el fondo más o menos sigue siendo así. Para los padres o para los adultos, junio era y aún suele ser en la mayor parte de los casos el preludio de las vacaciones de verano, del mes de julio o del mes de agosto, así que en ocasiones puede percibirse en los lugares de trabajo como una cierta ansiedad para que el sexto mes del año pase lo más rápido posible. Y así, de repente, a finales de junio o a principios de julio vamos notando ya pequeños cambios en el acontecer diario de nuestra vida cotidiana, aunque pueda ser quizás sólo como meros espectadores. Las aulas, los pasillos y los patios de los colegios quedan en un absoluto silencio durante dos meses, como si por ellos sólo se paseasen o jugasen entonces los espíritus de nuestras ya lejanas y desaparecidas infancias. En algunas oficinas, se empieza a aplicar el horario de verano a partir de julio, por lo que durante unas semanas nos acostumbramos a hacer todas nuestras gestiones sólo por las mañanas. Y al llegar agosto, parece como si quien en realidad se hubiera ido de vacaciones fuera, yo creo que en sentido más literal que metafórico, la mayor parte de nuestra propia ciudad. En todo ello solemos pensar cada año de nuevo cuando llega el mes de junio, como seguramente pensamos también en los días calurosos que poco a poco se irán haciendo más y más presentes, o en la inminencia de las siempre esperadas rebajas de verano -que con la actual crisis creo que deben de ser más esperadas que nunca-, o en lo gratas que pueden ser ahora algunas noches para pasear por los rincones más hermosos de Palma o junto a la orilla del mar, a veces en compañía, y otras veces solos o en soledad. Pero esto último, seguramente, ya no depende de que sea junio o no, sino sólo de los misterios casi siempre del todo insondables de la amistad o del amor.

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01

06 2010

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