Sin darnos cuenta

Desde hace ya un cierto tiempo, cada vez voy siendo más consciente de que los años pasan siempre muy rápido, sin apenas darnos casi cuenta. Y cuanto más mayores nos vamos haciendo, más rápido parecen los años pasar. Esa sensación, cada vez más recurrente, se acrecienta en momentos determinados, y uno de ellos es, curiosamente, el de la celebración, cada mes de mayo, del Festival de Eurovisión. Ya han pasado más de cuatro décadas desde las primeras ediciones de las que guardo un recuerdo personal, y eso me hace sentirme ya un poquito viejo. Parece increíble que haya pasado ya tanto tiempo desde la participación de Massiel, Salomé, Karina, Mocedades o Sergio y Estíbaliz, o que hayan pasado ya nada menos que dos décadas desde que participó Sergio Dalma con su Bailar pegados. O desde que, a nivel político, cayó el Muro de Berlín un poco antes. Desde aquellos años hasta ahora, muchas cosas han cambiado, no sólo en el propio festival, con semifinales y votaciones telefónicas incluidas, sino también por supuesto en el mundo, pero gracias a la presencia y a la voz de José Luis Uribarri sentimos que quizás no han cambiado tantas cosas, pues él sigue acertando de forma increíble año tras año cuando nos adelanta qué países nos darán puntos a nosotros, o qué puntuación darán los estados nórdicos o del este a los países de su entorno, como nos volvió a demostrar de nuevo ayer con gran maestría. No nos daremos casi cuenta, y un día, al pensar en la actuación -en las dos actuaciones en realidad- de Daniel Diges, seremos conscientes de que han pasado ya, no sé, cinco, diez, quince o veinte años, como ha pasado ya casi una década desde la participación de Rosa y su Europe’s living a celebration. Pero no sólo el Festival de Eurovisión puede suponer una buena referencia personal para ser a veces plenamente conscientes del paso del tiempo. Pienso también ahora en algunos directores de cine norteamericanos hoy ya plenamente reconocidos y considerados como veteranos, cuyas películas empezamos a ver en los lejanos años setenta, cuando eran considerados como unos jóvenes rebeldes, o pienso igualmente en los sucesivos jugadores que han formado parte de las distintas plantillas del Real Mallorca desde que inició su segunda etapa dorada tras abandonar un día también ya lejano la Tercera División. Y al pensar en estas y en otras cosas, es posible que nosotros mismos nos preguntemos quizás qué hemos hecho con nuestra propia vida en todos esos años. ¿La hemos aprovechado como debíamos? ¿Cambiaríamos algo? ¿Cometimos muchos errores? ¿Los podríamos haber evitado? ¿Deberíamos de haber dedicado mucho más tiempo a los sentimientos y a la vida, y muchísimo menos tiempo al trabajo? Sean cuales sean nuestras respectivas respuestas, hay algo en lo que sí creo que podríamos estar seguramente casi todos de acuerdo, y es en la verdad última de esta conocida sentencia latina que nos habla sobre el paso del tiempo: “El tiempo vuela, como las nubes, como las naves, como las sombras”. Sí, el tiempo siempre pasa muy rápido, se escapa más bien, y se va. Se va de forma irrecuperable y para siempre. Como la vida. Como nuestra propia vida. Sin apenas darnos cuenta.

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30

05 2010

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