Los balcones

El modo en que decoramos -o no decoramos- los balcones de nuestras casas, puede decir algo interesante o quizás incluso significativo de las personas que vivimos en una determinada ciudad, e incluso de esa ciudad misma, aunque si pensamos por ejemplo en Palma, podemos llegar a la conclusión de que en realidad no es posible llegar a ninguna conclusión sobre sus gentes si nos vamos fijando sólo en los balcones de sus respectivas viviendas. Por razones de economía, en la mayor parte de fincas modernas el espacio destinado a los balcones o a las terrazas suele ser relativamente pequeño, pero aun así en algunos casos se consigue sacar un rendimiento realmente muy bueno de, por ejemplo, un metro o un metro y medio por dos metros cuadrados, con la colocación de una pequeña mesa y de dos o tres sillas para tomar el fresco o para cenar al aire libre, a la luz de una vela, cuando ha llegado ya por fin el buen tiempo. Algunas de esas terrazas, y también otras un poquito más diminutas, suelen estar decoradas además con macetas y con flores, y en ocasiones incluso con objetos muy curiosos o llamativos como campanillas de viento y molinillos, que a mí me gustan muy especialmente. Años atrás, en algunos balcones exteriores podía verse también, sobre todo en las casas ubicadas en el casco antiguo, la ropa tendida -blanca, negra y de color-, reluciente y limpia, pero ahora parece que somos algo más discretos que antes, al menos en ese punto, y normalmente la tendemos en algún otro espacio interior de nuestros respectivos pisos. Por lo demás, es también cierto que algunos balcones son utilizados como una especie de almacén de trastos viejos y que en otros, en cambio, no hay nunca absolutamente nada, que muchas veces son los mismos balcones cuyas ventanas están siempre absolutamente tapadas con persianas, cortinas o visillos, como si escondieran o quisieran esconder tal vez algún secreto muy secreto, que sólo se desvela a veces tenuemente al llegar la noche, cuando podemos percibir en algún comedor o sala de estar alguna luz o los reflejos de una televisión encendida. Un uso que todavía hoy se mantiene intacto, por mucho que pase el tiempo y que las cosas cambien, es asomarse al balcón simplemente para ver pasar a la gente por la calle o para contemplar algún suceso inesperado que ha llamado tal vez nuestra atención. A veces puede producirse además, como sin querer, una cierta incomodidad, cuando algunos vecinos desde sus balcones o sus terrazas dirigen su mirada directamente hacia nuestra casa, sobre todo si estamos trabajando o haciendo otras cosas. Eso me recuerda, por cierto, que sería conveniente que fuese a comprar unas cortinas lo antes posible, a poder ser sin esperar ni siquiera a mañana, tal vez ya hoy mismo o incluso ahora.

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05 2010

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