La opción de no salir

En ocasiones, no quedar con los amigos para ir a comer, al cine, a cenar o a tomar algo es sólo una decisión de carácter económico, motivada por la observación detallada, en la pantalla de un cajero automático, de los fondos con que contamos -o con que no contamos- en un momento determinado. En esos momentos críticos solemos actuar como un ministro o una ministra de Economía y Hacienda racional y responsable, reduciendo gastos de forma significativa para intentar disminuir lo más rápidamente posible nuestro propio déficit, sin además perjudicar a nadie, algo de lo que quizás debería de tomar ahora ejemplo nuestro querido presidente, José Luis Rodríguez Zapatero. Pasada ya la situación de crisis y una vez recuperados también económicamente, salir o no con los amigos o con los compañeros del trabajo acaba siendo entonces una opción casi exclusivamente personal, y en esos casos de recuperada bonanza económica a veces nos inclinamos también, pese a todo, por no salir, sobre todo si sabemos con antelación que van a ser reuniones multitudinarias con motivo de las fiestas de Navidad, de un aniversario o de una onomástica, de una futura boda o de un próximo divorcio, de una victoria electoral o de un nuevo pacto de gobierno de todos los que no ganaron, de un ascenso laboral o de la marcha a otra empresa, o por otros diversos y variados motivos. Dos de las grandes libertades que, por fortuna, podemos ir ganando poco a poco con los años son, por una parte, la de conservar las amistades que de verdad queremos conservar, y, por otra, la de no acudir a los actos sociales a los que realmente no queremos acudir, sobre todo cuando intuimos que, de acudir, nuestras sensaciones personales seguramente oscilarían entre un aburrimiento casi extremo y una incomodidad igualmente casi extrema, fruto en algunos casos de nuestra propia timidez y fruto en otros casos de saber que, salvo excepciones, vamos a estar junto a personas que van a beber alcohol casi sin medida, que no nos van a entender y que con algunas de sus burlas o de sus comentarios pueden llegar incluso a conseguir que nos podamos llegar a sentir mal o realmente muy mal. Qué suerte, en cambio, tener una o dos o tres amistades verdaderas, con las que poder quedar y verse con una cierta frecuencia para poder charlar y charlar y charlar, sabiendo además que existen un gran afecto y un gran respeto mutuos, que quizás pueden demostrarse ahora más que nunca, cuando luchamos contra el déficit o la falta de ingresos para intentar superar nuestras propias crisis, que a menudo uno tiene cada vez más la sensación de que ya no son sólo ni principalmente monetarias o económicas.

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05 2010

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